James Bond y el timo del optimismo

Esta web es mi casa y hoy me apetece hablar de Bond, del verdadero.

James Bond Stockdale fue el oficial norteamericano de mayor rango que acabó capturado durante la guerra de Vietnam.

¿Y?

Que sobrevivió a ocho años de torturas y encierro.

¿Y?

Pues aparte de que yo no duraría ocho minutos en ese trance, Stockdale fue entrevistado por el autor Jim Collins para su libro “Good to great”. He aquí algunos pedazos de conversación.

“Nunca perdí la fe (dijo Bond), nunca dudé de que saldría y prevalecería al final […]”

No dije nada (replica Collins) durante bastantes minutos […], al final, tras cien metros de silencio, pregunté.

“¿Quién no lo superó?”

“Oh, esa pregunta es fácil”, respondió, “los optimistas”.

“¿Los optimistas? No entiendo”, repliqué, completamente confundido por lo que me había dicho cien metros antes.

“Los optimistas. Oh, eran los que decían. ‘Estaremos en casa para Navidad’ y la Navidad llegó y se fue. Entonces decían ‘Estaremos en casa para Pascua’ y la Pascua llegó y la Pascua se fue. Y luego Acción de gracias y Navidad de nuevo. Y murieron de corazón roto”.

Después de una pausa larga y más camino, se giró y me dijo […]

“Nunca hay que confundir la fe de que prevalecerás al final con la disciplina para aceptar los hechos brutales de tu realidad actual, cualesquiera que sean”.

Y a eso lo llamó Collins la “paradoja de Stockdale“.

Muchos optimistas, los que más, con esa insistencia insufrible de ver el lado positivo de las cosas, caen pronto con el viento en contra.

Es algo que personalmente he visto en lo personal y profesional. Cuando todo va bien, es fácil ser optimista y algunos hasta tienden a ponerte la cabeza como un bombo con su “pseudofilosofía-ficción“.

Pero cuando las cosas se tuercen, esa fantasía se hace añicos contra la realidad y el optimista se queda sin recursos, niega la situación y no está preparado, porque nunca quiso pensar en posibilidades negativas. Algunos hasta creen en la superstición estúpida de que eso las atrae.

Aprendí a no llevar a un optimista a una pelea y a no tenerlos muy cerca para las cosas importantes.

Stockdale adoptó una mentalidad estoica, quizá la única filosofía clásica que merece la pena, porque acepta que la vida a veces es buena y la vida a veces es jodida. Y es inteligente mirar todo y cobarde sólo lo que nos agrada.

La dificultad no huye ante la sonrisa. La voluntad de prevalecer tiene que ver más con la capacidad de apretar los dientes y avanzar devolviendo golpes.

Además, convertirse en eterno optimista te roba una de las características esenciales que nos hacen humanos, la empatía. La capacidad de ponerte en la piel del otro.

¿Las cosas te van mal? Ahí está el optimista para, no sólo no empatizar contigo, sino encima confrontarte desde su cómodo púlpito. Lo que tienes que hacer, según él, es “pensar en positivo”, “poner buena cara al mal tiempo”.

Y esa es la estúpida solución para todo, como si la vida fuera a cambiar porque pienses flores o finjas que todo está bien, cuando todo es una mierda. Y me hace gracia, porque encima se produce una culpabilización más o menos soterrada, diciendo o implicando que lo empeoras todo con ese modo de pensar.

Para ellos el pensamiento positivo es la “cura del cáncer”, algunas veces los más fundamentalistas proclaman hasta eso mismo literalmente, por si no merecían bastante que les partieran la cara en las situaciones jodidas.

Curiosamente, nunca se han molestado en buscar la verdad de sus aseveraciones. De hacerlo se hubieran dado cuenta de que no hay verdad real tras eso, es más, lo contrario es lo que suele ser cierto.

Está demostrado que fantasear positivamente sobre algo que deseas disminuye la probabilidad de obtener ese algo que deseas. Sacas menos notas, recibes menos ofertas de empleo, cobras incluso menos dinero.

¿En serio?

Sí. Ver (1) y (2).

¿Toda esa autoayuda es un timo?

Sí.

¿Por qué?

