La antigua y honorable tradición

La antigua y honorable tradición de escribir en el bar

Esto iba a ser la diatriba incendiaria de las 2:28 de la madrugada, pero, ¿para qué? Si algo sobra en el mundo son quejas y en su día yo ya invertí en un saco de boxeo, en vez de en familia, responsabilidad y trabajo de oficina. Así que, borrada.

Hoy voy a hablar de Bruno y esta historia es real, aunque el nombre no lo sea. Conocía a Bruno de manera casual a través de otras personas; hola y adiós, ¿qué tal? Bien. Bruno es un tipo afable, con unas rastas que caen sobre los hombros como hojas de palmera y a veces camina un labrador hembra a su lado, tranquila como él y que se acerca para que la acaricien incluso los ariscos como yo.

Bruno se dedica a errar (de errante) con bandas de música, él las ilumina y hace que se oigan. Cuando no, cuando aquí es invierno y se hielan las carreteras, la música no suena y Bruno se va. Lo hace lejos porque lo necesita, dice. Es lo que le da la vida, aquí se agota y se vacía.

Ha amanecido en Laos, Bolivia, Thailandia e incontables sitios más, entre ellos Nepal, que recuerdo bien porque siempre me gustó señalarlo en la bola del mundo que me regalaron de pequeño. Yo ponía el dedo sobre el plástico y él se puso todo entero, enseñando percusión a los niños de una especie orfanato, adictos al pegamento. Así como suena y cuento esa porque es la parte menos increíble de lo que sucedió.

Conocí sus historias la semana pasada, ante una cerveza cuando nos cruzamos por casualidad en la barra de un bar que a veces me acoge para escribir. No tecleé una palabra ese día y luego tuve robarle algo de sueño a la noche, porque sigo teniendo la manía de hacer lo que digo (podemos respirar tranquilos, mi propósito de año nuevo será dejar de ser tan tonto). Bruno es una de esas personas que utiliza verbos como vibrar y palabras como karma y Dharma. Yo no creo en esas cosas, yo soy un escéptico y mi política de viajes se basa en lugares que tengan mejor wifi que España, lo cual, hoy día, ya abarca casi todo el mundo, así que a lo mejor también acabo visitando Nepal. Sin embargo, a pesar de que las palabras fueran distintas, nuestro lenguaje era el mismo, yo entendía a Bruno e intercambiamos historias, obviando completamente lo que había a nuestro alrededor. Él necesita irse de nuevo y, de todas sus historias, yo sólo seré el personaje en esa sombra que hay al fondo del decorado, que le dio la dirección una web desconocida donde se pueden conseguir vuelos más baratos todavía de lo que encuentras por el resto de la red. Esa fue mi diminuta aportación.

Después de hablar con Bruno, estaba cerrando el cuaderno en blanco cuando un galés con tres Terrys en el cuerpo me dijo algo que apenas entendí. Luego me habló de que se había recorrido no sé cuántos bares por el mundo, de que aquel era el mejor de Valencia y de que le esperaba su amante, una artista china preciosa. Se llama Fan Fan, dijo. Fan Fan, repitió lento, acercándose al oído más de lo que me hubiera gustado. Después quiso invitarme a algo fuerte que rechacé con la educación de mis padres y él se marchó en busca de esa amante que, apuesto, no existe, al contrario que las leyendas de Bruno. Con el tiempo, con haber escuchado y contado ya demasiadas historias, aprendes a reconocer a los que las necesitan crear falsas para engañarse y a los que las necesitan vivir para entender qué les pasa y qué es esto. No hizo falta que algún conocido común con Bruno me reafirmara, como hizo, que él estuvo allí, también, durante los días de los cuatro pasos, un salto y un balcón.

La cuestión es, cuando llegué a casa, en realidad sí había honrado de nuevo la antigua tradición de escribir en los bares. Bruno se convirtió en personaje y esa noche en vela tecleé su nombre y aparecieron sus historias vividas en la mía contada, entretejidas hasta no distinguirse. Curiosamente, Bruno encajaba a la perfección con la temática de lo que cuento estos días, era prácticamente un enviado, pero Dios (el que sea) me libre de confundir la casualidad con el destino.

Dos días después me lo volví a encontrar y Bruno, heredero de esos hijos de las flores de los sesenta, me contó más. Me contó los orígenes, me contó lo que había detrás de esos viajes, las cosas jodidas que, curiosamente, siempre se había encontrado en los lugares que se dicen más civilizados. Por fortuna, Bruno habla de karma y Dharma, pero reconoce el lado oscuro y no es presa de místicas infantiles y optimistas, que muchos usan para no ver cómo puede ser el mundo a veces.

Bruno es un personaje fascinante y su vida podría ser una novela, pero esa le corresponde a otro. En mi caso será un capítulo, si acaso no lo vuelvo a ver (y nos despedimos diciendo que aún esperaba hacerlo al menos una vez, antes de que se perdiera para encontrarse) seré el que cuente un pedazo de él y lo mezcle con invención. Así que, si algún día aparece el nombre de Bruno por algún sitio, conste que las partes más creíbles son las inventadas.

Yo sólo soy el contador de la historia y es que Bruno y yo nos parecemos en la creencia de que la salvación está en mundos lejanos, aunque no sean los mismos y ni siquiera compartan realidad.

6 responses

  1. Admiro a todo ese tipo de personas que nunca podré ser, aunque hace tiempo que no deseo serlo. Lo de vivir aventuras me gusta hacerlo a través de los libros, cómoda que es una. Pero sin duda a este Bruno lo veré en una próxima me entrega, y entonces me acordaré de tu blog y de esta entrada, y de lo que estaba haciendo cuando te leí. Biquiños!

  2. jejeje, me gustó eso de probar si somos más o menos humanos, pero quién puede decir si somos o no, pues ahora hasta se adiestra a los monos para que respondan eso, aunque la verdad, a veces ellos son más humanos que nosotros, pero uffff ya me salí de contexto. Creo que todos tenemos algo de Bruno dentro nuestro, aunque la verdad muchas veces me he sentido un pájaro con alas de plomo, queriendo volar y no pudiéndolo hacer. Me ha encantado la historia de Bruno, no lo dejes en el limbo…

    • No sabes cuánta razón tienes en lo de no saber si somos humanos. Los bots de spam ya pueden saltarse la prueba, así que no estoy seguro de qué voy a poner la próxima vez…

      No dejaré a Bruno en el limbo, no lo merece y si está en mi mano que alguien reciba lo que merece (bueno o no), lo haré.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *