He aquí otro de los tres relatos de un servidor incluidos en la antología de Nuevos Escritores, 13 para el 21.

Señoras, señores, el hombre negro.

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—¿Qué has dicho hijo? –Elsa dejó de cortar verdura al lado de la pila de la cocina y se giró hacia su hijo de seis años. Sentado en una mesa de la pequeña estancia, comía sopa con una cuchara y en un plato que parecían venirle grandes.

—El hombre de negro, el que me acompaña. Elsa se limpió las manos en el delantal, y posó sus ojos, abiertos de sorpresa, en el niño que seguía tranquilamente comiendo.

—¿Me estás diciendo que un hombre te acompaña cuando vuelves del colegio? –Elsa cruzó los brazos alarmada.

—Sí, es mi amigo, el hombre de negro.

—Carlos, ¿te lo estás inventando? Sabes que a mamá no le gustan las mentiras.

—No me lo estoy inventando –se quejó Carlos—es cierto, es mi amigo, me acompaña una parte del camino, desde después de la plaza del colegio hasta la calle del mercado.

—Hijo, me estás dando miedo, ¿desde cuando te acompaña?

El niño se encogió de hombros ante el plato humeante.

—No sé, desde que casi me atropella una moto.

—¿Qué? –Elsa se quitó el delantal cada vez más alterada y se sentó al otro lado de la mesa.

—Carlos, ¿qué es eso de que casi te atropella una moto?

—Sí, fue hace ya, cruzaba la calle, y había mirado a los dos lados antes, pero entonces vino una moto que no había visto.

—¿Y qué pasó?

—Yo me asusté, me quedé parado, y cerré los ojos, noté como que me cogía alguien en brazos, como hacías tú cuando era pequeño y me hacías volar como Supermán y luego ya no sé que pasó. Abrí los ojos y estaba en la acera, con el hombre de negro agachado mirándome y me dijo que no pasaba nada.

—Pero, ¿por qué no me lo contaste Carlos? –Elsa cogió la mano de Carlos que no sostenía la cuchara, tenía los ojos enrojecidos.

—Él me dijo que no lo hiciera, que como no había pasado nada, que no hacía falta, así no te enfadarías ni te pondrías triste.

—¿Y desde entonces te acompaña?

—Todos los días, desde la plaza al mercado.

—Carlos, ¿cómo se llama ese hombre?

Carlos se encogió de hombros.

—No sé, el hombre de negro, siempre va de negro, siempre viste igual.

—Carlos, por Dios, —Elsa se llevó la mano al pecho— Estoy con el corazón a cien, ¿tú crees que está bien asustar a tu mamá?

—¡Noooo! –protestó Carlos—no quiero asustarte, el hombre de negro es mi amigo, es verdad, él me salvó y me cuenta cosas por el camino.

—¿Qué cosas te cuenta?

—No sé, cosas, muchas veces no le entiendo, dice frases raras, pero también dice que no le importa que no entienda, que cuando sea mayor lo comprenderé.

—Pero Carlos, seguro que te acuerdas de algo, venga intenta pensar en lo que te dice.

—No sé, a veces me hace reír diciendo tonterías, o historias graciosas, pero no me acuerdo de mucho de lo que dice. –Carlos volvió a meter la cuchara en la sopa y se la llevó a la boca bajo la mirada de su madre que le acariciaba suavemente la mano cogida entre las suyas—Está fría mamá, la sopa se ha enfriado.

—No te preocupes hijo –Elsa cogió el plato de Carlos—Ahora mismo te la caliento.

 

Carlos salió de la escuela y se dirigió a casa por el camino de siempre. Atravesar la plaza del colegio, cruzar la avenida de Cangas, las calles Alta y Baja y desembocar en el mercado. Tras él su calle y su casa, el antiguo hogar de la abuela, un poco oscuro y algo frío en invierno, cuando la humedad dibuja desconchones en su habitación. Su madre siempre trataba de taparlos, con esa pintura blanca que dejaba un olor que picaba en la nariz de Carlos y no le dejaba dormir bien en las noches de esos días.

El niño caminaba despreocupado, luchando con el envoltorio demasiado pegado de un caramelo. Dos pasos por detrás un hombre alto, delgado y pálido le acompañaba, no dejaba de observar al niño con una mirada complaciente y una mueca de leve sonrisa.

Iban ambos callados, Carlos ensimismado en su pelea con el caramelo y el hombre de negro observando. Doblaron la esquina de la calle Baja y Carlos se sobresaltó.

—¡Mamá! ¡Es mamá! ¡Hola mamá! –Carlos corrió hacia su madre, de pie apenas a unos metros de la esquina. El hombre alto se paró, sorprendido y observando a Elsa con un gesto de inquietud. Carlos se abalanzó sobre su madre, ésta lo aupó con dificultad y lo sostuvo en uno de sus brazos. Miró al desconocido y sus ojos se humedecieron, se llevó la mano libre a la boca, intentando detener un sollozo repentino venido con la sorpresa. –Mamá, éste es mi amigo, —dijo Carlos— el hombre de negro.

—Dios mío, no puede ser –dijo Elsa susurrante. La madre notó el ardor de las lágrimas luchando por correr libres, pero intentó contenerse. La voz le temblaba y las palabras se quedaban a medio camino hasta sus labios, ahogándola por dentro. –Carlos hijo, ve un momento al parque de los columpios, mamá irá enseguida.

—Bueno, ¿me abres el caramelo? –Carlos se bajó de su madre y Elsa peleó inútilmente por deshacer el envoltorio pegado del dulce, las manos le temblaban desobedientes y finalmente no lo consiguió—Toma hijo, no puedo, luego te lo abriré, además tienes que merendar y el caramelo te quitará el hambre, ve a jugar, venga corre.

