adivinar el futuro

La imposibilidad de predecir el futuro

Una de las conclusiones que se han reafirmado estas semanas es la de que los humanos somos incapaces de predecir el futuro. En serio, realmente malos (a menos que nos apellidemos Tezanos) y esa es una máxima que trato de recordarme a menudo cuando ese futuro sobrevuela y sobre todo está nublado.

Si uno lee los trabajos del psicólogo Daniel Gilbert, esta es una premisa que se repite.

Somos terribles prediciendo lo que nos hace felices y los cambios que esperamos que se produzcan (en este sentido, por ejemplo, siempre subestimamos dichos cambios). En definitiva, somos una máquina de hacer predicciones constantes, pero está rota sin remedio.

Esa incapacidad se traslada a todos los ámbitos. En mi periplo de trabajo por el lado oscuro no paro de ver, una y otra vez, que los planes nunca se parecen a la realidad. No importa la experiencia del que los hace, su carácter o lo sesudos que sean los modelos matemáticos cuando se utilizan para tratar de dar seriedad al tema. Como decía Tyson: Todo el mundo tiene un plan hasta que recibe un puñetazo en la boca, y la verdad es que la vida es la campeona de los pesos pesados.

Por eso, cuando veo cómo uno se plantea la escritura como si fuera un plan de marketing, no puedo evitar sacudir un poco la cabeza, porque estás empeñándote en aquello en lo que eres peor, predecir ese futuro mezclado con otra habilidad en la que hemos demostrado una terrible incapacidad: la de leer la mente y las intenciones de los demás.

Simplemente, no funciona.

Todas esas editoriales, con sus expertos, sus medios y su marketing lo intentan, sacan esos best-sellers como churros de portada calcada y, una vez más, apenas triunfa un 5% o 10%, mezcla de esperados y sorpresas. Mientras, más del 90% mira de reojo los contendedores de reciclaje.

Si un grupo de monos eligiera qué editar, seguramente acertaría más.

Pero como los escritores somos así de orgullosos, creemos que vamos a triunfar más que los monos y, sobre todo, donde han fallado todos esos que tienen más medios y preparación que nosotros.

Aunque en realidad hay otro error de base, creer que esos otros están realmente preparados para algo, cuando de nuevo caen en la trampa de que, con sus estudios de mercado, sus planes, sus cargos y su experiencia, pueden predecir algo con una mínima efectividad.

De nuevo, la evidencia empírica abrumadora es que no.

La culpa, como siempre, es de varias cosas a la vez. Nuestra incapacidad de predecir el futuro está empañada por los sesgos psicológicos que tenemos instalados y el hecho de que, en realidad, el azar y un buen puñado de cosas ocultas que no contemplamos están sentadas a la mesa de la partida y tienen mejores cartas que las nuestras.

Esta, en realidad, es una buena noticia, porque nos permite librarnos del corsé de mercados y estudios y planes de marketing que son más literatura de ficción que la obra a la que se refieren.

Es una buena noticia porque nos permite ser libres de la dictadura de las ventas, porque seguirla no funciona para ser ese ansiado best-seller. Para eso no hay más que fijarse en todos esos que lo intentan. ¿Dónde están los resultados consistentes?

No están.

Así que, en prácticamente todos los casos, esa manera de escribir y plantearse el arte es venderse para nada. No hay ni siquiera un plato de lentejas o treinta monedas al final del arco iris del mercado. Siendo libre e ignorando todo eso harás mejor escritura (eso sí está demostrado) y viendo los resultados en el mundo real, la probabilidad de que alcances o no ese ansiado éxito en ventas es, prácticamente, idéntica.

Sin embargo, todo esto no importa lo más mínimo.

Como seres emocionales y sesgados que somos, creemos que tenemos más control de las cosas del que realmente tenemos (al fin y al cabo, eso nos separa de volvernos completamente locos). Creemos de nuevo que vamos a triunfar donde otros más altos, más fuertes y más rápidos fracasaron sistemáticamente.

Así somos, no importa la verdad objetiva, esa es otra de las enseñanzas que hemos podido apreciar estas semanas. No nos vamos a bajar del burro ni a cambiar de opinión, no importa si la verdad objetiva se nos aparece en olor de multitud.

Una pena, porque eso también significa que tampoco vamos a ser un poco más libres.

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One Comment

  • Alberto

    Hola, Isaac.

    Resulta inevitable que el ser humano desee tenerlo todo controlado (es algo inherente a su naturaleza) y, desgraciadamente para muchas personas y para su salud mental, es algo imposible. Afortunadamente, yo me salgo de la norma en este sentido.

    Estoy de acuerdo contigo en lo de librarse de la tiranía del mercado y ser lo más libre que se pueda ser en la escritura y en la vida en general. El problema estriba en cuando uno se abraza a esa tiranía con la esperanza de que así logrará conquistar la cima del mundo (aunque sea sólo de su particular mundo); entonces se produce ese choque entre ser tú mismo como individuo y como escritor y el mercado, el dinero, la cifra de ventas, la fama, etc. Complicada cuestión ante la cual la mayoría sucumbe. Qué difícil es resistirse a los cantos de sirena…

    Un saludo literario desde Oviedo, suerte, ánimo y adelante.

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