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--- Tropiezo y Cáida La historia de un bocazas y un secreto, el relato de lo imposible que resulta que ambas cosas se lleven bien mucho tiempo. Mi móvil sonó y era ella. No podía creer el nombre escrito en la pantalla mientras pitaba chillona la sintonía de “Lift me Up”. Me dio su número por fin una noche en la que, por acoso y derribo con algo de gracia, conseguí cerrar distancia, acabar a solas con ella y convertir (vete a saber cómo) lo que prometía sábanas, sudor y sexo en una velada de "sólo hablar" hasta el amanecer. Ella me abrió de manera descarnada las páginas de su vida y yo mantuve el tipo más o menos. Fue una de esas historias tristes de quien ha caminado por la vida a fuerza de palizas y desilusión, de ser tratada como una escupidera por todos y tener la inevitable habilidad de verse siempre atraída por lo "mejorcito" de la raza humana. No sé, supongo que a mi alrededor el surrealismo disfruta dibujándome momentos retorcidos y que uno nunca puede saber realmente qué esconde alguien que desde fuera parece siempre sonrisa. El caso es que esa noche la acabé muy de día y me volví a casa con una mano delante y otra detrás, un número de móvil que nunca pensé que me llamaría realmente y ese peso viscoso de ser testigo de una vida entre lágrimas. Barruntaba aquello y también cómo podía haber sido tan bocazas, como podía haberme ido de la lengua para impresionarla con cosas que no debí contarle, no porque fueran mentira como suele ser en esos casos, sino porque me podían traer problemas si eran demasiado conocidas. —Algún día nena –Dije yo con voz ladeada en aquel bar— Puede que te cuente qué hacía yo en Madrid en medio de una tormenta, a medianoche en un parque desierto, cuando todos mis amigos y mi familia pensaban que estaba a cientos de kilómetros de allí, en casita tomando una sopa porque ese fin de semana dije que estaba enfermo. Ella picó y me estuvo preguntando juguetona por ese tema toda la noche, invitándome a beber todo el rato, por si el alcohol azuzaba más mi bocaza… el caso es que con esa estúpida pose de tipo misterioso la tuve pendiente… hasta que la cosa dio la vuelta, claro, y tanta bebida acabó por minar su resistencia en vez de la mía y acabar narrándome su pasado negro que salió con ganas, joder si salió con ganas. Me voy por las ramas, me pasa siempre, estaba en el relato de aquella llamada, de mi expresión incrédula al verla y de mi sonrisa al descolgar, pero la verdad es que no hubo ni un hola. Recuerden que soy yo, la situación no podía tener un desarrollo normal. Me habló triste y con voz apagada y antes de poder preguntarle qué tal le iba la vida y decirle que cuánto tiempo y qué alegría, ella me dejó caer de sopetón que iba de camino de un acantilado en la playa. —¿La playa? Estamos a diciembre –bromeé— ¿tantas ganas tienes de darte un baño? —No. Me voy a arrojar por el acantilado de la Esperanza. –Estuvo sembrado el que bautizó aquel sitio— Quiero descansar de una vez. Y con ese hilillo de voz que ponía, como si de verdad estuviera agotada de todo, me dijo adiós. Me tomé sólo un segundo para sorprenderme porque al siguiente tuve que improvisar algo que poder hacer, a casi doscientos kilómetros de ella en ese momento y sabiendo que iba en serio, que de verdad quería descansar y nunca había encontrado la manera hasta que esa mala idea que siempre le rondaba la convenció por fin del todo. —Te he llamado porque no quería dejar de cumplir mi promesa de aquella noche— Me dijo también. Y yo puse cara de idiota ante la frase, porque ni me acordaba de la mitad de las cosas dichas hacía ya semanas, lo reconozco, y desde luego promesas hechas no resonaban en mi mente. Ella hizo memoria por mí y evitó que quedara como un imbécil por tener que preguntar. —¿No te