John Irving, señoras y señores

John Irving

No suelo leer o ver entrevistas con escritores. Muchas son notas de prensa prefabricadas y es una pena, porque algunos de los que escriben bien piensan hondo. Pero entre preguntas obvias y necesidades editoriales, muchas entrevistas empiezan a parecerse a las de futbolistas.

Hoy he visto una a John Irving, autor entre otras de Las normas de la casa de la sidra y me ha gustado. No era época de promocionar nada, hablaba de muchas cosas y, cuando le han preguntado cuándo supo que iba a ser escritor y si fue una revelación temprana, no ha dado las respuestas de siempre.

Él recordaba desde crío una necesidad de estar solo, de que la interacción con sus compañeros en la escuela ya era suficiente para él por ese día y precisaba momentos a solas. Los buscaba y los atesoraba.

Los llamaba: momentos de “pre-escritura”, y en esa soledad empezó a contar historias. Cuando mira atrás, reconoce esa temprana necesidad vital de estar solo como el signo de que no iba a poder hacer otra cosa excepto escribir.

Me ha parecido la respuesta de quien no se queda en la superficie de las cosas, del que no coge de la estantería el tópico más cercano para contestar con pereza.

También comentaba en la misma entrevista que trabaja siete días a la semana, desde las siete y media de la mañana y empleando ocho o nueve horas en ello. Igualmente ha hablado de su curioso sistema en el que (casi) siempre escribía la que sería la última frase de la novela y, sólo cuando la tenía, empezaba por el principio.

Pero esa primera respuesta, sabia y distinta, sobre la soledad como signo de reconocimiento, es la que se va a quedar conmigo más tiempo.

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