La muerte de Huxley

laura huxley

Hace unos días, interior, noche:

Leo que alguien de los que se supone que sabe lo que hace dice que al sistema de pensiones le quedan diez años. No le cambia el tono, los periodistas lo anotan y lo repiten y llega hasta mí y hasta todos.

Me asomo a la ventana, la noche está calmada y al edificio de enfrente le quedan pocos ojos por cerrar. Un chaval estudia a la luz de un flexo, un par de habitaciones se iluminan con el parpadeo de la televisión. Nadie en las calles, no hay incendios, las cabezas siguen sobre los hombros y los ladrones en el mismo sitio.

Me acuerdo de Huxley, de cómo yo mismo he cumplido su predicción. Estas cosas me pasan por mirar por la ventana, literal y figurado.

Desconecto y me voy a la cama.

Hace otros días, interior, noche:

Leo ahora que un tipo ha fingido sonarse la nariz con una bandera, creo que aún es la nuestra pero no lo sé, porque lo de asomarme por la ventana, literal y figurado, es algo cada vez más escaso.

Al parecer sí hay fuego ahora, al menos resplandece por un lado de la ciudad.

Me acuerdo de Huxley, en este caso de su muerte, de la carta de su mujer Laura a su hermano Julian, narrándole los últimos momentos.

Aldous Huxley atravesó la cortina entre los dos escenarios con una dosis de LSD encendiendo las luces de un cuerpo que se apagaba. Fue uno de los pioneros en explorar a fondo los enteógenos con los que solíamos hablar con los dioses.

Cómo no, las cartas han tenido que llegar hasta esta orilla de nuevo. La misiva de Laura es extensa, me quedo con esta parte:

«Más tarde hice la misma pregunta, pero la mano [de Aldous Huxley] ya no se movía. Ahora bien, desde las dos de la tarde hasta el momento en que murió, que fueron las cinco y veinte, hubo paz completa excepto por una vez. Debían ser las tres y media o las cuatro, cuando vi el comienzo de la lucha en su labio inferior. Comenzó a moverse como si fuera a ser una lucha por el aire. Le repetí con más fuerza aún: “Es fácil, y lo estás haciendo hermosa y voluntariamente y conscientemente, con plena conciencia, con plena conciencia, amor, vas hacia la luz”. Repetí estas o similares palabras durante las últimas tres o cuatro horas. De vez en cuando, mi propia emoción me superaba, pero si lo hacía, me levantaba inmediatamente de la cama durante dos o tres minutos, y volvía sólo cuando podía dejarla de lado. La sacudida del labio inferior duró sólo un poco, y pareció responder completamente a lo que estaba diciendo. “Fácil, fácil, y lo estás haciendo voluntariamente, consciente y hermosamente, yendo hacia adelante y hacia arriba, ligero y libre, hacia adelante y hacia arriba, hacia la luz, hacia la luz y hacia el amor completo”. Las sacudidas cesaron, la respiración se hizo cada vez más lenta, y no había absolutamente ningún indicio de contracción, de lucha… sólo que la respiración se hizo más lenta -y más lenta- y más lenta, y a las cinco y veinte, la respiración se detuvo».

Con el LSD en el cuerpo, guiado hacia la luz por la persona que más le quería, en un acto de amor incondicional y generosidad total.

Por fin, tras años de estúpida caza de brujas de los propensos a la antorcha de siempre, algunos enteógenos como el LSD están volviendo a ser investigados. Gracias a ellos y otros se atisba una esperanza para la gran lacra de hoy: las enfermedades mentales. Medicamentos efectivos de verdad, sin adicción ni efectos secundarios, esa es la promesa que nos hacen.

No es hablar con los dioses, es mucho mejor.

También pienso que diez años no son nada, que quizá Huxley marca el camino al único plan de pensiones posible para escritorzuelos con poco en la nevera.

Al fin y al cabo, siempre tuvo razón en todo.

En la imagen de arriba, Laura Huxley y Tim Leary.

Si quieres, te aviso por email cuando haya contenido nuevo.

Comparte si te ha gustado

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *