La debilidad del buen escritor

douglas-adams

Hace no mucho alguien dejó un comentario en esta web sobre la mistificación del oficio de escritor, las ínfulas literarias que nos damos, etc. Y no le faltaba razón en que algunos se lo toman demasiado en serio, como si en realidad estuvieran curando el cáncer en vez de manchando una hoja de papel.

Mi contestación fue que creo que pocos intentan derribar como yo cada piedra del mito de la escritura como algo trascendente, o que incluso importe. Derribar esa torre de superioridad de algunos escritores, que no cuela a la hora de disimular carencias básicas.

Los grandes (dejemos a Nabokov de lado, claro) no se solían asignar ese gravitas por su oficio, ni creer que estaban haciendo nada excepto juntar palabras, engañar a todos y, seguramente, perder en la vida.

Hace poco leía una entrevista a Paul Auster y el último párrafo me gustó, aunque Auster en sí nunca me haya dicho gran cosa:

«A veces me pregunto por qué me he pasado la vida encerrado en un cuarto escribiendo cuando afuera está el mundo lleno de vida y de posibilidades. La escritura exige entregarse a ella sin fisuras, abrirse a toda forma posible de dolor, de gozo, a todas las emociones que es posible sentir. Hacerlo bien requiere coraje moral. Ninguna otra ocupación exige a quien la desempeña que entregue el ser, el alma, el corazón y la cabeza sin saber si al final habrá recompensa».

Como pasa con muchos escritores, hay una pelea en esos párrafos entre la escritura como algo que parece épico (y que tienes que vender al exterior) y esa sospecha secreta al principio (sospecha interior, pero que inevitablemente sale) de si no es todo una pérdida de tiempo.

Y que veo que no soy el único que se plantea si quizá hay que vivir la vida en vez de escribirla.

Pero ese no es el tema. El tema es que ni la escritura es una empresa superior, ni esos grandes autores eran/son dioses perfectos, de disciplina feroz y talento por los cuatro costados.

Si uno se dedica, como yo, al pasatiempo de leer cartas y biografías de escritores que le interesan, pronto se da cuenta de que dichos grandes se parecen bastante a nosotros, sobre todo en lo pequeño y lo ruin.

Entra Douglas Adams para quitarle con humor otra piedra a la torre de escribir a la que se suben algunos.

Figura mítica del género de ciencia ficción, Adams dejó este universo a los 49 años para alcanzar su lugar en La Academia del Otro Lado, en el sillón que está justo al lado del de Terry Pratchett. Y llegó hasta ahí incluso cuando no había manera de que Adams se sentara a escribir de una maldita vez. O de que, si lo hacía, llegara a tiempo de entregar el manuscrito:

«Me encantan las fechas límite, adoro el swooosh que hacen cuando pasan».

Ese era Adams y, al parecer, la frase no era producto de su constante ironía y humor.

En su obituario: «Lamento por Douglas Adams», Richard Dawkins (sí, ese Dawkins) rememora cómo había que conseguir que Adams escribiera de una p… vez.

Sus bloqueos creativos (o mejor dicho, su «dejar para luego») eran tan épicos que cuenta la leyenda que su editor y su agente literario tenían que encerrarlo en una habitación de hotel para que se sentara a escribir. Sin teléfono, ni más remedio que el de llenar la página de una vez por todas.

Y sólo le dejaban salir muy de vez en cuando para algunos paseos, supervisado y acompañado.

De lo contrario, escapaba y dedicaba su tiempo a desarrollar teorías biológicas o hacer absolutamente todo, excepto poner dos palabras una al lado de la otra.

He ahí un grande y no es raro encontrar anécdotas similares en otros.

A veces nos vemos intimidados por el oficio de la escritura y por todos esos nombres que se subieron a lo más alto de ella, esos que vemos en nuestras estanterías. Al fin y al cabo, ellos consiguieron tener el libro y nosotros sólo una mierda de estantería.

Pero eran (muy) humanos y desde luego nada superiores, nada especiales. Sólo tenían un profundo amor, insano y de los de hacerse mirar, por algo que casi nunca corresponde. Tenían también una poderosa cabezonería en ausencia de recompensa. Así que, encerrados en un hotel o no, dedicaron una enorme cantidad de tiempo a escribir la vida y preguntarse por dentro si quizá no era mejor estar al otro lado del cristal.

Nido de inseguridades, preguntas constantes que no se pueden responder, el conflicto diario de sentarse a escribir con ganas o sin ellas…. No me extraña que algunos tengan que subirse a una torre de ego para compensar. Pero no hace falta compensar, si eso ocurre, como con el síndrome del impostor, no es mala señal, al contrario.

Así que, si no podemos sentarnos a escribir sin refunfuñar o forzados, y si no parece que tengamos lo que hay que tener y dudamos de cada cosa que contamos, que sepamos que al menos es un mal compartido por todos los que escriben, y que no es porque estemos especialmente rotos (que lo estamos de mil formas, pero no de esa).

Supongo que esto consuela en el fondo por aquello del «mal de muchos…» pero, sobre todo, hay que tener en cuenta que el barro que nos encontramos por el camino de la escritura no es excusa para no seguirlo. No somos especiales, todos peleamos en ese barro con las inseguridades y defectos, y muchos son capaces de vencer o al menos fingirlo.

4 responses

  1. Un gran y reflexivo post Isaac. Como bien dices ese “mal de muchos” ayuda aunque resulte algo egoísta y cruel, sentir que no somos los únicos; que hay más que como nosotros sufre a diario con la escritura. Gracias por compartir ese maravilloso párrafo de Auster. Y como opinión personal me gustaría añadir, aunque quizás es más una pregunta que este post me ha traído a la mente: ¿Si tanto han padecido todos los escritores a lo largo de su carrera (que no lo dudo) qué les ha hecho persistir en ella? Es decir, ¿por qué seguimos amando la escritura, a pesar de sentir que nos está robando parte de la vida?

  2. Gracias Isaac por tu post.
    Sería muy ingenua, por no decir otra cosa, si creyera que soy escritora. Siempre he tenido claro que solo soy autora de mis escritos. Por si tenía alguna duda sobre el tema, hace poco escuché decir a una persona que por encima de todo se consideraba un escritor. He de reconocer que sentí cierta “vergüenza ajena”. Reconozco que, tal vez, “coloca” las palabras mejor que yo, pero cuando terminas de leer sus relatos no sabes si “vienes o vas “. En aquel momento tuve claro que son las propias carencias las que nos hacen buscar el apoyo de un pedestal…
    No comparto lo de sufrir con la escritura, salvo si se pretende vivir de ella; para mi es un hobby con el que se divierte la niña que llevo dentro y también una necesidad, pues sufriría más si al impulso que pide paso no le otorgara libertad.
    Gracias a todos.
    Saludos desde Barcelona.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *