La complejidad de los sistemas

la complejidad de los sistemas

A veces miro a mi alrededor y me quedo asombrado de cómo es posible que las cosas funcionen, de que el agua salga por mi grifo y este ordenador se encienda, de que la comida llegue hasta mi supermercado o no nos matemos todos en una rotonda.

Millones de piezas y personas a la vez haciendo su parte, ciegos a la parte de los demás y rezando sin saber que lo hacen para que todo encaje. Es imposible ya, en un modo de vida tan complejo, abarcar todo, saber suficiente, tener una perspectiva global.

Ahora que es tiempo de propósitos y objetivos, no viene mal recordar esa complejidad de los sistemas y de las cosas importantes, porque de veras que se nos olvida.

Es esa complejidad la que impide que las fórmulas del éxito funcionen, que podamos adivinar el futuro o que, lo que resultó una bendición para uno, sirva para alguien más, aunque lo repitamos al pie de la letra.

En nuestra partida personal influyen un montón de piezas, muchas desconocidas e invisibles, casi todas imposibles de manejar. Y nosotros apenas asimos un pedazo de volante en nuestro viaje.

Pero esto no es un lamento del viejo a las nubes, no al menos hoy, la complejidad es real y es bueno verla y tenerla en cuenta. Nos permite ser conscientes de lo mucho que hace falta, lo poco que está bajo nuestro control y lo difícil que es todo lo importante.

De veras que eso es bueno porque, para empezar, quien comprende la complejidad de los sistemas, de la escritura y la publicación y todo lo literario se vuelve humilde, un concepto con el que todos los escritores tenemos un grave problema de comprensión.

Entiendes que no vale cualquier cosa o los ratos libres, que puedes dar lo mejor de ti y no conseguir nada, especialmente en lo referido a escribir bien o que alguien te lea y se le despierte algo que permanecía dormido.

Para seguir, comprender y asumir ese contexto de complejidad nos imnuniza ante los vendedores de humo y los trucos baratos, cuyo único fin es el de sacarnos el dinero y ya está. Comprendemos que todo eso no son más que chiquilladas, que no hay balas mágicas en algo con tantas piezas móviles, que no hay «trucos de escritura» que no sean pura niñería.

Los que tenemos una personalidad obsesiva y controladora intentamos como sea eliminar esa incertidumbre, una tarea imposible que sólo lleva a la frustración, lo sé bien. Porque de veras que, como con el tema del síndrome del impostor, la cuestión es aprender a convivir con la complejidad y la niebla, a actuar en su presencia, a pesar de las probabilidades imposibles y los temores tras cada esquina.

Hace poco alguien retuiteó una «fórmula en fáciles pasos» o algo así para eliminar ese síndrome del impostor. No recuerdo quién era, no tengo ni idea de lo que pondría y no podría interesarme menos, porque no va a funcionar. Y si funcionara (que en serio que no) es lo último que querríamos. Alguien sin síndrome del impostor no es más que un ciego sin autocrítica, sólo los que no tienen ni idea y los menos preparados sufren menos o nada ese síndrome cuando se ha estudiado de manera seria. ¿De verdad queremos parecernos a esos? Miedo me da el trabajo que pueda salir de ahí.

Lo mismo ocurre con la complejidad y el intento de eliminarla.

Todos los que prometen enseñarnos a escribir, publicar y «triunfar» también están diciendo que pueden eliminar la complejidad y la incertidumbre en «fáciles pasos».

Obviamente no es así, nadie lo ha conseguido y otros muchos más inteligentes que ellos lo han intentado antes.

Y es que de veras que esa compleja incertidumbre es positiva por todas esas razones de antes y porque, si la elimináramos completamente, ¿a qué quedaría reducido todo? A una serie de pasos y fórmulas que seguir como una receta, a una fábrica de piezas, a una vida sin la más mínima emoción ni libre albedrío.

Que probablemente eso último es lo que es esta vida, según lo poco que vamos averiguando, pero al menos queda la ilusión de que en esa incertidumbre y esa complejidad vive una cierta ilusión de libertad, por falsa que pueda ser.

Como las historias que tampoco son ciertas, pero son bastante buenas, a mí ya me vale esa ilusión.

Si quieres, te aviso por email cuando haya contenido nuevo.

Comparte si te ha gustado

2 respuestas

  1. Hola, Isaac.

    Sí, es increíble que todo funcione a la perfección muchas veces y los traspiés o errores que pueda haber no tumben al sistema.

    Me recuerda tu artículo a lo que escuché en “Cuarto Milenio” la temporada pasada o hace dos: si la Tierra sufriese una tormenta solar como la ocurrida en el siglo XIX (suerte que de aquélla sólo había telégrafo y poco más), se tardaría 10 años (si mal no recuerdo) en volver a dejarlo todo tal y como estaba debido a la dependencia brutal que tenemos con respecto a los ordenadores. ¿Te imaginas la hecatombe?

    Yo también tengo una personalidad obsesiva, aunque, afortunadamente, nada controladora. Es ese afán por controlarlo todo el que hace sufrir un montón. Además, la vida te va enseñando que muy pocas cosas dependen de ti así que cuanto antes lo asumas, mejor.

    La complejidad es inherente al mundo actual (sospecho que en cada época histórica se diría lo mismo) y es un aspecto que enriquece la vida como bien afirmas, a pesar de que con excesiva frecuencia nos arme la puñeta. Lo ideal sería un término medio.

    Un salido literario desde Oviedo.

    • Hola:
      Pues me siento súper identificada con el síndrome del impostor, (antídoto contra la escalada suicida por la curva de la idiotez literaria, de ahí siempre te despeñas), también con la obsesión por el control. Para mí es consustancial, dolorosamente consustancial al arte de escribir.
      Me encanta “la cuestión es aprender a convivir con la complejidad y la niebla, a actuar en su presencia, a pesar de las probabilidades imposibles y los temores tras cada esquina”. Es la absoluta verdad.
      En cuanto a una hecatombe (palabra del griego y que me encanta), que me pille trabajando en mi próxima novela y no falte papel y lápiz. Es que me encanta escribir sobre mundos destruidos o que agonizan. Sadismo? Sí. Pero queda entre mi pluma y yo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *