La fuerza de voluntad y la escritura

La fuerza de voluntad y la escritura

A este paso, voy a ganar el Planeta antes que sacar el libro de Escribir mejor. De hecho, es posible que aparezcan todos los pedazos desmembrados por aquí, y es que hoy traigo otro extracto de ese libro, que trata un tema habitual: el escritor y la fuerza de voluntad.

Pueden imaginarse el final…

Por cierto y antes de mentar a la bicha de hoy, quien quiera el volumen de Escribir bien está de promoción junto a un pack de libros sobre escritura que puedes conseguir pagando lo que quieras. Más fácil, con otros buenos libros y más barato ya es imposible.

Y ahora, el extracto de Escribir mejor.


Si estás leyendo este libro y te preguntas dónde está la fuerza de voluntad tras tantas páginas, la respuesta es: donde le corresponde por su importancia, en ningún lado.

La fuerza de voluntad es irrelevante para escribir, la fuerza de voluntad, como tal, seguramente ni existe.

Ese cuento tiene sus raíces en el mismo sitio que muchos otros, la religión. De ahí se hizo fuerte por el poder que tiene una historia que, aunque sea falsa, parece encajar con las nociones aparentes de las cosas. Al fin y al cabo, un concepto como la fuerza de voluntad resulta intuitivo y explicaría de manera lógica unas cuantas cosas, pero eso no lo hace real. También resultaba intuitivo creer que todos esos fenómenos espectaculares e incomprensibles hace cientos de años, como el relámpago, eran producidos por un dios con su martillo. Al fin y al cabo, es mejor historia que la de la electricidad.

¿Cómo realizó el paso de la religión a todos los ámbitos? La fuerza de voluntad adquirió cierta legitimidad «científica» en algunos estudios de la psicología social. Experimentos como los de unos niños y su capacidad de retrasar la recompensa al comerse un dulce dieron lugar a una hipótesis que tuvo cierto calado, el llamado: «Agotamiento del ego», acuñado por Roy Baumeister.

Tras ese nombre se encuentra la noción extendida de que la fuerza de voluntad es un recurso finito que se nos gasta a lo largo del día, conforme tomamos decisiones o realizamos tareas.

De hecho, es posible que más de uno esté familiarizado con este concepto que se repite a menudo en libros y artículos sobre productividad. De nuevo, es una noción que parece encajar intuitivamente con la experiencia diaria que tenemos como escritores y como personas. Yo mismo hablo aquí de cuidar bien las primeras horas y del cansancio en las siguientes, a menos que hagas algo para recuperarte activamente.

Pero esa energía que se pierde poco tiene que ver con conceptos difusos y seudoespirituales como la fuerza de voluntad y mucho más con otros tangibles, químicos y fisiológicos.

De hecho, he aquí otra historia.

La psicología social y muchos de sus experimentos «fascinantes» cayeron como un castillo de naipes en la llamada «crisis de replicabilidad» de los años 2000. Básicamente eso significaba que, cuando se intentaban replicar ciertos resultados de esos experimentos (algo que debería ocurrir sistemáticamente si se trataba de algo científico y bien realizado) no ocurrían, así que un enorme montón de teorías de la psicología social se desmoronaron hace unos años.

No había manera de obtener los mismos resultados y los que se obtenían parecían contradecir, o al menos no secundar, muchas de las hipótesis construidas durante años anteriores y que se habían coronado como importantes en su campo.

Y una de ellas fue precisamente esa noción de fuerza de voluntad como recurso finito que se va gastando conforme la empleas.

¿Qué hacemos entonces con la fuerza de voluntad?

Buena pregunta. Probablemente, lo más interesante y práctico es ignorarla.

No solo no parece ser ese recurso finito del que tanto se ha hablado, sino que su misma existencia es algo difusa.

De haber algo parecido a una fuerza de voluntad, esta dependería más de emociones y valores. Eso la hace mucho más compleja de gestionar y, sobre todo, algo muy individualizado. Dar pautas generales, como la de intentar «conservarla» no exponiéndose a tentaciones o a constantes tomas de decisiones, no proporciona resultados consistentes. Y en cuanto a emociones y valores como precursores de la capacidad de hacer las cosas, no voy a gestionar las emociones de nadie y allá cada uno con su escala de valores y dónde encaja la escritura en ella. Si no la tienes entre las cosas más importantes, no voy a ser yo el que la ponga ahí y, por supuesto, no vas a dedicarle el tiempo necesario.

