La marca

(Un relato de los varios que componen el libro Todas ellas)

La gente siempre piensa que los accidentes, las enfermedades, la mala suerte y todas esas noticias por televisión les suceden a los demás. Yo siempre he pensado que me sucederían a mí. Una curva tonta, un incendio absurdo, algo evitable que me lleve a un final de dos líneas olvidables. Alguien tiene que ser el protagonista de esas historias y nunca me extrañó que fuera yo.

Eso causó dos efectos principales en mi vida. El primero es que viajé poco por aquello de reducir las probabilidades de que mi marca de nacimiento en la frente (que mi abuela identificó sin duda como de muerte prematura porque el idiota de mi padre no quiso conceder un antojo a mi madre una noche de invierno y ventisca) se iluminara como señal previa de mi final. El segundo es que me enamorara aún menos. Nunca lo busqué y, quizá por eso, tuve oportunidades con mujeres sublimes y por fortuna completamente locas. Todas preguntaron qué era esa curiosa marca hendida en mi entrecejo, si me la había hecho de pensar mucho. Entonces yo les contaba la historia de mi abuela, mi padre, la ventisca y la muerte y, lejos de alejarlas —como creía que pasaría, ya que no comprendía cómo funcionaban las cosas ni tampoco cómo funcionaban ellas—, las acercaba aún más. Gatas curiosas rondando a hombre despistado.

Una dijo que quería quedarse a mi lado a ver si era verdad, yo le dije que no duraban mucho mis relaciones. Replicó que si la marca era real, probablemente yo duraría menos que la relación, así que no había problema.

Otra dijo que me la podía borrar. ¿Y para qué quiero eso? Le pregunté. ¿No quieres vivir para siempre? Yo voy a vivir para siempre, dijo ella. Yo soy inmortal. Le repliqué que eso no podía saberlo y me aclaró que bueno, que, de momento, estaba siendo así y no tenía razones para pensar que esa situación fuera a cambiar. Después me explicó que la manera de borrar el tatuaje que me hizo la muerte era como la de cualquier otro tatuaje, que en realidad no se puede porque son cosas bajo la piel, marcas de errores (el error de mi padre en este caso, según ella), pero al menos se pueden «arreglar», dijo entrecomillando con los dedos. Ella podía hacer otras hendiduras ahí, transformar la marca para que, en vez de deletrear muerte, fuera el signo de otras cosas. De hecho, podría transformarlo en el de vida eterna. «Mira», me dijo. Y se levantó de la silla y se bajó un poco el pantalón y las bragas, mostrándome una marca cuatro dedos por debajo del ombligo. «Puedo grabarte la misma que tengo yo y que vivamos juntos para siempre. Sangrarás un poco y ya está».

No me importaba sangrar un poco ni mucho, pero vivir juntos para siempre fue la única noción que me resultó más agotadora que morir demasiado pronto.

Hice lo mismo que con la que se quiso quedar a ver si la profecía sobre mi nariz era cierta y resultaba que los días de ventisca provocaban esas cosas: le dejé una nota. Le dije que no quería que la muerte la mirara también mal a ella por querer engañarla. Mejor no enfadar a quien escribe los finales. La marca de nacimiento de ella era demasiado bonita y no le hacía falta brillar.

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