La carta de Bukowski y su logro digno

Bukowski

Quien viene por aquí ya sabe que va a tropezar con mi voyeurismo literario y que la cerradura a través de la que miro la vida de los escritores son sus cartas.

Así que hoy, una del viejo borracho en persona, Charles Bukowski, que escribía a su editor, John Martin.

¿El tema? Uno con el que cada escritor se encuentra a menudo, que es imposible escribir y aceptar que el resto de la vida que no pasas entre líneas has de entregarlo a lo cotidiano, al trabajo, a lo que te han dicho que es normal y ves que hacen todos los demás.

Pero no me extiendo más, porque la misantropía de Bukowski lo dice mucho mejor que yo y es más que suficiente.


8-12-86

Hola John:

Gracias por tu buena carta. No creo que duela, a veces, recordar de dónde ha venido uno. Ya sabes los lugares de los que vengo yo. Incluso las personas que tratan de escribir sobre ello, o hacer películas, no lo captan bien. Lo llaman «de 9 a 5». Nunca es de 9 a 5, no hay almuerzo gratis en esos sitios, de hecho, en muchos de ellos no almuerzas a fin de conservar tu trabajo. Luego están las horas extras y los libros nunca parecen reflejar bien esas horas extras tampoco y que, si te quejas, hay otro idiota esperando para ocupar tu lugar.

Ya sabes mi viejo dicho: «La esclavitud nunca fue abolida, sólo se extendió para incluir todos los colores».

Y lo que duele es la constante humanidad menguante de aquellos que luchan por mantener puestos de trabajo que no quieren, pero temen más a la alternativa. La gente simplemente se vacía. Son cuerpos con mentes temerosas y obedientes. El color abandona el ojo. La voz se vuelve fea. Y el cuerpo. El cabello. Las uñas. Los zapatos. Todo lo hace.

Cuando era joven, no podía creer que la gente pudiera entregar sus vidas a esas condiciones. Ya viejo, todavía no puedo creerlo. ¿Para qué lo hacen? ¿Sexo? ¿Televisión? ¿Un coche en pagos mensuales? ¿Niños? ¿Niños que van a hacer las mismas cosas que ellos hicieron?

Al principio, cuando era muy joven e iba de un trabajo a otro, también era lo bastante tonto como para hablar a veces a mis compañeros de trabajo: «Oye, el jefe puede aparecer en cualquier momento y echarnos a todos en un instante, ¿no te das cuenta?»

Simplemente me miraban. Estaba planteando algo que no querían que entrara en sus mentes.

Ahora, en la industria, hay despidos masivos (molinos de acero muertos, cambios técnicos en otros factores del lugar de trabajo). Cientos de miles son despedidos y sus rostros están aturdidos:

«He entregado 35 años…»

«Esto no está bien…»

«No sé que hacer…»

Nunca pagan bastante a los esclavos para que puedan ser libres, sólo lo suficiente para que puedan seguir vivos y volver al trabajo. Yo pude darme cuenta de todo esto. ¿Por qué ellos no? Me figuré que el banco del parque era igual de bueno, o ser uno que va de bar en bar era igual de bueno. ¿Por qué no llegar primero yo antes de que ellos me pongan allí? ¿Por qué esperar?

Acabo de escribir con asco en contra de todo eso, fue un alivio sacar la mierda de mi sistema. Y ahora que estoy aquí, uno al que llaman escritor profesional después de haber entregado los primeros 50 años, he descubierto que hay otros ascos más allá del sistema…

Recuerdo una vez, trabajando como empacador en una compañía de lámparas, otro de los empacadores dijo de repente: «¡Nunca seré libre!»

Uno de los jefes pasaba por allí (su nombre era Morrie) y dejó escapar esa deliciosa carcajada, disfrutando el hecho de que ese tipo estaba atrapado para toda la vida.

Así que, la suerte que tuve finalmente al salir de esos lugares, no importa cuánto tiempo me llevó, me ha dado una especie de alegría, la alegría gozosa del milagro. Ahora escribo desde una mente vieja y desde un cuerpo viejo, mucho después del tiempo en que la mayoría de los hombres piensa en seguir escribiendo, pero ya que empecé tan tarde, me debo a mí mismo continuar y, cuando las palabras comiencen a vacilar y deba ser ayudado a subir las escaleras y ya no pueda distinguir un azulillo de un clip, siento que algo en mí va a recordar (no importa lo lejos que me haya ido) cómo he llegado, a través del asesinato y el desorden y el trabajo duro, al menos hasta una manera generosa de morir.

No haber desperdiciado por completo la vida de uno parece ser un logro digno, aunque sólo lo sea para mí.

Tu chico

Hank

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15 responses

  1. Hala, otra carta más que favorece la creencia de que los grandes escritores estaban atormentados o vivían recluidos al margen del mundo. Nosotros con las redes sociales lo tenemos más chungo. Habrá que poner el móvil en modo avión hasta el fin de los tiempos mientras gruñimos para nuestros adentros.

