La metáfora moribunda

La metáfora moribunda, o por qué es muy posible que te conviertas en un esnob de los libros

El otro día me preguntaron que qué había leído últimamente. Lo dije, me retrotraje a unos cuantos títulos y ninguno le sonaba a nadie. Quedé como un esnob porque ni Patrick Routhfuss, ni el puto Grey, ni Murakami siquiera.

Quizá, si estás leyendo esto y te identificas, también te consideren un poco esnob en esto de la lectura. Quizá lo seas y quizá por eso hagas bien, pues una cosa y la otra no son incompatibles.

Cuando uno lee, si lo hace bastante a menudo, tiende a tener una progresión habitual hacia este fenómeno, algo que mi profesor de literatura, Tomás, no entendió muy bien. A los dieciséis años que me pilló, quería que dejara de leer a Dan Simmons o Ray Bradbury y me espetaba con su voz de radio que a ver cuándo me ponía con el Ulises de Joyce. Aún no me he puesto con el Ulises, Tomás, no he madurado ni siquiera lo suficiente para meterme con Rayuela y no creo que lo haga porque me huele a chamusquina, aunque los cuentos de Cortázar me gustaron.

El caso es que es un hecho no demasiado extraño. El lector que ejerce a menudo, con el tiempo, va buscando libros «serios», «diferentes», a los «grandes», a los «maestros», desechando lo que se vende, lo que leía antes, pensando a veces que cómo era posible que incluso disfrutara con algunas cosas. Es decir, que nos vamos volviendo esos esnobs y mirando por encima del hombro al resto de los mortales que aún siguen construyendo la catedral de Los pilares de la tierra.

Pero no pasa nada, volverse un insoportable que lee nórdicos con la izquierda y echa pestes de Stieg Larsson con la derecha es normal.

George Orwell introdujo el concepto de «metáfora moribunda» como sólo un maestro de la escritura puede hacerlo. La metáfora moribunda es aquella expresión que, a base de usarse, pierde su fuerza, se desgasta como una moneda sobada y se convierte en el peor pecado de cualquier historia: un lugar común. Un cliché.

La lectura salva, cura y educa de mil formas, pero además de eso hace, literalmente, que vivamos lo que se lee. Más de dos veces se han hecho escáneres cerebrales durante la lectura y visto cómo se implican los sentidos, de una manera casi indistinguible, a cómo se activarían si lo que se lee estuviera sucediendo de verdad.

En especial, el poder de las metáforas, y de las construcciones literarias que intentan ir más allá de la mecanografía de los hechos para llegar un poco más hondo, activan esos centros sensoriales como árboles de Navidad. Cuando la narración es plana, o meramente descriptiva como si una máquina retratara lo que ocurre (es decir, el formato de muchos best-sellers) eso no ocurre. De hecho, en la mayoría se juntan ambos pecados, historia exprimida hasta el aburrimiento y estilo plano.

Y que somos seres que buscamos el gozo. De hecho, existe el llamado «efecto de adaptación hedonista» por el cual, una vez hemos experimentado un placer, raramente queremos volver atrás. Siempre queremos más: más fuerte, más hondo, más rápido, más lo que sea.

En la lectura, ese efecto de adaptación hedonista se da y he aquí que creo que Orwell tenía razón, en lo de la metáfora moribunda y en mucho más. Pronto, mucho de lo que se escribe, se lee y sale como novedad, se nos vuelve un lugar común, historias clonadas, frases que parecen fruta pasada, portadas iguales. Y más ahora, que cine y televisión han depredado buena parte de lo que se cuenta (y cómo se cuenta) en muchas novedades literarias.

Así que queremos más, queremos metáforas no gastadas, queremos una maestría en el lenguaje, una historia un poco distinta, por favor. Queremos el flujo y ritmo que sólo esos pocos buenos son capaces de darles a su escritura. Tarde o temprano leemos mucho y buscamos a los maestros nuevos y viejos. No lo haces por superioridad, ni por cultura, lo haces porque eres un sátiro que sólo persigue más placer.

Meridiano de sangre de Cormac McCarthy me pareció tan genial en su día que no he podido olvidarlo, Johnny cogió su fusil de Dalton Trumbo es otro de esos títulos viejos, minoritarios hoy, que tocó unas cuantas de mis teclas no hace tanto. Y así, cuando uno lee suficiente —y por puro hedonismo—, acaba buscando a los maestros. Acaba siendo ese esnob que suelta títulos ininteligibles cuando le preguntan qué está leyendo.

Orwell decía que la metáfora era de muerte lenta, para los que habían leído mucho moría antes, claro, pero vivía mientras la mayoría de la gente aún la experimentara como nueva. Creo que eso es extensible más allá de la metáfora en sí.

Así que, por una vez, la búsqueda innata y humana de más placer nos lleva a un buen sitio en vez de a un montón de problemas.

Al final no eres tú, es ella, la metáfora, la palabra, que muere y se gasta como el amor de la canción, de tanto usarla. Por eso, si lees mucho, es posible que te acabes convirtiendo en un esnob y mirando con la nariz levantada por encima de tu libro desconocido.

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