Héroes

Supongo que todo crío quiere ser un héroe. Y luego algunos queremos ser el villano, pero primero un héroe.

Alrededor de él gira toda historia, el héroe es lo que la hace o la hunde. Mientras tengamos imaginación, la figura del héroe nos la capturará.

Lo que pasa es que no hay manera de ser un héroe en esta vida, quien lo haya intentado (yo no) lo habrá comprobado. Te enseñan un molde en las películas y novelas, pero resulta que no hay modo de encajar dentro.

Así que primero queremos ser héroes, luego algunos queremos ser villanos y luego viene la vida cotidiana, a decirte que todo es más mediocre y que ahí cabe lo que cabe. De modo que tiras la espada de madera, creces y te dedicas a ser persona “normal”.

Pero siempre están los que se niegan y son héroes aunque no se pueda. Sólo que un héroe de verdad no se parece a los de las historias.

A un héroe se le mide en vidas. Muchos de los antiguos por las vidas que quitaban en el campo de batalla, (curiosamente igual que se mide a un villano). Sin embargo, lo que creo innegable, es medir a un héroe por las vidas que salva.

Si es así, en la cúspide de los héroes está Norman Borlaug.

¿Quién?

Norman Borlaug.

Es imposible calcular exactamente cuántas vidas salvó. El acta por la que se le concedió la medalla de honor del congreso de los Estados Unidos dijo que mil millones. Y no exageraba.

Borlaug era biólogo, pionero de lo que se llamó la “revolución verde”, sus investigaciones con el trigo le permitieron crear variedades que daban mayores cosechas, resistían plagas y sobrevivían a condiciones difíciles, como su trigo enano, que no se hundía bajo el peso de más grano.

Lo plantaron en Méjico, la India, Pakistán, África… Y cuando estaban condenados y sin esperanza, surgieron cosechas que alimentaron a toda su gente.

Gracias a Borlaugh, mil millones de personas nunca tuvieron que morir de hambre. No está mal como “poder de uno”.

Algunos lo llaman “la persona más grande que ha existido y nadie conoce”, a pesar de que se le concedió el Nobel. También, como siempre y con los héroes, se le criticó desde la poltrona, gritando al lado de una despensa llena.

¿Quién supera mil millones? Es casi imposible.

Casi.

Porque aún hay otra persona que probablemente salvó a más gente. ¿A cuántos?

A mí.

Y a ti, en serio. Y a todos.

El 26 de septiembre de 1983 saltó la alarma del sistema de detección nuclear soviético. Dos misiles atómicos norteamericanos se dirigían hacia su territorio. Era hora de poner en marcha el protocolo de respuesta, lo que significaba liberar todo el arsenal y asegurar la destrucción mutua de las dos potencias, todos sus aliados y dejar un planeta yermo y contaminado para los que quedaran agonizando.

La máquina daba la alarma y urgía a la represalia, pero aquella noche, por ningún motivo en especial, le tocaba vigilar al coronel Stanislav Petrov.

Miró los datos y trayectorias, bajo la sirena y las luces rojas, e intuyó que algo no encajaba, a pesar de la alarma de la máquina. Así que detuvo la orden de respuesta y todos tragaron con dificultad, esperando que la intuición fuera más poderosa que la computadora.

Instantes después cuatro misiles más aparecieron en ruta hacia territorio soviético y la alerta se intensificó.

De nuevo había que responder antes de que no se pudiera, pues se verían afectados por los primeros impactos.

Pero Petrov lo examinó de nuevo y de nuevo dijo que algo no encajaba. Bajo su responsabilidad y decisión personal, cortó de nuevo la mecha del procedimiento de represalia.

Esperaron los minutos más largos de sus vidas… Y ningún misil  estalló. Petrov tuvo razón y por dos veces impidió la destrucción total, a pesar de que la computadora y el procedimiento le urgían a lo contrario.

Y nos salvó a todos. A todos de un espectáculo horrible y hermoso de estelas en el cielo y resplandores en el horizonte, con hongos de humo alzándose.

¿Alguien recuerda lo que hacía el 26 de septiembre de 1983? Porque estuvo a punto de ser lo último si Stanislav Petrov no hubiera estado de guardia. Cuando la terminó, informó a sus superiores, marchó a su casa, no le dijo nada a su mujer y la vida siguió.

Hasta que se publicaron las memorias de un general soviético en 1990, nadie supo nunca que Stanislav Petrov había salvado al mundo entero. Dos veces y arriesgando contra todo pronóstico.

Jubilado, Petrov vive una vida extremadamente humilde en el anonimato. Cuando diversos medios quisieron sacar su historia a la luz, su mujer le preguntó: “¿Qué es lo que has hecho, Stanislav?” Y el respondió: “Nada, no hice nada”. Sólo su trabajo, según él. El poder del uno y su manera de actuar, ya ves.

Y he aquí a los que probablemente sean los mayores héroes del mundo moderno, anónimos para casi todos a quienes salvaron. Quizá es que esa sea la marca inevitable del verdadero héroe.

Así termina esta extraña trilogía sobre azar, poder y héroes. Héroes de verdad.

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