Tal y como he comentado alguna vez Mi intención era que mis tres relatos publicados en la antología 13 para el 21 pudieran leerse en esta web,así fue con "El hombre de negro" y "Esperar es lo que más odio", ahora le toca el turno al tercero y último, titulado "Ya lo dice la canción"

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Ya lo dice la canción

 

Ya lo dice la canción: “maldita la luz temprana...”

Ese canturreo baila en mis labios mientras vuelvo a casa apretando por momentos el paso. El sol se despereza y va pintando de pálido el cielo del este, borrando las estrellas y adueñándose de todo lo que me rodea con su claridad gris y sucia. Mi casa está ya a pocos metros, borrosa e imprecisa al fuego de toda la bebida que llevo dentro y tambalea mi mundo. Sólo pienso con ansia en mi cama, en el descanso oscuro del sueño, en ganarle la carrera a la mañana, al maldito amanecer que aborrezco con todas mis fuerzas.

La llave resbala varias veces rascando la cerradura antes de abrir la puerta y entrar con brío, chocando con un par de muebles por cortesía del señor Jack Daniels.

Atravieso el pasillo dejando un rastro de ropa, penetro en la preparada oscuridad de mi habitación y me lanzo sobre mi cama como de cabeza a la piscina, ojos cerrados y esperando el abrazo mullido del colchón y la almohada.

Craso error. La piscina está vacía y me choco contra el duro fondo. Me golpeo contra algo que no es ni blando ni esponjoso, impacto de hecho contra alguien que ocupa mi cama y los dos gritamos a la vez, maldecimos a la vez y yo tanteo con miedo y con prisa para dar la luz y descubrir quién se ha metido en mi cama.

La lámpara de la mesilla no me muestra a ningún extraño, no me hace ver el rostro de un invasor, sino el mío propio con gesto de sorpresa, porque el que está ante mí y ocupaba mi lecho soy yo mismo.

Es como si estuviera delante de un espejo. Me encuentro enfrente de otro yo mismo enmudecido y con los ojos como platos. Por un momento mi borrachera aguanta la respiración y a mí me da aire para intentar aclararme, para buscar una explicación en mi cabeza revuelta. Mi esfuerzo es inútil porque es como rastrear en una leonera desordenada, así que sólo sigo mudo, desnudo, viendo como mi otro yo tras el breve susto se recupera, se levanta sin decirme nada, mirándome de reojo como a una visita molesta y encendiéndose un cigarro mientras me observa con cara de fastidio.

Habla él con mi voz y me pregunta que qué hago allí.

Es mi casa, contesto. He vuelto a mi casa tras una noche más de fiesta y tumbos por las barras de bar.

Él me mira y niega con la cabeza como si estuviera delante de un niño que no aprende. Yo le observo sin saber qué pasa, pero presintiendo que nada bueno, mi estómago también tiene el pálpito y me regala ganas de vomitar, que contengo como puedo para que no se desaten asquerosamente.

Mi otro yo se fuma todo el cigarro en silencio, con los ojos entrecerrados, como calmándose de una pesadilla que le ha despertado bruscamente. Apaga la colilla lentamente contra un cenicero y se cruza de brazos.

Me pregunta que por qué he vuelto, que si no había dejado suficientemente claro que ya no quería verme más, que se acabaron las noches canallas y las borracheras, que un día y para siempre decidió no ser así nunca más; que el yo que soy ya no era yo, o ya no era él, o ya no lo sé, la verdad.

Y me dice también que soy como un crío, que de vez en cuando todavía vuelvo, que vago por ahí perdido desde que tomó esa determinación, pero que cuando me olvido de que un día fui repudiado y que mi yo decidió nunca más andar este camino borracho aún retorno a casa.

Ahora me acuerdo de todo y ahora me lo explico. Otra vez.

Soy la soledad contra la que no puede la bebida, alzar la vista del vaso con los ojos perdidos y no haber nadie alrededor, las peleas sin por qué tras una discusión de palabras farfulladas, vagar toda la noche hasta que en el este clarea el cenizo amanecer y hay que correr a refugiarse.

Eso soy yo, eso me propuse dejar de ser y ahora soy un fantasma que desaparece.

Bajo la vista. Bajo la cabeza. Cojo mi ropa desperdigada. Me voy por donde he venido. Mi casa ya no es mi casa. Yo ya no soy yo, pero no me acordaba.

Maldita bebida, más maldita que la luz temprana.

En la calle, el amanecer ya no es tan gris e incluso parece cálido y un poco alegre, es primavera creo, pero no estoy seguro.

Miro mis manos, soy un fantasma que se hace transparente, parezco una cortina de seda blanca que se deshace y deshilacha conforme el sol avanza hacia su cumbre. Creo que ya no habrá más sustos en la madrugada.

Miro hacia mi casa, veo que la persiana se alza y la ventana se abre, me asomo sonriendo y el sol me hace resplandecer allá arriba mientras yo sigo sentado aquí abajo, desvaneciéndome hasta que por fin mis últimos retazos como arena blanca se van con el viento y yo en ellos.

admin | Escritos y Relatos | 17 Septiembre, 5:04pm

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Poeficcionario, una antología dedicada a Poe donde participo con un relato basado en el mítico "El Cuervo"
Antologia del nuevo relato en español

13 para el 21 Antología de Nuevos Escritores, donde 3 relatos propios se dan cita

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