La carta a Hitchcock

la carta a hitchcock

Tarde o temprano, otra carta tenía que salir por aquí, un mausoleo para que en el futuro se recuerde qué eran esos extraños papeles escritos.

También me fascinan porque son la verdadera expresión de lo que ocurre, por dentro y por fuera, en el caso de escritores y artistas. Barnizados siempre por un aura irreal, tendemos a pensar que son una especie de seres mitológicos de prosa perfecta, inspiración enamorada y ausencia de defectos.

Eso, y que es mirar por el ojo de la cerradura, un placer difícil de resistir.

En 1950, Alfred Hitchcock contrató a Raymond Chandler, escritor de novela negra sin igual y guionista de cine nominado al Oscar, para que escribiera el guión de Extraños en un tren, basado a su vez en una novela de Patricia Highsmith.

Como suele pasar con los genios, enseguida chocaron como locomotoras. De hecho, un día, Chandler comentó en voz alta, para que Hitchcock lo escuchara: «Mira al gordo bastardo intentando salir de su coche».

Poco después, Chandler fue despedido y, cuando el guión final de la película cayó en sus manos, no pudo evitar enviarle una carta a Hitchcock.


6 de diciembre de 1950

Querido Hitch,

A pesar de tu amplio y generoso desprecio de mis comunicaciones sobre el tema del guión de Extraños en un tren y de que no hayas hecho ningún comentario al respecto, y a pesar de no haber oído ni una palabra de ti desde que empecé a escribir el guión propiamente dicho —respecto a lo cual podría decir que no siento que haya malicia, ya que este tipo de procedimiento parece formar parte de la depravación habitual de Hollywood—, a pesar de ello y a pesar de esta frase extremadamente engorrosa, creo que debería, para que conste, hacer unos pocos comentarios sobre lo que se denomina el guión final.

Podía entender que encontraras una falla en mi guión de una u otra manera, pensando que tal o cual escena era demasiado larga o tal o cual mecanismo era demasiado incómodo. Podría entender que cambiaras de opinión sobre las cosas que querías específicamente, porque algunos de esos cambios podrían haberte sido impuestos desde fuera. Lo que no puedo entender es que permitas que un guión que, después de todo, tenía algo de vida y vitalidad, se reduzca a una masa tan flácida de clichés, a un grupo de personajes sin rostro y al tipo de diálogo que a todo guionista se le enseña a no escribir. El tipo que lo dice todo dos veces y no deja nada que pueda ser sugerido por el actor o a la cámara. Por supuesto, debes haber tenido tus razones pero, para usar una frase acuñada por Max Beerbohm, se necesitaría una «mente mucho menos brillante que la mía» para adivinar cuáles eran.

Independientemente de si mi nombre aparece o no en la pantalla en los créditos, no temo que nadie piense que yo escribí estas cosas. Sabrán muy bien que no lo hice. No me habría importado lo más mínimo si hubieras producido un guión mejor, créeme. No debería. Pero si querías algo escrito en leche desnatada, ¿por qué demonios te molestaste en acudir a mí en primer lugar? ¡Qué desperdicio de dinero! ¡Qué pérdida de tiempo! No es una respuesta decir que me pagaron bien. A nadie se le puede pagar adecuadamente por perder el tiempo. 

Firmado, Raymond Chandler

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5 respuestas

  1. Hola, Isaac.

    Qué bueno lo de una “mente mucho menos brillante que la mía” y menuda carta la de Chandler. Se nota, en tan pocas líneas, que era un tipo muy inteligente. Pero hay que reconocer que se pasó mucho con la frase que soltó en referencia a Hitchcok.

    Tienes razón en que los egos de los genios suelen chocar y en lo de que se endiosa a los escritores y artistas como si no tuviesen defectos. Imagina a cuántas personas que admiramos o idolatramos acabaríamos odiando si pudiésemos vivir un día, tan sólo uno, con ellas… seguro que el número sería elevado.

    “A nadie se le puede pagar adecuadamente por perder el tiempo”. Otra frase genial.

    Un saludo literario desde Oviedo.

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