Las principales conclusiones de quienes estudian el fenómeno en laboratorio son que las personas que usan las fantasías positivas hacen menos para conseguir lo que quieren y están peor preparadas para afrontar reveses.

Además de eso también influye otro aspecto fascinante. No viene al caso aquí y es un tema complejo, pero conecta con el hecho de que, por decirlo de alguna manera, nuestro cerebro no distingue muy bien entre lo que pensamos y lo que ocurre en realidad (otra cosa demostrada). De esa manera el pensamiento positivo actúa de cierto “bálsamo” que calma el “ansia” que tienes por cumplir tus deseos.

Cuanto más hables y fantasees sobre lo que quieres hacer, menos harás. Cuanto más optimista seas, menos conseguirás, porque harás menos. ¿Para qué vas a hacerlo si piensas que saldrá bien de todas maneras?

Mi padre es fumador empedernido y sólo una vez dejó de hacerlo. Cuando el médico le dijo que tenía un enfisema pulmonar.

Todas las “enormes” excusas que siempre puso para otra calada desaparecieron. Recuerdo aquella mañana, él a mi lado en un banco de parque, recién salido de consulta. Yo miraba al frente con brazos cruzados, él tenía la cabeza abatida y mucho miedo. Los dos pensábamos lo mismo, eran malas noticias y la cosa podía acabar fatal.

No tocó un cigarro durante meses y fue porque le vio los colmillos al lobo, porque la cosa estaba fea y no lo negó. El miedo y pensar lo peor fue su aliado, tan poderoso, que le dio la voluntad de derrotar a lo que nunca pudo antes.

¿Y qué pasó cuando la medicación lo controló, todo empezó a ir mejor y se sentía bien?

Que empezó a fumar de nuevo y así hasta hoy, porque las personas nos preparamos y luchamos con el enemigo a las puertas y no antes.

Es la naturaleza humana, pero el optimista irredento no entiende mucho de ella ni de cómo funcionamos en realidad. La gran mayoría confunde optimismo con autoconfianza o con voluntad de prevalecer, algo que “me hace mucha gracia” (no).

A veces la vida es buena y otras es jodida. En lo primero disfrutas y estás alegre y feliz y así debe ser. En lo segundo peleas y gritas y afrontas y sobrevives, aceptando que es posible que no sea así. Pero peleas, no con optimismo, sino con el mismo sentimiento estoico y primario que Stockdale, el de la vida enfrentándose a la muerte y queriendo hacer lo que la vida hace: lo que sea necesario para seguir hasta el último segundo en que ya no pueda.

Esa es la diferencia entre poder real y fantasía.

Mejor que pensamiento positivo es pensar simplemente, sin anteojeras de caballo.

Aunque sólo sea para no ser ese insufrible cargado de frases de mercadillo, que intenta tapar el olor a mierda echando perfume.

(1) http://psp.sagepub.com/content/25/2/250.abstract
(2) http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/12416922

One response

  1. Creo que fué Zenón (“padre” del estoicismo) quien, estando un día tumbado en su tonel (residencia, escuela, hogar…todo para él), recibió la visita del entonces jefe de turno… Éste lo visitó con curiosidad puesto que a diario llegaban a sus oídos comentarios sobre su sabiduría; cuando llegó a donde se encontraba lo encontró tumbado, la cabeza apoyada en ese tonel que era su mundo tangible…

    – ¿Qué puedo hacer por tí? – preguntó.
    – Apartarte un poco porque no me dejas ver el sol – contestó Zenón, con esa ironía de los sabios…

    Comparto letra por letra; palabras, espacios, comas y puntos. Ese optimismo al que nos empujan no es sino señal de la debilidad inherente al ser humano. Y esa pseudo-filosofía de “tu vales mucho” y “la vida te lo debe todo” es una mierda a secas… La vida no nos debe nada (admitámoslo) y la única manera de sobrevivir es asumir que te pueden dar hostia tras hostia y encontrar en el amasijo de tripas rotas en que te conviertes la calma precisa para aguantar lo que venga (y regalar una sonrisa en medio de tanto fracaso)…
    Así pues… sonriamos. El mérito es hacerlo en medio de este charco de arenas movedizas y siendo conscientes de que saldremos, a secas, no importa cuándo; no importa con cuánto bagaje atroz a la espalda…

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