Carlos se fue hacia los columpios del parque del mercado y Elsa se acercó al desconocido. El hombre se había quedado como una estatua, al lado de la esquina, sin decir nada y con una mirada temerosa, pero clavada en Elsa como si deseara grabar a fuego cada detalle de la mujer.

El niño se columpiaba ajeno a todo y en un banco cercano estaban sentados su madre y el hombre de negro.

—No puedo creerlo –dijo Elsa— ¿cómo es que estás aquí? ¿Cómo es que has vuelto y no me has dicho nada?

—Elsa, no quería hacerlo todo más difícil.

—¿Más difícil? ¿Cómo puede ser más difícil? Vivo en un viejo piso que se cae a pedazos, cobro una pensión miserable y limpio casas por unos céntimos que no me permiten ni comprarle ropa a mi propio hijo, ¿y tú me hablas de no hacer las cosas difíciles? –El hombre de negro bajó la mirada y no replicó, Elsa se limpiaba nacientes lágrimas con un pañuelo mientras intentaba no romper en un llanto desconsolado que preocupara a su hijo—Y ahora resulta que vuelves y que acompañas a Carlos todos los días desde el colegio, y encima le dices que no me cuente nada. Que me mienta.

—No le dije que mintiera.

—No te excuses, joder. ¿Te ha preocupado alguna vez en alguien que no seas tú? ¿Es que ahora tienes remordimientos y quieres redimirte con Carlos? ¿Has pensado alguna vez en mí? Me acuesto sola cada noche, dándole vueltas a todo, rompiéndome la cabeza, buscando un sentido que no encuentro a esta vida que me ha tocado. Me pregunto por qué cada segundo y me duermo las pocas veces que puedo con la amargura de no tener una respuesta, de no entender nada. –Elsa alzó la vista hacia su hijo que se había puesto a jugar con un montón de arena y hojas cercenadas por el otoño— Sólo sigo por Carlos, porque él es lo único que parece poner un poco de alegría y sentido en esta mierda. Me aferro a mi hijo desesperada para no hundirme ¿lo sabías?

—No has dicho a nuestro hijo.

Elsa le miró fulminándolo con una tormenta desatada en los ojos, las lágrimas dieron paso a la rabia.

—Es que no es tu hijo desgraciado, ¿te crees ahora que por acompañarle un tiempo a la vuelta del colegio le puedes llamar “tu hijo”, cabrón egoísta? Que sepas que he quemado cada foto y destruido cada recuerdo tuyo. Carlos no tiene padre.

—Pero ¿es que te crees que yo quise lo que ocurrió Elsa? ¿Es que te crees que yo quise que aquel tren arrollara mi coche? ¿Que me gustó sentirme destrozado entre hierros que me atravesabam por todas partes? No te puedes imaginar lo que fue aquello, lo que fue morir desgarrado, como si un montón de perros me descuartizaran. Era una agonía infernal y ni siquiera podía gritar porque no tenía ni pulmones enteros.

Elsa no se inmutó y su gesto no cedió ante las palabras del hombre de negro.

—Eres un imbécil y aún con todo lo que ha pasado no has cambiado nada. Aquella noche conducías completamente borracho, ibas de coca y Dios sabe qué más hasta las cejas y acompañado de aquella pobre zorra, de la que seguro que tampoco te acuerdas. ¿Pensaste en ella cuando pasaste del paso a nivel e invadiste la vía? ¿Sabes que enterraron a aquella mujer sin cabeza? Creo que aún no la han encontrado.

—No eres más que una amargada rencorosa.

Y aquello cayó como un puñal que cortó la débil cuerda de la conversación. Elsa se alzó como un resorte del banco y miró fijamente al padre de su hijo, por un momento apretó los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos y replicó con rabia.

—Me das asco, me lo dabas cuando vivías, que estaba ciega acerca de ti, y me lo das ahora. Te paseas con esa patética mortaja raída con la que te enterré, buscando acallar la poca parte de tu conciencia que se te haya despertado. Pues ahora te jodes. No vuelvas a acercarte a Carlos, no sé de dónde habrás salido, pero seguro que te han echado por gilipollas de allí, que ni muerto te aguantan. Ya puedes ir largándote de nuevo, que es lo único que sabes hacer. No quiero volver a verte, ni mi hijo tampoco quiere. Es todo lo que tengo que decir.

Elsa acabó la frase hablándole a un banco vacío, al hombre de negro se lo llevó el viento del otoño que se alzaba húmedo. Se subió las solapas del abrigo, comenzaba a helar presagiando la venida del invierno.

—¡Ven Carlos, nos vamos a casa! –Llamó Elsa.

Carlos vino corriendo y tomó la mano de su madre, emprendiendo juntos el camino.

—¿Se ha ido el hombre de negro?

—Sí hijo, se ha ido.

—Era un hombre bueno, me hacía reír.

—No, hijo no lo era –las lágrimas de nuevo, queriendo salir, queriendo correr mejilla abajo, asaltaban a Elsa que las contuvo apretando los dientes.

—¿Y va a volver?

—No. No volverá. Y si vuelve no quiero que te acerques a él ¿me has oído? ¿Le harás caso a mamá?

Se miraron el uno al otro, Carlos puso mueca seria al ver el rostro de su madre, con ecos de haber llorado y querer seguir haciéndolo.

—Claro que te voy a hacer caso. Caminaron en silencio unos metros.

—Hijo, te quiero mucho, que lo sepas –dijo Elsa temblorosa.

—Mamá, ¿me ayudas a abrir el caramelo?

—Claro hijo. A ver, dámelo que te lo abra.

admin | Escritos y Relatos | 25 Agosto, 3:57pm

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