La confianza y la escritura

La confianza y la escritura

Hoy, un tema que asola a artistas, sobre todo escritores, dado lo introvertidos que son (somos) buena parte de ellos: la confianza. Porque el asunto tiene cola puntiaguda y a veces te la clavas.

Antes de eso, dos cosas rápidas, a instancias del libro Todas Ellas:

Un par de personas (tres si ampliamos bastante el concepto) me han preguntado si esta vez va a haber ejemplares firmados que se pueden adquirir directamente.

Me temo que no.

En libros anteriores, o bien la editorial envió ejemplares que dediqué y luego recogió, o yo disponía de ejemplares de cortesía, que fui mandando sin que encareciera apenas el precio.

Especialmente en Perdimos la luz de los viejos días, fueron los suficientes para que la estanquera me preguntara al tercer día qué estaba haciendo, y cuánta fariña iba en los paquetes. Porque libros, nadie se cree que los estés enviando, los lectores se extinguieron un miércoles de otoño en 1997, eso lo sabe todo el mundo.

Hacerlo ahora implicaría subir demasiado el precio de Todas Ellas gracias a Correos (el libro está apenas a 8 euros y pico en Amazon, en formato papel) y lo cierto es que tampoco tengo demasiado tiempo.

Los de las dedicatorias fueron años de vivir en la Bohéme y fastidiar a la estanquera, pero hoy tengo otras prioridades de fastidio.

Otro par de amigos vino a decirme —no les faltaba razón—, que se habían enterado por «terceras personas» de que había sacado libro nuevo. Que por qué no me promociono y lo grito y spammeo como todo hijo de vecino.

Principalmente, porque soy un pragmático, y también volvemos sobre lo de introvertido. Pero, principalmente, es pragmatismo. Y es que no funciona, excepto para que tu primo de Guadalajara ponga los ojos en blanco.

Aspiro a ser leído, no vendido, que parece lo mismo, pero nada más lejos. No voy a hacerme rico y no va a marcar una diferencia que, gente que me conoce, o a la que caigo bien por un insondable misterio, compre mis libros por simpatía o porque es lo que hay que hacer por los amigos. Si luego se queda en el estante, el par de euros de regalía representan un fracaso.

¿Y si es miedo, o falta de confianza, vestidos de excusa?

Siempre hay algo de eso en la fórmula de todo lo que hacemos, que soy un hipócrita, pero no tanto como para decir que no sea así en parte. Sin embargo, por coincidencia o lo que sea, han cruzado por delante un par de conversaciones estos días sobre la confianza y la escritura.

«Hay que confiar en uno mismo, eso es lo más importante, la confianza es fundamental y lo puede todo, ra, ra, ra».

Voy a resumir rápidamente mi posición sobre el tema de la confianza en el arte para quien no quiera seguir leyendo la diatriba.

Mi opinión es que la confianza me com… está sobrevalorada y, de hecho, probablemente será tu mayor enemiga si tu objetivo es escribir bien.

Voy a tomar un sorbo del cine y de Spielberg que, en referencia a ese pedazo de truño que fue Jurassic World, segunda parte de Jurassic Park, dijo que haber hecho una película tan mala vino por acomodarse y tener confianza. Sus mejores obras siempre las había realizado desde el lugar en el que el miedo aterrador estaba presente.

Y tiene toda la razón.

Cuando notas la espada de Damocles de que los demás van a ver lo que haces, de que te vas a exhibir ante ojos ajenos, de que ya no vas a estar seguro en tu rincón de escribir y es esta oportunidad o nada… entonces sí que te vas a esforzar, mucho más de lo que creías que podías hacerlo, para asegurarte de dar lo que tengas y no quede nada en el pozo.

Me ha pasado siempre. He enviado manuscritos y libros que pensaba que estaban decentes pero, cuando me dieron luz verde aunque fuera a un pequeño relato, y me dijeron que enviara la versión definitiva, entonces el pánico pasó al asiento del copiloto y dijo: «Echemos un vistazo a lo que has hecho».

Puedo asegurar que ese terror siempre ha hecho que diera lo que tenía hasta vaciarme. Que ha cambiado de arriba abajo manuscritos desde que apareció esa luz verde hasta que finalmente salió.

Eso no te exime de que acabes haciendo algo penoso, pero, si quieres escribir bien, lo último que deseas es confianza. Abraza el pánico terrible, porque es tu verdadero amigo.

¿Estoy extrapolando una experiencia personal a verdad universal? Pues claro, ¿acaso no es ese el signo de los tiempos? Pero no sólo se trata solo de mi experiencia.

Tomas Chamorro-Premuzic, además de tener un apellido espectacular, es psicólogo y estudioso del tema de la confianza. ¿Su conclusión?

Es prácticamente inservible de cara a la competencia en cualquier cosa.

La confianza está correlacionada con la competencia en un 0.3 de media. Eso significa que, la probabilidad de que la persona con más confianza en una habitación (o el escritor que no para en Twitter con que su novela es la leche) también sea el mejor o el más apto, es apenas un 15% superior a la probabilidad aleatoria.

Es decir, si hay 10 personas en una reunión de escritores, en vez de la probabilidad azarosa del 10%, la de que el más confiado sea también el mejor es de un 11,5%.

Algo es algo, dirán algunos, pero es tan poco que, a la hora de escribir bien, (o hacer algo bien) cultivar la confianza es probablemente el esfuerzo peor invertido.

¿Mi apuesta? Ya la he dicho mil veces: práctica deliberada, creencia en un buen proceso, olvidarte del resultado y, a eso añado hoy, que el pánico atroz sea nuestro pastor. A menos que tengas la confianza del tonto, claro, y creas que no necesitas revisar nada, ni perfeccionar nada, entonces da igual todo esto.

El síndrome del impostor estimula, la confianza aburguesa.

Eso sí, seamos sinceros, la confianza tiene un lado oscuro.

También se ha demostrado que, para obtener objetivos egoístas y cortoplacistas, la confianza sirve. Es decir, que todos esos pesados consiguen (no por convencimiento) que a veces alguien les compre su librito o taladrar el oído de la persona adecuada.

Que el trabajo resultante sea algo bueno, o que eso sea a lo que debemos aspirar, ya es otro tema.

Si quieres, te aviso por email cuando haya contenido nuevo.

Comparte si te ha gustado

13 respuestas

  1. En linea con lo que dices, creo que nada da mayor confianza que pensar que lo que escribes es una basura que nadie va a querer leer.
    Evidentemente que te lean es estimulante, y que te lea tu familia solo por serlo, algo deprimente, aunque te aseguro que más deprimente aún es que no te quiera leer ni tu familia. Imagínate el miedo que da eso. Me recuerda un poco al prisionero de La Vida de Brian que añora que el carcelero al menos le lance un escupitajo.
    Al final es volver al tema de muchos otros post, ¿para qué escribes? Pues no se, porque la cabra tira al monte.

    • Lo que suele ocurrir con la familia es que no te lee siquiera. Los más, tienen ahí el libro con un poco de orgullo: «Mira mi hijo, sigue haciendo todos aquellos garabatos, igualito que de crío». Otros lo tienen en el estante como recordatorio de que hay ciertos peajes que pagar por la familia. Pero leer, se suele leer poco. O a veces se lee, pero es raro que coincida el público que buscas con la familia que tienes, así que, tampoco es que dejes mucha huella positiva…

  2. Hola, Isaac.

    Muy interesante tu artículo de este miércoles veraniego y festivo.

    Entiendo el argumento de lo que expones y tienes razón. Es más, no sabía lo de ese estudio psicológico ni tampoco lo de Spielberg. Sin embargo, pienso que deberías enfocar el asunto desde la perspectiva del exceso de confianza porque creo que si uno no se pone a hacer algo con confianza en sí mismo, difícilmente conseguirá su objetivo. Una cosa es ir de sobrado con lo que tienes muchas posibilidades de pegarte la torta y otra muy distinta es esa ausencia de confianza que puede matarte antes de empezar (incluso aunque tengas las cualidades y los conocimientos necesarios para alcanzar el éxito).

    “Confianza”, “pasión”, “ilusión” son términos que se manejan constantemente a la hora de hablar de la escritura o de otros aspectos de la vida. Para mí son fundamentales bien entendidos, no como mera palabrería vacua para vender libros inútiles o rellenar artículos de revistas o periódicos.

    Un saludo literario desde Oviedo.

    • La cuestión que más me fascina es que, para lo más importante en mi opinión, que es ser bueno en lo que haces, la confianza o la pasión son dos elementos prácticamente irrelevantes.
      No son lo que te va a conceder el dominio ni la habilidad en el arte. Puedes tenerlos y ser bueno, tenerlos y ser mediocre y no tener ni pizca de ninguna de esas dos cosas y, sin embargo, ser el mejor. Porque esto último no depende de esas cosas, sino de otras.