acuerdas que cuando te dije que un día de estos me decidía y me arrojaba por el acantilado, tú me hiciste prometer que antes de hacerlo al menos te llamara? Eso hago, cumplo mi promesa antes de irme, no quiero dejar nada aquí. Pregunta tonta de las que me surgen en esos momentos ¿Por qué siempre mueren las neuronas importantes en una borrachera? ¿Por qué arden las que guardan los recuerdos que hay que grabarse con sangre y no las otras? Esas que albergan la canción machacona de la noche, las alineaciones de fútbol o el recuerdo vergonzante de vomitar en la chica que te acaban de presentar. —Claro que me acuerdo —Mentí— y me alegro de que lo hayas cumplido —¿Por qué te alegras? Voy a morir y tú estás lejos ahora, te dejo un peso en la conciencia. —Estoy lejos sí –Dije, porque me gano la vida de una manera un poco rara en la capital y la llamada me pilló en medio de una reunión, que no me importó cortar enseguida al ver el número, por cierto. —Pero no vas a morir— Mi voz fue firme. —¿Por qué no? ¿Qué motivo tengo? Las olas se oían a lo lejos en la conversación, casi más que su voz hecha susurro, el rumor era amenazador de fondo y un fuerte viento se notaba a través del teléfono. Yo callé un momento, cerré los ojos y pensé, porque de la siguiente frase dependía todo y sabiendo como soy yo podía ocurrírseme cualquier estupidez. —No vas a morir porque aún tengo que contarte qué hacía yo una noche de tormenta, en un parque desierto de Madrid, sin que nadie lo supiera. Ella calló un segundo y luego su voz pareció más intrigada que deprimida. —¿Qué hacías? —Eso es algo que no se puede contar por teléfono. —Venga, dime qué hacías. Por un momento, al otro lado del aparato me pareció oír a una chiquilla curiosa en vez de una mujer sin esperanza, y también me pareció que la había conseguido agarrar y que no iba a soltarla sobre los riscos. —Tendrás que aguardar a que vaya y prometerme que me esperarás, como un día diste tu palabra de que me llamarías. Ella calló y el sonido de fondo me pareció perverso, con el viento y las olas a lo lejos, estrellándose contra el acantilado y llamándola por su nombre. —No voy a prometerte eso, si quieres me lo cuentas ahora y si no… me voy, me da igual.— Su voz tembló hasta quebrarse y quebrarme a mí. Entonces lo hice, porque no sólo soy un bocazas, sino también un irresponsable que actúa sin pensar. Cerré la tapa de mi móvil con un chasquido y una mano. La otra la alcé para tocarla con ternura, ella estaba apenas a unos centímetros de mí, de espaldas mirando al mar, con el teléfono apoyado en su oído, con una rebeca hasta las rodillas que ondeaba por el viento igual que su largo cabello. Estaba ya sólo a unos pasos del borde, sobre un decorado de cielo gris y agua furiosa cuando aparecí. Ella se sobresaltó al girarse y verme allí, sus ojos, sus enormes, oscuros y preciosos ojos, dolidos de llorar, se abrieron de par en par, el móvil se le cayó de las manos y el trasto fue volando hacia las olas que restallaban cien metros más abajo en infinidad de gotas de espuma blanca. La abracé y ella se dejó, acurrucándose en mí como una pobre niña muerta de frío y de miedo. —No te preocupes, todo está bien. —Le dije— No podía dejar que te fueras sin saber eso de mí, te lo debía. Y le conté qué hacía yo una noche de tormenta, a cientos de kilómetros, en Madrid, cuando todos pensaban que estaba en mi casa... y cómo ese viaje fue también cuestión de un chasquido.
admin | Escritos y Relatos | 13 Mayo, 12:56pm
| Bienvenido/aBienvenido a este cajón de sastre donde se mezclan relatos, cuentos y demás cosas perpetradas por mí. Saber Más. Libros publicadosSucede que alguna de las enfermizas fabulaciones del dueño de esta web han acabado impresas entre páginas de libros. Estos en concreto.
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