La capacidad de ser miserables

La capacidad de ser miserables

He contado mil veces (aunque me es igual, porque no me escucho cuando hablo) que hace muchos años leí el libro The war of art de Steven Pressfield. Por desgracia hay una edición en español que ojeé de un amigo, cuya traducción es infumable y se ha intentado una reconversión en una especie de libro de autoayuda. Pero esa no es la cuestión, la cuestión es que en The war of art, Pressfield habla de lo que él llama convertirse en un «Profesional», aquel que aunque llueva o truene, e incluso cuando le alcance el relámpago en esa tormenta, se sentará ante el folio y hará el trabajo que tiene que hacer.

En este caso, escribirá lo que tiene que escribir, pero es aplicable a cualquier arte o a cualquier cosa que implique emprender un proyecto desde cero.

Mientras, los muchos demás, los amateurs que juegan al arte, dicen todo el rato que se pondrán con lo que siempre quisieron hacer y a la vez buscan la manera de evitar o retrasar eso como sea. De hecho, una de las maneras favoritas de esquivarlo es hablando de ello en vez de trabajando en ello (y sí, sé que esta frase desborda ironía por babor y estribor).

El Profesional, por el contrario, hace sin excusas, sin importar si se levantó alegre o si esa mañana odia el mundo y a sí mismo. El profesional pone una palabra detrás de otra hasta terminar, a veces bien y a veces como puede. Y cuando termina, empieza de nuevo, qué remedio.

Los dos primeros tercios de The war of Art me llegaron (y la última parte me chirrió), en esos tercios buenos hablaba de un concepto que se ha quedado a vivir conmigo.

El hecho de que hemos de aprender a ser miserables

El hecho de que, calados hasta los huesos, con las botas rotas y el ánimo en fuga, hemos de ser capaces de apretar los dientes y seguir subiendo la maldita colina igual que Sísifo. Empujamos la piedra hacia arriba, aún sabiendo que el viaje será inútil y que habremos de hacerlo de nuevo, una y otra vez.

Pero hemos perdido la capacidad de ser miserables. Si nos aburre algo, cambiamos de canal, si tenemos frío le damos a un botón, si tenemos calor, al otro. Perdemos un instante la atención sobre esa película y ya estamos mirando el móvil. Nuestras camas son blandas, nuestros cuerpos cada vez más, pues por norma evitamos el trabajo duro. También moriríamos si cierra el supermercado y envidiamos (más o menos en secreto) a los que parecen tenerlo todo y no hicieron ningún mérito para conseguirlo. Hoy, esa es la definición de triunfo.

Pressfield no hace más que repetir al estoicismo, quizá la mejor de las filosofías y que nunca recibirá el aprecio que merece, porque muchas veces no es bonita. Y no lo es porque, por ejemplo, recomienda de vez en cuando ser miserable voluntariamente, en el sentido que aquí se habla. En vez de esquivar lo incómodo, te sumerges en ello.

Las razones del estoicismo para recomendar eso eran diversas, pero la más pragmática es que, como casi todo en esta vida, ser miserable y a la vez capaz de seguir avanzando es una habilidad, un músculo que se ejercita con la práctica y contra la resistencia, no se trata de un poder reservado de dioses. Esa es una buena noticia, porque significa que esa habilidad tan necesaria está al alcance de todos, y también es una muy mala noticia, porque no deja mucho sitio a excusas.

Además, ser miserable ayuda a terminar las cosas y quien me haya leído un poco sabrá que, para mí, terminar es lo más importante.

Empezar es muy fácil, lo hace todo el mundo todo el rato, lo nuevo nos atrae y saltamos de un proyecto a otro, impulsados por la energía de lo novedoso… Y luego dejamos mil cosas a medias (yo el primero). Pero sólo los que tienen la capacidad de ser miserables terminan algo.

Entre lo poco que he aprendido en esta vida está el que, si algo es realmente importante, habrá miles de ratos en los que lo miserable nos rodeará por todas partes cuando estemos con eso importante. No habrá ganas, no se ve un final, nos susurrarán arrebatos de tirarlo todo de un manotazo y descansar, o lo que es más seductor y peligroso, de ponernos con otra cosa más nueva y brillante.

Las fórmulas mágicas y las balas de plata son mitos. Algo tan viejo, humano y feo como ser capaces de ser miserables y aún así avanzar es la respuesta que buscamos, pero no la que queremos oír. A pesar de ello, los que siguen esa premisa confían en que, aunque el final no vaya a ser bueno, al menos será un final y eso es lo que importa.

Los que consiguen terminar cosas son los que eligen hacer lo que los demás evitan por todos los medios, y supongo que ahí está el mérito.

7 responses

  1. Tengo que reconocer que desde que lo descubrí vengo a este post al menos una vez al mes. Me gusta sobretodo porque hace un tiempo vi que mi capacidad para ser miserable era nula. Por suerte o por desgracia soy de las generaciones a las que no les ha faltado nada, no digo que me consintieran todos los caprichos pero la mayoría y me cuesta muchisimo hacer cosas cuando no me apetece.
    Todo esto es para decir gracias, porque en los días que tengo que hacer algo que debo pero no me gusta recurro a este post. También me sirve para procrastinar un poco pero después me pongo. De nuevo Gracias.

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