Historias increíbles, pero reales

Óscar se hizo famoso.

Ya saben, el gato de un geriátrico que predice la muerte de los que allí están internados. Es una de esas historias de cuento que aparentemente son reales (cuánto hay de cierto y cuánto de marketing no lo sé y no voy a dudarlo, un poco de magia no viene mal).

Se me escapan las razones por las cuales más de un anciano no ha echado a patadas a esa “banshee” peluda, porque no sé cómo lo verán, pero si yo noto rondar a ese bicho por mi habitación, mi instinto de supervivencia me diría que es “él o yo”…

El caso es que sea como sea, esta resulta una de esas historias propia de cuento y es que la vida imita al arte.

Muchas veces la realidad es mucho más enrevesada y sorprendente que bastantes novelas que lo intentan.

La vida real como fuente de inspiración no precisa en ocasiones que se le añada sal y pimienta para convertirla en un buen relato, ya hay historias increíbles de por sí, sin necesidad de exagerar ni fabular.

Y si no, pasen y lean.

Tim Burton ideó su película “La novia cadáver” basándose en un cuento clásico ruso, pero hay quien puede decir que es protagonista de historias similares.

Tulsi Devupijak es una joven india que a los 22 años se casó con un muerto. Así como suena. Su futuro marido se cayó a un pozo poco antes de la ceremonia, pero eso no impidió que se llevara adelante. Más detalles se pueden encontrar buscando su nombre en Google.

Al parecer la chica no quiso dejar que algo tan insignificante como que su novio estuviera muerto impidiera el enlace, pero eso, sea muestra de amor o de “no se lleven los regalos” no haría las delicias de Hitchcock tanto como la de Sarel Pretorius, un granjero sudafricano que ha mantenido el cadáver de su esposa con él durante los últimos 12 años, es decir desde que ella murió.

Conservada dentro de un ataúd en una cripta acondicionada, entre cartas de amor, sus posesiones en vida y recuerdos de la pareja, Sarel pasa tiempo con el cadáver, pone la música que le gustaba y lee.

Uno de los poemas escritos allí habla de que la gente dice que el tiempo cura, pero que no saben realmente lo que dicen… más sobre la historia (en inglés).

Joseph Mathäus Aigner fue un artista austríaco del siglo XIX. Sea por lo que fuere Aigner no estaba demasiado contento con la vida que le había tocado, de modo que a los 18 años intentó suicidarse colgándose, al parecer un extraño monje capuchino se lo impidió.

A los 22 años lo intentó de nuevo y el mismo monje le volvió a salvar la vida. Cuando en 1848 estallaron una serie de revoluciones en Viena fue condenado a muerte por traición y de nuevo intentó quitarse la vida antes de que la justicia le hiciera el trabajo.

El extraño monje (cuyo nombre e identidad Aigner nunca supo) volvió a impedir que cumpliera su cometido. La pena le fue conmutada y finalmente el pintor austríaco consiguió quitarse la vida en 1.886 de un disparo en la cabeza.

Tenía 68 años y el misterioso monje ofició su funeral.

Increíble, la verdad, demasiado incluso, pero esta historia aparece como cierta en Ripley’s Giant Book of Believe It or Not.

El robo más tonto de la historia bien podría ser este, una pequeña oficina de correos en West Midlands, Inglaterra, fue asaltada por una mujer que blandía una palanca. El encargado se negó a colaborar y al parecer la mujer, en la subsiguiente discusión, se golpeó en la cabeza con su propia barra de metal, para luego cortarse con la parte puntiaguda de la misma. Acabando de rematar la faena su blusa se enganchó en algo y quedó destrozada. Ante tal desaguisado decidió marcharse con su cómplice (un hombre).

La policía hizo un llamamiento pensando que sería fácil que algún testigo viera a una pareja en la que la mujer caminaba ensangrentada y en sujetador mientras que con una flema 100% inglesa el encargado de turno ni siquiera estaba muy molesto por lo sucedido. Dejó bien claro que no hubo peligro alguno en la oficina, porque estaba cerrada…

Menos humorístico resulta lo siguiente.

Cuando cae la noche en la India los miembros de una secta llamada los Aghori se acercan a las orillas del sagrado río Ganges, donde es costumbre dejar los cadáveres de los fallecidos, y recuperan algunos de ellos para practicar la necrofagia y el canibalismo.

Esto no es un extracto de un relato de Lovecraft, es totalmente cierto.

Los Aghori existen y creen que todo es divino, por lo que Dios está hasta en las cosas que nos pueden parecer más desagradables, por eso precisamente practican ciertos ritos que, para la gran mayoría de conciencias, pueden parecer como mínimo repugnantes y para sus creencias les hacen trascender la ilusión que es esta vida y las reglas que hemos creado para ella.

Viven en cementerios, se untan con ceniza de piras funerarias y comen y beben usando cráneos humanos como plato y copa. Igualmente meditan sobre cadáveres y su modo de vida está rodeado de un enorme secretismo.

Carne de novela, sí, pero no es ficción sino realidad.

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