La inesperada cualidad de las cartas

Poder de las cartas

Cualquiera que lleve un poco de tiempo perdido por aquí sabe varias cosas de mí: mi devoción (queda mejor que fetiche) por las cartas, mi lectura en paralelo de varios libros, mi opinión sobre dar opiniones a otros escritores sobre sus obras, y por qué nunca hago esas cosas…

De una manera curiosa, el tema de las cartas ha aparecido mezclado con mi lectura en paralelo del libro Nobody wants to read your s**t de Steven Pressfield. Ya comenté un poco sobre él la semana pasada.

Hay un momento en el libro en el que Pressfield habla de la frustración por encontrar una voz propia. De cómo uno lee a los mejores, intenta hacer lo mismo y sale tosco. El monstruo de Frankenstein gimiendo, en contraposición al (aparente) arroyo cuesta abajo que es la manera de expresarse de los mejores.

Paradójicamente, este fenómeno que comenta Pressfield se agrava en los buenos lectores que quieren dar el salto a la escritura.

¿Por qué?

Leer es imprescindible para reconocer el escribir bien cuando lo ves, pero, como Ira Glass dijo mejor que nadie, hay un gap, un hueco, en el que se encuentran esos grandes lectores. Es el hueco que hay entre la capacidad de reconocer una buena escritura, ya que han leído mucho, y la incapacidad de hacerla, ya que no han practicado lo que hace falta. Y el espacio a recorrer es mucho más enorme que en quien no ha leído mucho ni bueno.

Es el mismo hueco que hay entre ver boxear a Alí o regatear a Messi (una referencia futbolística, vayan pidiendo deseos) pero ser completamente incapaces de ejecutar eso en la práctica, aunque entiendas la teoría de lo que hacen y sepas mucho de ello. Eso es lo que ocurre si te pones a escribir, pero eres quien desde el asiento le dice al genio cómo lo tenía que haber hecho.

Hay un círculo en el infierno de Dante esperando en ese caso.

El escritor tiene que recorrer esa enorme distancia y en el gap de Ira Glass se quedan atrapados casi todos los que empiezan. Porque a pesar de haber leído miles de páginas buenas, tu expresión camina como por la selva sin machete. Además, tampoco te puedes refugiar en la inconsciencia de los que han leído poco y creer que lo haces genial. Tú ya te has curtido y sabes lo que es escribir bien, así que, lo que te sale al ponerte, es inaceptable en comparación.

Algunos recomiendan, para cerrar ese hueco, leer a esos grandes y a la vez analizar lo que hacen. En mi opinión, mala idea, me parece inútil.

Soy creyente, y está demostrado, en los cambios que produce la lectura de un buen libro. Esos cambios y su labor son inconscientes, analizar no sirve de mucho porque, aunque sepas reconocer lo que ves, a la hora de ejecutarlo te encuentras otra vez varado en el hueco. No tienes la práctica suficiente para hacerlo igual. De hecho, cualquier intento de imitar (o «inspirarse») es regalar la colonia del ex a la nueva pareja. Nunca es lo mismo y siempre es un desastre, un burdo intento de copia cuando menos.

En mi opinión de nuevo, hay que leer libros buenos, meterse en ellos como lector y dejar que entren en ti sin una intención de analizar nada. Van a hacer su labor igual o mejor, pero ese no es el tema hoy. El tema es que Steven Pressfield se topó con algo que le ayudó a encontrar su propia voz.

Las cartas.

Escribirlas, claro.

Porque cuando lo hacía, notaba que su expresión era más natural, más suya, más cercana a cómo hablaba y a lo que quería decir y cómo decirlo. En las cartas no vivía encorsetado y censurado por técnicas o consejos, por lo que debía ser, por cómo se tenía que escribir o cómo había visto hacerlo al último grande que había leído. La labor de su bagaje emergía de manera natural.

Era más libre en las cartas que en las novelas, lo que permitía que aflorara, sin diques ni censuras, el balbuceo de la voz interior moldeada con la práctica y la labor (inconsciente) de los buenos libros.

En las cartas, no le ataban las enredaderas de «lo que debe ser», se centraba en el mero hecho de escribir y comunicar honestamente lo que llevaba dentro.

Claro que las cartas murieron, así que mala suerte, porque para algo que sí funciona…

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7 respuestas

  1. Hola, Isaac.
    Leer a los buenos, a los grandes y casi grandes, y ser honesto con lo que haces. Es cierto. Pienso que para ser un buen escritor son dos premisas fundamentales junto con explorar caminos nuevos, intentar salirse de esos clichés que asesinan a la creatividad y que hace que tantos libros se parezcan a tantos.
    Un saludo literario desde Oviedo y gracias.

  2. Gran artículo. Como escritor y como tremendo lector creo que es gap del que hablas es lo que diferencia a los buenos escritores de los excepcionales. Pero no hablas del talento y del alma, que es también lo que elimina ese hueco.
    Yo empecé a leer a los grandes clásicos para aprender a escribir y solo perdí el tiempo y la vocación ¿que chaval de 15 años lee a Faulkner u Onetti y no se siente frustrado y estúpido? No solo hay que saber elegir libros sino sobre todo tener en cuenta la edad mental y la madurez. Pero coincido en que par un escritor, leer es estar trabajando. Felicidades

  3. Hola de nuevo.

    Es cierto como bien dice Pablo que hay que tener en cuenta la edad mental cuando se elige una lectura: un libro que tal vez con 15 o 18 años dejas en la página 3 con 25 o 30 te entusiasma.

    Por otra parte, no estoy de acuerdo con Pablo cuando dice que perdió el tiempo leyendo a grandes clásicos. Siempre son una escuela, una gran escuela, los clásicos. Nunca fallan. Además, es un error sentirte estúpido al acercarte a sus libros con sólo 15 años. Uno debe darse cuenta de que no debe compararse con esa gente porque ellos no escribieron sus éxitos con esa edad y, además, sólo hay que compararse con uno mismo para encontrar tu mejor versión y progresar. Todos tenemos nuestros puntos fuertes y débiles, nuestras habilidades y torpezas. Y esto último también sirve para esas vacas sagradas de la literatura.

    Un saludo.

    • Los clásicos siempre responden, estoy de acuerdo. A lo que me refería es que con 15 años, a duras penas puedes apreciar su grandeza. Hasta que no he vuelto a leerlos no he apreciado recursos como los diálogos internos o los narradores múltiples con diferentes matices.

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