La necesidad de obsesionarse por la perfección si quieres escribir bien

obsesionarse

Escribir es una cuestión de equilibrio, como todo lo importante. Es caminar por una fina línea que a veces es demasiado borrosa.

Es por eso que los consejos de haz esto y no lo otro no sirven. Que no hay tablas de la ley porque, la verdad, suelen crear más problemas de los que resuelven y, en definitiva, no sirven de mucho.

Los que saben que no tienen que matar o robar no necesitan que se lo pongan en piedra, y a los que los van a hacer de todos modos, no les importa dicha piedra.

La cuestión con esto es que no hace mucho leía un artículo sobre cómo lo perfecto es enemigo de lo bueno, es algo que yo mismo he dicho más de una vez, pienso eso y es verdad, pero como casi todas las verdades, no es absoluta y sí muy matizable.

Como todo en la escritura, ese es un trazo muy fino y caminar por él es difícil, así que en muchas ocasiones lo cogemos y lo ponemos como ley, o lo ponemos como excusa para hacer un trabajo mediocre y decir:

«No pasa nada, lo perfecto es el enemigo de lo bueno».

Porque muchas veces ocurre eso, me pongo en el otro extremo de las cosas. No digo aquí nada que no crea, pero es cierto que a veces lo digo un poco más fuerte de lo normal, porque alguien tendrá que equilibrar el peso de los muchos que dicen lo contrario y de los otros que ya están escribiéndolo en sus tablillas de la ley.

Todo este rollo para decir que lo perfecto es enemigo de lo bueno y de lo hecho, pero que como no aspires a hacer algo perfecto y no tengas una mentalidad obsesiva con eso, no vas a escribir bien.

Steve Jobs, con todos los defectos que tenía y lo «vende motos» que era, haciendo pasar por innovador algo que no lo era, lo cierto es que ponía tal atención al detalle que, no es que rayara lo obsesivo, es que había plantado el campamento en medio de dicha obsesión por ser el mejor y que no apareciera una esquina sin pulir en todo lo que hacía.

Y aunque (a lo mejor) no es cuestión de convertirse en un capullo con este tema como eran la mayoría de los genios, sí es cierto que para escribir bien hace falta tener algo de esa obsesión por lo perfecto en la sangre.

Puede que la perfección sea la enemiga cuando estás escribiendo, pero cuando has terminado de hacerlo y tienes ese borrador de novela, o esa primera versión del relato, la perfección que has apartado para terminar debe ser la que tome las riendas.

Si no, vas a tener una novela acabada y será una novela mediocre, y si te vas a conformar con eso, ¿para qué molestarte en tomar la escritura como arte?

Bastante está por los suelos para que nosotros la atemos a nuestro caballo y le demos a la espuela.

Hay cosas destinadas al cajón y no pasa nada, el 90% de lo que escribas ha de permanecer encerrado con esos otros monstruos escondidos en el sótano, tal es la vida del que escribe.

Pero para ese otro 10% que quieres sacar de ahí, que pretendes que vayan a leer finalmente otros (o no, pero pretendes crear algo que merezca la pena) debes intentar hacerlo perfecto. Debes obsesionarte por encontrar le mot juste, la palabra adecuada, la pieza perfecta, las esquinas pulidas, la llave que abre la puerta de la emoción.

Tienes un diamante en bruto (o a lo mejor es sólo cristal de botella, quién sabe) pero no lo vas a saber como no cojas el cincel y te obsesiones con hacerlo perfecto.

Porque la perfección es la amiga de lo bueno y de lo hecho sólo en ciertas fases de la escritura .

Si uno no se va a obsesionar por hacer el mejor trabajo que pueda, por mirar mil veces y entrar en esa locura de revisiones y de ajustes, en la que no sabes muy bien cuándo parar porque la perfección no existe (pero joder, estás dispuesto a encontrarla o morir), no creo que uno vaya a escribir demasiado bien o, al menos, que se quede un metro más cerca de esa tierra prometida, que ya es algo.

La perfección sí es amiga de lo bueno, lo que pasa es que lo es en ciertas fases donde debemos montar ese caballo para cruzar el río que lleva desde un primer borrador hasta la otra orilla.

Así que sí, el buen escritor tiene que tener algo de obsesivo, probablemente algo de patológico también. La obsesión suele ser un rasgo común en los artistas que merecen la pena, que no pueden ni ver esa coma mal puesta, se despertarán entre gritos por la noche y les será imposible leer lo suyo una vez publicado, porque saben que ya no pueden cambiarlo y no es perfecto aunque lo intentaron.

Si no tenemos esos rasgos, algo de ellos al menos, deberíamos empezar a cultivarlos.

Excepto en lo de los gritos por la noche si eres mi vecina de al lado, que tengo el sueño ligero.

10 responses

  1. Me alegra ver que no soy el único que siente escalofríos cuando lee/oye lo de “mejor hecho que bueno”. Al menos yo siento escalofríos. Y no cualquier tipo de escalofríos: tienen que ser escalofríos perfectos.

  2. De intenciones como “mejor hecho que bueno” está Amazon lleno. Por desgracia.
    Un primer borrador debe ser basura. Y no publicarlo, claro. Pasado un tiempo hay que escarbar en él para encontrar un juguete casi nuevo, una sortija que ha pasado desapercibida, una bicicleta que sólo necesita aceite… Y otra vez al cuarto oscuro, para que aprenda. Cuando aúlle por las noches, entonces, y sólo entonces, se la saca a dar otro paseo para descubrir si tiene pedigrí o es una estafa.

    • Ese es el tema, ir a coger algo útil en espíritu en ciertas situaciones concretas y hacer de él el libro sagrado a interpretar al pie de la letra.
      Como eso nunca ha causado problemas…

  3. ¡Hola!
    Hace poco discutía con un amigo sobre mi obsesión de llamar basura a mis propios textos. Él decía que no tenía que ser duro conmigo mismo, pero yo estaba erre que erre con que siempre puedo mejorar y escribir otro texto más decente. No seré el mejor escritor del mundo, pero no me gustaría que me recordaran por lo malo que era “aquello que escribí”. En fin, estoy aprendiendo a obsesionarme XD

    Un saludo 😀

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