La inocencia del escritor

La inocencia del escritor

Hace un tiempo, alguien retuiteó algo de un chico que parecía bastante joven. Se lamentaba de que hacía año y medio que había enviado su novela a varias editoriales, y todavía no había contestado ninguna.

En realidad, no se quejaba de que no hubieran respondido, sino de que no lo hubieran hecho «aún». Es decir, seguía esperando que lo hicieran e incluso había un cierto tono de demanda.

Me fascinó que creyera que, tras más de 547 días, aún lo fueran a hacer, que desconociera que el 99% de editoriales, incluyendo las que dicen que siempre dan respuesta, no la dan. Y que esa es la manera habitual de operar.

Me sorprendió la inocencia del escritor, aunque imagino que a su edad yo habría dicho lo mismo de existir las redes sociales (menos mal que no).

Me sorprendió también el desconocimiento de haberse metido en una jungla sin haber mirado el mapa o las reglas básicas del territorio, pero supongo que no quiero recordar que yo era igual.

Me sorprendió esa ilusión, arrastrada desde un tiempo sin duda mejor, de creer que las cosas iban a funcionar como se supone que deben hacerlo en teoría.

Me sorprendió la falta de callo. He ahí un soldado con el uniforme impecable y recién llegado al frente, que cree que las guerras se luchan por ideales.

La inocencia se cura con los años, pero pienso que, si uno se va a meter en el agua de lo editorial, o de la escritura, es inteligente echar un vistazo a la realidad de las cosas, porque el agua cubre y el agua ahoga. Las verdaderas nociones románticas (incluyendo la del tiro en la sien), están en el acto íntimo y solitario de escribir. Publicar es negocio e industria, así que poco romanticismo cabe ahí.

Lo que no me sorprendió —en realidad no me sorprendió nada de lo que he dicho, porque de verdad que yo también era así— es que parte de esa visión de las cosas viene dada porque los escritores vivimos en un mundo que empieza y acaba en nuestro ego.

Entendemos que nuestra obra maravillosa debe ser leída, respetada y contestada con una carta a su altura. ¿La única conclusión posible de la misiva? Que somos los salvadores de la literatura, justo cuando más lo necesita.

Y así, 300 o 500 salvadores de la literatura colapsamos cada mes todas las editoriales que, a su vez, responden con el cartel de: «No se admiten originales». Esa es la realidad.

Hace poco, visitaba la página de una editorial sincera. En su apartado de manuscritos decía que, si les queríamos mandar algo, pues adelante, porque de todos modos, lo íbamos a enviar aunque tienen bien visible el cartel de: «No lo hagas».

Así somos los escritores, sólo sabemos el yo, mí, me, conmigo y nos da igual lo que ponga o nos digan. En esa editorial tenían no sé cuántas mil historias en espera y, de vez en cuando, echaban mano a esa gran «montaña de basura» (ay, Fraggle Rock). Porque eso decían también, que el 99% de lo que hojeaban era horrible hasta arrancarse los ojos.

Eso también es culpa de la inocencia del escritor, que cuando sueña junto al ego produce monstruos.

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17 respuestas

  1. ¡Hola Isaac!

    Menuda distropía debe ser eso de escribir, aunque en el fondo, basándome en lo que dices, puedo llegar a entender a las editoriales, pero que respete o esté de acuerdo con lo que hacen es otra cosa.

    La historia del joven me recuerda a una que viví hace unos años, cuando me quedé sin trabajo y quise ingeniármelas para encontrar otro; repartí casi 1000 currículos, casi todos en mano, entraba a cualquier establecimiento, por favor aceptarían mi currículum, le decía al dependiente en cuestión, claro deposítelo en ese bonito receptáculo que pone “basura”, me contestaba con amables palabras y sin levantar la cabeza de lo que estuviera haciendo. Afortunadamente encontré trabajo pero en algo fuera de lo mío y por otros medios, y es que nadie nos va a hacer ningún favor y si conseguimos que alguien nos lo deba se limitará a darnos el que más le convenga y esto, pienso y creo, es lo que hemos sembrado, o lo que han sembrado por nosotros, y es lo único que tenemos para llevarnos a la boca.

    • La cuestión es que yo entiendo perfectamente a las editoriales y, digo más, tardaría cero coma en hacer lo mismo, simplemente como método de supervivencia. Si tengo que hacer caso a todos los manuscritos y enviar respuesta, es que no edito un libro. Además, como bien dicen en otro comentario, la probabilidad de que algo sea realmente bueno es tan pequeña, que no es rentable ponerse con ello si es que quieres trabajar algo en la editorial y sacarla adelante.

  2. Supongo que esperas algo, aunque sea ese “Es horrible hasta arrancarte los ojos”, y cuando no llega nada, acabas con sensación de no existir. Lo más educado sería una respuesta automática por email “Su novela ha sido tirada a la basura al poco de ser recibida. La probabilidad de que haya escrito algo bueno es tan pequeña que el coste de comprobarlo supera a la rentabilidad hipotética. Busque otra entrada, ésta quedó inutilizada hace años”. Sería de lo más correcto.

    • Lo cierto es que deberían poner un sistema como el que comentas, sí. Sin duda, al menos sabrías que debes ingeniártelas de alguna otra manera, y no te quedas esperando junto al teléfono por si llaman, como en las películas antiguas.

  3. Amigo Belmar, si las editoriales se quejan de que el 99% de lo que reciben es para arrancarselos ojos, ¿cómo te explicas que el 99% de lo que publican de autores actuales sea para arrancarse también los ojos?

      • En realidad se puede vender cualquier título, no nos engañemos. Si el público prefiere a Ruiz Zafón en vez de a Borges, Papini o Arlt no se debe tanto a la elección del público sino a la elección de las grandes editoriales, que saben que dando paja en vez de grano consiguen que el lector no se ponga a pensar de forma crítica y de paso que su cociente intelectual se mantenga mermado. Es obvio que el mercado no vería con buenos ojos el ascenso de un gran público refinado e inteligente, lector de Gramsci, Marcuse, Schopenhauer, etc. que de repente, y bajo la influencia de lecturas inteligentes y de calidad, comienza a hacerse preguntas incómodas sobre el poder, el sistema económico actual, etc.

        • Hola, Paco Córdoba.

          Qué razón tienes: es evidente que a los poderosos, desde que el hombre existe, nunca les interesó que los que están abajo sean críticos y piensen por sí mismos. Eso sería tremendamente peligroso para ellos porque se cuestionarían muchas cosas y se podría llegar a una revolución más o menos sangrienta.

          Y es evidente que el hombre es perezoso en muchas ocasiones y prefiere ir a lo fácil que lecturas que le hagan reflexionar y removerse por dentro.

          Ya lo dije en otra ocasión: en la Antigua Roma existía el famoso “pan y circo”. En el siglo XXI tenemos “pan (y no todos) y Tele 5”. Así nos va.

          Un saludo literario desde Oviedo.

          • Hola Alberto, es un placer dar con personas como tú ( e Isaac), con las que poder mantener una charla cordial y despierta. Un afectuoso saludo.

        • Hola, Paco.

          Muchas gracias por tu comentario, de verdad. No me lo esperaba. Lo mismo digo.

          La verdad es que simplemente soy alguien con mucha curiosidad al que le encanta aprender, reflexionar y leer cosas que le hagan pensar y que le enriquezcan. Sólo eso.

          Un fuerte abrazo desde Oviedo.

          • Hola Alberto,

            Dices: “La verdad es que simplemente soy alguien con mucha curiosidad al que le encanta aprender, reflexionar y leer cosas que le hagan pensar y que le enriquezcan”. Creo que es lo máximo a lo que podemos aspirar: mantener fresca nuestra curiosidad e ilusión reflexiva y creadora. El mundo funcionaría mejor con personas como tú, que no aspiran tanto a enriquecerse crematísticamente como mentalmente.

            Un abrazo

  4. Hola, Isaac.

    Yo también contacté hace unos años, no muchos, con un montón de editoriales. Sin embargo, les comentaba el tipo de textos que escribo y les preguntaba si estarían interesados en recibir una muestra de ellos. Es lo mejor porque si tienen verdadero interés en ti, te contestarán.

    Asimismo, me pasó una cosa muy curiosa: en diciembre de 2013 o 2014 me llamó por teléfono un hombre de una editorial de Madrid, no recuerdo el nombre de ésta, para decirme que había contactado con ellos hacía un tiempo y que les gustaría que les enviase en papel varios textos de los que tenía escritos (me parece, no recuerdo bien, que ya les había mandado algunos de ejemplo). Pues bien, hasta hoy sin noticias de Madrid. Un misterio. O no tanto.

    Resulta totalmente comprensible la posición de las editoriales. Y también la de los autores. Sin embargo, leyendo el comentario de Paco Córdoba se me ocurrió la siguiente pregunta: si el 99% de lo que reciben las editoriales es malo con ganas, “ilegible” a tambor batiente, ¿cómo es posible que se publiquen unos 70.000 libros al año? No recuerdo si en esta cifra se encuadran los libros de texto y los manuales de las universidades.

    Un saludo literario desde Oviedo.

    • Salen las cuentas. No sólo las editoriales tienen libros de sobra, sino que ya los tienen previstos a mucho tiempo vista. Si una editorial te contesta hoy que quiere publicarte, por cómo son los tiempos editoriales estimo que el libro vería la luz para primavera de 2020 de media.

      Libros no les faltan, al contrario, y escritores aún menos. Si multiplicamos las editoriales que hay por los manuscritos que mandan, salen muchos más de esos 70.000 y no hace falta contar libros de texto. Hace tiempo hablaba de cómo, una editorial recién salida y desconocida recibió 500 manuscritos en apenas unos días de vida.

      Sólo con lo que hay, sin que nadie enviara nada nuevo, ya tendrían libros para aburrir. Luego, de entre lo que las agencias editoriales les venden (el filtro principal para las medianas-grandes), los premios que convocan / regalan a autores consagrados y la cantera de escritores que ya tienen, y de la que conocen más o menos lo que puede que vendan, las grandes andan más que servidas. Luego están las pequeñas, con sus 5-10 libros al año y luego las de autopublicación encubierta, verdaderas máquinas de churros.

      Hace mucho, mucho tiempo, cuando Internet estaba en pañales, antes incluso de Hoja en Blanco, (que ya tiene años) o de que existieran Facebook o Twitter, se me ocurrió crear una especie de comunidad de escritores y relatos. Por entonces no había nada de eso y no mucha gente usaba la red. Pues en muy breve tiempo y sin publicidad de ninguna clase, se apuntaron más de 4.000 usuarios, cuando la cerré, creo que rozaba los 10.000.

      Muchas veces no somos conscientes del juego de números que hay en este ámbito, y su verdadera dimensión…

      Un saludo.

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