  2. Escrita en 1986, como podría haber sido escrita hoy. Estamos igual, o peor: los gurús de la autoayuda y los charlatanes de todo tipo pretenden hacernos creer que podemos aspirar a ser dueños de nuestra vida, a liberarnos de la rueda del hámster, pero no explican el precio que hay que pagar por ello.
    Somos más esclavos que nunca, aunque nuestras cadenas sean de fibra óptica.
    “Nunca pagan bastante a los esclavos para que puedan ser libres, sólo lo suficiente para que puedan seguir vivos y volver al trabajo.”
    Lo suficiente para que mantengamos la ilusión de conseguir lo que no tenemos, y ser lo que no somos, porque lo que ya tenemos y lo que ya somos no es suficiente para ser feliz…

  3. Hola, Isaac.

    Tiene toda la razón Bukowski. No somos tan libres como nos quieren hacer creer. Estamos metidos en el sistema, en la rueda de hámster, hasta las trancas. Pero, ¿existe alternativa? Personalmente, a mí no me gustaría comer en la Cocina Económica o dormir en un banco por mi deseo de vivir de la escritura. Aunque también reconozco que Bukowski fue muy valiente al ir contra el sistema independientemente de que al final triunfase. La vida suele ser muy complicada y los demás, sean quienes sean, no te lo suelen poner fácil.

    Tal vez, lo escuché en la tele hace poco, como el trabajo tal y como lo conocemos está abocado a desaparecer en unas pocas décadas por la imparable tecnología tengamos ahí nuestra salvación, nuestra oportunidad de oro. ¿Quién sabe?

    Un abrazo desde Oviedo y gracias por compartir esta magnífica carta.

    • Hola Alberto,
      Yo también pensaba lo mismo…
      Y me preguntaba por qué admiramos esa valentía de ir “contra” el sistema. ¿Porque la mayoría no somos capaces de hacerlo? Bueno, también es cierto que los cementerios están llenos de valientes.
      Esta cita también es de Bukowski:
      “La diferencia entre un valiente y un cobarde, es que un cobarde se lo piensa dos veces antes de saltar a la jaula con un león. El valiente simplemente no sabe lo que es un león. Sólo cree que lo sabe”. Escritos de un viejo indecente (1969).
      No sobreviven los más valientes, ni los más fuertes: sobreviven los que mejor se adaptan.
      En los tiempos que se avecinan, y como siempre ha sucedido, los que saldrán adelante serán los que mejor se adapten a los nuevos cambios.

      Un saludo desde un lugarejo cerca de Barcelona

  4. Qué razón tienes, Isaac. Con la pereza mental galopante que hay mires donde mires y con la falta de inquietudes culturales que existe, un gran número de personas no van a saber qué hacer con tanto tiempo. Y, supongo, ellos no son responsables al cien por cien.

  5. Hola Isaac,

    Cuando compartí esta entrada por las redes dije que era una carta que iba a imprimir y tenerla a la vista. No sólo para mí, sino para que la vean todos los que pasen junto a ella, en especial mis hijos de 14 y 7 años. ¿Y sabes qué? Que aún no la he impreso. ¿Por qué? ¿Por falta de tiempo? Qué excusa más buena. Pero no, supongo que porque tras el arrebato que me dio leer esta carta viene la segunda ola, la reacción, esa parte que te dice “cuidado, vayamos a tener un lío y lo mandemos todo a la mierda… a la mierda para bien, o no, no sé”. Así que aquí estoy, prometiéndome que la voy a imprimir en cuanto llegue.

    Creo que puedo contar con los dedos de una mano los blogs a los que estoy suscrito por email. El tuyo es uno de ellos. Por derecho propio.

    No he leído mucho a Bukowski (cosa que voy remediando poco a poco) Lo que he leído me gusta, me gusta y ese algo más que no se puede expresar diciendo “me gusta”. Cuando algo te sacude así, uno se maravilla con el personaje, creo. o al menos sólo con una parte del personaje, la cómoda, la que nos alegra el sueño de fantasear diciendo “ay, voy a ser un Bukowski” o “me gustaría ser un Bukowski”. Confieso que mis fantasías están más pobladas con Clive Barker, pero para el caso sería lo mismo: una persona que sacude algo a través de sus escritos, y más allá de ellos. Y esas brújulas está bien tenerlas, aunque a veces sean borrosas.

    Gracias por esta carta, y por el blog.
    Un saludo.

  6. Voy a ser la nota discordante, aunque no porque no me haya gustado, que lo ha hecho. Para empezar, creo que Bukowski está sobrevalorado. ¿Era un buen escritor? Oh, sin duda lo era. Pero, ¿era tan buen escritor? No lo creo. (Pero antes de que me pegue nadie que conste que opinión personal.)
    Estoy de acuerdo en que la esclavitud no fue abolida, pero lo de la trampa no lo tengo tan claro. Cada trabajador sabe lo que hay, y lo soporta por algo en concreto. Por un piso. Por comida. Por un coche. Hay métodos para cambiar las cosas que no son justas. No es fácil, hay que implicarse, pero existen. Pero dan pereza. Mejor me voy al bar después del trabajo y allí despotrico sobre que nunca seré libre y lo capullos que son los jefes. Pero a la hora de la verdad no doy la cara.
    Al final acabamos teniendo lo que nos hemos ganado.

  7. importa cuánto tiempo me llevó, me ha dado una especie de alegría, la alegría gozosa del milagro. Ahora escribo desde una mente vieja y desde un cuerpo viejo, mucho después del tiempo en que la mayoría de los hombres piensa en seguir escribiendo, pero ya que empecé tan tarde, me debo a mí mismo continuar y, cuando las palabras comiencen a vacilar y deba ser ayudado a subir las escaleras y ya no pueda distinguir un azulillo de un clip, siento que algo en mí va a recordar (no importa lo lejos que me haya ido) cómo he llegado, a través del asesinato y el desorden y el trabajo duro, al menos hasta una manera generosa de morir

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