      Cuando uno indaga mínimamente hondo, en varios campos, ves que ese patrón es cierto y se repite una y otra vez. De hecho, las nociones de pasión o confianza pueden tener efectos más dañinos que beneficiosos, especialmente cuando te crees ciertas milongas.

      Un saludo.

  3. Hola de nuevo, Isaac.

    No dudo de que tengas razón respecto a la confianza, la pasión y la ilusión, pero se me hace muy cuesta arriba pensar no ya que no sean importantes, sino que no sean fundamentales. Para mí son motores que te empujan a querer ser cada vez mejor (si no siempre, al menos la mayoría de las veces). ¿Tú crees que un pianista o un gimnasta de élite no debe sentir, en un porcentaje elevado, una gran confianza, una gran pasión y una gran ilusión? ¿Cómo soportar tantísimas horas de práctica y de renuncias si no es porque te apasiona tu arte o tu disciplina?

    Es verdad que la cuestión central es ser bueno o excelente en lo que haces. Si no, serás uno más del montón y esto, ¿de qué sirve?

    Un saludo desde Oviedo.

    • Hay deportistas, artistas y personas que se pueden considerar élite en lo suyo y sentir esa pasión, y otras muy notorias que no, y que han llegado también a lo más alto. La pasión, como ya he dicho alguna vez, suele surgir con la práctica y la pericia en algo, no al revés, como normalmente se entiende.

      Lo que muestran los casos de esa élite que no siente especial amor por lo que hace, y sin embargo está entre los mejores, es que se puede ser de esos mejores sin pasión. Eso es lo que me parece más interesante, porque si uno quiere averiguar los elementos de la ecuación de hacerlo bien, la variable de la pasión no añade a la suma, porque sin ella, también es posible conseguir el resultado deseado.

      Por eso, cuando uno quiere cultivar la pericia en algo, si ese es su objetivo, se debería centrar en los elementos que sí contribuyen sumando. Y la pasión, como demuestran todos esos casos, no es un elemento necesario ni suficiente.

      Por eso se puede tener o no (mejor tenerla, claro), pero no es necesaria. Es como la confianza, la puedes cultivar o no, y mejor cultivarla, por aquello de que te sentirás mejor psicológicamente, pero no va a contribuir a que seas mejor o peor.

      Por eso insisto tanto, porque me parece fascinante cómo, al desgranar los elementos que suman a la hora de ser el mejor, hay algunos que nos han venido y que no suman o lo hacen de manera irrelevante (como la pasión) o que suman demasiado poco (como la confianza).

      Un saludo.

      • “La pasión, como ya he dicho alguna vez, suele surgir con la práctica y la pericia en algo, no al revés, como normalmente se entiende”.
        Por una vez, estoy en absoluto desacuerdo contigo, Isaac.
        Si practicas tanto, y tienes tanta pericia en algo, lo que sea, es por pasión, o por obligación. Los que llegan a la excelencia, a ser lo mejor que pueden ser, es porque tienen pasión por lo que hacen. Y la pasión viene de serie. Si llegan arriba, sin sentir pasión puede ser por otros motivos, además de la obligación: por presiones del entorno, o igual porque por lo que sienten pasión realmente es por lo que les proporciona eso que hacen (fama, dinero, prestigio social, poder).
        Yo fuí deportista de élite en mi juventud, y he conocido a muchos, en el pasado, y todavía hoy sigo la pista de algunos. Nunca tuve pasión por lo que hacía (mi caso era la obligación por el entorno familiar, y no viene a cuento ahora), y como no la tuve, jamás llegué a donde por práctica y pericia podría haber llegado. Te aseguro que los que llegan arriba tienen auténtica pasión, viven aquello a todas horas, nunca tienen suficiente, sueñan, hablan siempre de lo mismo, son monotemas. Si no la tienes, jamás podrás pagar el precio que cuesta llegar arriba (y ya sabemos que a veces es muy, muy caro).
        ¿Qué empuja a una persona a practicar sin descanso, a querer saber más, a tener más y más pericia?
        Da igual que seas escritor, futbolista, tatuador, o piloto de rallyes.
        Si no es pasión, ¿qué es?
        Killian Jornet puede tener unas condiciones físicas casi sobrenaturales, y llevar millones de horas de práctica saltando por las montañas, pero si no lo empujara la pasión innata que ha tenido siempre por hacer lo que hace, ¿crees que lo haría?
        Otra cosa es cómo cada cual expresa su pasión (Marc Márquez parece, desde luego, más apasionado que Dani Pedrosa, pero no creo que uno tenga más pasión que el otro. Simplemente la expresan diferente. Uno es extrovertido, y el otro introvertido).
        Y otra cosa es no sentir especial pasión por nada, como nos pasa a muchos.
        Estoy absolutamente convencida de que en la ecuación de hacerlo bien, la variable de la pasión no sólo suma, si no que es capaz de equilibrar a otros elementos que no llegan al nivel requerido.
        En el deporte, por ejemplo, he conocido muchos casos en los que la pasión ha suplido la falta de condiciones físicas innatas, y otros en los que, a pesar de contar con sobradas condiciones y talento, la falta de pasión, y, por tanto, de interés y capacidad de sacrificio, ha hecho que no llegaran a nada.
        Bueno, debatiría sobre el tema hasta la extenuación, pero tampoco es plan, así, en la sección “comentarios”. Ésto se hace en un bar con unos vinos delante.
        Disculpadme el rollazo…

        • Entiendo lo que dices, y tendemos a extender nuestra experiencia, o la de unos cuantos, al global. Pero me temo que, cuando hay evidencia contraria…

          Como este debate es antiguo, ya he comentado, infinidad de veces, la historia de deportistas, escritores, etc, que llegaron a lo más alto y confesaban, no sólo no tener pasión, sino odiar lo que hacían. Y eso no les impidió ser, literalmente, los mejores del mundo. Pequeño ejemplo: André Agassi.

          Entiendo la creencia de que la pasión es lo que marca la diferencia, yo la tenía, pero simplemente hay evidencia contraria al respecto y, aunque a mí mismo me costó desenterrar esa noción, la realidad no suele entender de querencias y pasiones.

          Un saludo.

  4. Pues mira que no lo había pensado desde esa perspectiva…y tienes mucha razón. El tan denostado “síndrome del impostor” puede ser lo mejor que le puede pasar a cualquiera para sacar lo mejor de sí mismo. Y “dormirse en los laureles”, lo peor.
    No sé si es bueno o malo que nos lo hayas hecho ver así: por un lado nos hace sentir mejor a los que sufrimos el eterno síndrome del impostor (“puede ser positivo, sirve de algo”), pero, ¿y si nos hace caer en una falsa autoconfianza?
    Diosss, qué cruz esto de cuestionárselo todo…!

    Salud, y miles de gracias por hacernos pensar.

  5. Hola, Anna.

    Acabo de leer tu comentario y acabas de recordarme lo que escuché en un podcast de iVoox el mes pasado (genial aplicación donde puedes encontrar montones de programas de misterio, ciencia, Historia, etc.). Fue en una entrevista a un profesor de Historia Japonesa de la Universidad Autónoma de Barcelona (tiene un libro interesantísimo sobre la Historia de los samuráis que me encantaría leer). Ahora mismo está acabando de escribir su tesis y durante el proceso de elaboración de ésta empezó a cuestionarse si en realidad sabía tanto de su especialidad como él creía. Por casualidad, escuchó una conversación de una compañera con otra persona sobre si ya había presentado la mujer su tesis cuando ella habló de lo que sentía y de ese mismo síndrome que también la asaltó. Este profesor se dio cuenta de que no era un bicho raro, tecléo en san Google “síndrome del impostor” y descubrió que es más frecuente de lo que se cree si mal no recuerdo. Curiosísima la mente y curiosísimos los montones de síndromes, muchos desconocidos para el común de los mortales, que pululan por ciertas cabezas.

    Un saludo literario, y no impostor, desde Oviedo.

    PD: perdón por salirme de lo que atañe estrictamente a la literatura.

    • La culpa es de Isaac, que nos hace pensar…

      Todos, de un modo u otro, cargamos con nuestras mochilas. Ahora se le llaman síndromes y los hay para todos los gustos. Éste que nos ocupa supongo que, en su justa medida, provee de cualidades como la modestia, la capacidad de autocrítica, y la humildad (cualidades para según quien, claro. No creo que Cristiano Ronaldo las considere cualidades, pero tampoco creo que sufra precisamente el síndrome del impostor). El problema es cuando la medida deja de ser la justa y las nobles cualidades se convierten en bloqueo cerebral.
      Todos los extremos son malos.

      Saludos!!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *