La burbuja de leer y escribir

La burbuja de escribir

A veces estoy escribiendo y no puedo evitar pensar, «esto va a gustar», aunque la mayoría de ocasiones suele ser más bien lo contrario, junto a la promesa de no más mescalina en el desayuno o me traerán la camisa que se cierra por la espalda.

Supongo que es inevitable que, por mucho que haya que escribir para uno mismo (o eso dicen algunos sesudos consejos por ahí, yo no lo sé) se piense un poco, aunque sea de reojo, en aquellos que quizá lean lo que escribes. Se piense si gustará o no.

Y he aquí la cuestión, que la mayoría de las veces nunca acierto en mi predicción de lo que va a gustar o no. Lo que a mí me parece interesante, al resto le parece extraño, otras raras veces mis rayadas coinciden con las que los demás tienen dentro y supongo que eso es bonito.

Cada uno de nosotros vivimos en una burbuja y mirar a través de la pared hace que lo veamos todo distorsionado. Eso y que cargamos a la espalda con un poderoso «sesgo de proyección». Nos juntamos con gente afín, con opiniones parecidas, y proyectamos eso más allá de nuestra burbuja de influencia, con lo que creemos que el mundo fuera de ella es también como el de dentro, pero no.

Por eso nos sorprende que la película tonta de turno tenga éxito, que los mismos sigan en el poder y que Grey haya vuelto a vender millones con el timo supremo de pagar por lo mismo dos veces, que no me voy a molestar ni en historia nueva. Pero es que el mundo más allá de la burbuja no es como nosotros.

Especialmente la burbuja lectora y escritora es diminuta, para el mundo ahí fuera es irrelevante. Poca gente habla de libros ni de escribir, en los cafés no se trata la literatura, pero juega el Valencia y oigo los gritos desde los bares y también cuando el estadio ruge, a casi un kilómetro de distancia. Es cierto que de vez en cuando surge un libro del que todos hablan (ese, sí, ese otra vez), pero son casos de victoria en la lotería, no es algo común.

Vivir en sitios pequeños, como las burbujas, hace que todo lo veamos más grande. Creemos que si nos arriesgamos, que si decimos algo polémico, va a venir alguien a apilarnos leña y quemarnos en la plaza del pueblo. Aunque hay un fenómeno insoportable de nueva caza de brujas bienpensante en las redes, lo cierto es que el 90% de lo que digamos no va a tener el más mínimo impacto, no le importa a nadie, especialmente cuando se trate de leer y escribir.

La conclusión de estas cosas suele ser la misma de siempre. Cuando pienso en los demás, e intento leer su mente, sólo construyo una proyección de lo que tengo dentro y percibo más a menudo. No estoy viendo la realidad como es, sino a través de mi burbuja, mi sesgo de lo que considero importante, del pequeño filtro de gente con la que soy más afín… Pero los demás son distintos, quizá son el infierno también, que dijo Sartre, y desconozco lo que pasará realmente cuando haga algo. O si pasará, que la mayoría de las veces será que no.

Así que supongo que en vez de intentar adivinar, queda hacer y, una vez más, lanzar los dados para ver que sale.

Las burbujas son sitios frágiles, que nos hacemos cómodos para vivir, pero no son el mundo. Así que luego sales y te sorprendes de que muchos no pueden vivir sin esnifar, de que hay otras realidades que son duras de verdad y no tus quejas de siempre. De que a lo mejor aún quedan algunos hombres buenos y un gran puñado de cabrones.

Y que no puedes leer la mente de nadie ni predecir el futuro, nadie puede. La única solución es intentar poner los números a favor y tirar más veces esos dados, a ver si el todopoderoso azar nos está mirando, y esta vez le da por sacar nuestro número.

Imagen: Steffen Ramsaier

7 responses

  1. A veces me pregunto si esta irrelevancia de la lectura y la escritura es algo propio de España o también se da en países con otra cultura. Pienso en los anglosajones, donde el oficio de escritor me parece que está mejor valorado.

    Interesante reflexión, Isaac.

    • Uno tiene sin querer esa impresión de que el oficio está mejor valorado en los países anglosajones, sí, pero no sabría decir si es simplemente un fenómeno de que el jardín del vecino siempre parece más verde, cuando en realidad no lo es.

  2. Buenas, Isaac, tengo la teoría de que cuando uno se queja siempre consigue que otro le apoye. Por tristeza, por odio, quizá por esa afinidad ácida que solemos prestar a quienes manifiestan nuestras mismas inquietudes mientras no les quitamos el ojo de encima.

    Lo cierto es que mencionas dos puntos en el artículo de los que tengo teorías. La segunda teoría tiene que ver con eso del impacto. Es cierto, a la gente le suele importar tres pares de cominos lo que opine alguien (especialmente si lo hace escribiendo en Internet), pero sospecho que tiene que ver con la saturación informativa a la que me gusta denominar “subdución informática”. Simplemente ya no hay tiempo suficiente como para que todos leamos todo lo que produce otra persona.

    • Efectivamente, hay tal cantidad de ruido ahí fuera, todos hablando y nadie escuchando, que es imposible asimilar nada ya. Tenemos estímulos como para digerir el resto de nuestra vida, aunque no recibiéramos ninguno más desde hoy…

      Estamos demasiado saturados de «información», pero eso no es malo en sí, lo malo es que la mayoría es pura irrelevancia que no aporta nada.

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