escritura e intangibles

La imposibilidad de enseñar lo que hace buena a la escritura

La semana pasada hablaba sin duda del tema más importante de todos, el que está en boca de cada persona en cada bar del país: los gatos de Hemingway. Y también de la emoción, cómo eso es lo más importante, un superpoder de la escritura y también de la manipulación, porque el raciocinio se apaga en cualquiera (no importa su inteligencia) cuando la emoción está a flor de piel.

No hay más que ver de nuevo a todo el mundo hablando de los gatos de Hemingway en esos bares con esa pasión.

Pero la cuestión aquí es que, aunque la buena escritura y la emoción van unidas de la mano, no es lo único que compone escribir bien.

Una vez uno ha adquirido las bases fundamentales y es capaz de usar un sujeto y un predicado, los complementos o incluso un principio-nudo-desenlace (que no lo considero un elemento imprescindible de escribir bien, pero sí necesario de dominar como fundamento antes de romper con todo), se va dando cuenta de una cosa.

No importan los talleres, libros o webs sobre escritura, ninguno (ni nadie) te puede enseñar las cualidades que separan escribir correctamente de «escribir bien». Esas cualidades que llevan tu escritura al «siguiente nivel».

Ya lo dijo Isabel Allende: «No puedo enseñar ritmo o tensión…», ella que da cursos de escritura.

Y aunque he de disentir un poco, porque crear ritmo o tensión son precisamente cosas no muy difíciles cuyos mecanismos sí se pueden enseñar (pero no sé si valdrían de mucho en quien no ha acumulado todavía la suficiente práctica), las cualidades intangibles de escribir bien, lo que va a acabar separando la escritura y pasándola a ese «siguiente nivel» en tu periplo personal, no te las va a poder enseñar nadie.

No importa que se levante de entre los muertos tu escritor favorito para darte una clase, porque no puede transmitirte su vida, cómo la ha integrado, lo que le rompió y cosió, cómo la escritura le salvó (o seguramente, condenó), cómo funcionaba su pensamiento y su emoción, qué conexiones se generaron dentro de él a base de toda una vida escribiendo.

Sin embargo, la buena noticia es que, como con el tema de la emoción, aunque no te puedan enseñar esto, lo puedes aprender.

Todas esas cualidades difíciles de señalar con el dedo pueden surgir si uno abona el terreno adecuadamente. Por supuesto, no hay mejor abono que la basura, la que has de escribir cada día. Sobre ella crecerán retazos al principio y luego, si tienes ese poco de suerte, vives algo, te esfuerzas por mirar esa vida de una cierta manera y sigues abonando todo con lectura de libros buenos y práctica deliberada y constante, esos retazos de «algo» se pueden convertir en otro «algo» que aparezca más a menudo, que puedas hacer crecer.

Me explico como un libro cerrado, pero es que precisamente por la naturaleza de esas cosas, es complicado hablar de ellas y voy a superar el récord mundial de comillas.

Al final es agridulce. Lo que de verdad te va a hacer bueno nadie te lo puede decir y no vas a poder forzarlo antes de tiempo, como no puedes tirar de la planta para que crezca más rápido, u ordenárselo o gritar. Pero puede suceder y, a veces, es hasta satisfactorio.

Conseguir eso no te va a dar de comer ni va a impedir los rechazos editoriales, pues por muy «bueno» que seas no vas a encajar con todo. De hecho, si te vuelves «bueno» es posible que no encajes con la mayoría que busca lo fácil y cómodo, porque tú has encontrado lo bueno en lo difícil y lo incómodo (allí vive al fin y al cabo).

Pero supongo que hay que recordar que uno escribe por el mero hecho de hacerlo bien. O al menos de intentarlo.

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