Lo que sí se ha comprobado con cierto rigor sobre la «fuerza de voluntad» es que las creencias que se tienen sobre ella la afectan. O lo que es lo mismo, una vez más el poder de las historias vence.

De esta manera, aquellos que se cuentan la historia de que no tienen suficiente fuerza de voluntad ponen en marcha una profecía autocumplida y no la «tienen», procrastinando o cayendo en tentaciones como la de coger el móvil, en vez del libro o el bolígrafo.

Por otra parte, los que creen que la tienen exhiben más rasgos relacionados con aquellos que definimos como voluntariosos y disciplinados.

En definitiva, la fuerza de voluntad parece ser un cuento y suele ser más útil fuera de la ecuación de escribir que dentro de ella, porque tendemos a usarla como excusa. Y quien dice escribir, dice cualquier cosa, en realidad.

Si finalmente no es una invención, al menos no funciona como creemos que lo hace. Si se puede gestionar, tiene que ver con emociones y valores. En ese caso, vuelve lo que repito hasta la saciedad, deberíamos ser escritores artesanos enamorados de lo que hacemos, que respetamos y cuidamos nuestro arte, en vez de venderlo por treinta monedas a las primeras de cambio.

Y si elegimos creer en dragones, talentos o fuerza de voluntad, al menos creamos en la narrativa de que somos poseedores de esa cualidad seguramente ficticia. Nos irá mucho mejor y nos pondremos muchas menos excusas.


P.D. El profesor Carl Erik Fisher explica técnicamente el tema mucho mejor que yo aquí. Está en inglés, pero para quienes quieran la explicación más sesuda y las referencias científicas, Fisher es un buen comienzo.

Si quieres, te aviso por email cuando haya contenido nuevo.

4 Comments

  • Juan

    En cuanto a lo que dices: «De esta manera, aquellos que se cuentan la historia de que no tienen suficiente fuerza de voluntad ponen en marcha una profecía autocumplida y no la «tienen», procrastinando o cayendo en tentaciones como la de coger el móvil, en vez del libro o el bolígrafo.» Es una sentencia bidireccional, porque es igual de válido afirmar que como no la tienen, procrastinan.

    Creo que discutir quien fue antes el huevo o la gallina, es poco útil, la pregunta es para qué quieres la fuerza de voluntad. La verdad de todo esto es que quizás hay que sincerarse con uno mismo y descubrir que en la lista de cosas para hacer, ser escritor está muy arriba porque quieres ser adulado y reverenciado y premiado y… un montón de cosas que en realidad nada tienen que ver con escribir.

    • Isaac Belmar

      Si es así y esos son los valores, no durarás mucho tiempo, porque estarán condicionados al refuerzo externo (dinero, adoración, fama…) y esos no van a llegar en el 99,99% de los casos, con lo que la voluntad se acabará más pronto que tarde.

      • Juan

        No me expliqué muy bien. Me refiero a que tal y como se define el constructo, nadie carece de fuerza de voluntad, incluso permanecer pasivo frente a los intentos de, digamos tus padres, para que hagas algo de tu vida, requiere fuerza de voluntad. El tema es que esa persona «sin voluntad» no ha encontrado nada que la impulse a realizar el esfuerzo de cambiar la actividad actual: comer patatas fritas y ver Netflix.
        Para mí, hay mucha gente que dice querer escribir, pero que en realidad lo que quiere es el éxito y el estatus de escritor, no escribir, y por eso, cuando el éxito no llega o al menos no lo hace rápido, pierden el interés.
        Les pasaría lo mismo si estudiasen derecho, por ejemplo, porque les encanta la idea de decir «protesto, el fiscal acosa a mi cliente». Puede que al tercer año, hayan comprendido que no va de eso, que es duro estudiar, y que decidan que trabajar en el negocio familiar por un sueldo aceptablemente digno es mejor.

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