La noche era oscura y el suelo frío

Este es lugar de historias, a veces propias, a veces ajenas y poco conocidas. Siempre que he escuchado una que me ha fascinado, he corrido a contarla y estas páginas son, en parte, una extensión de eso.

En un viejo episodio de la serie “El ala Oeste de la Casa Blanca” se comenta de pasada la historia de “Blind Willie Johnson”.

Pero merece más que un apunte al margen y yo no me quité la manía de correr a contar.

El “Ciego Willie Johnson” fue un músico negro de blues que, hace 7 días, hubiera cumplido 127 años. Huérfano de madre, con cinco se construyó su primera guitarra usando una caja de cigarros. Su padre se casó con otra mujer, a la que pegó una noche por ir con otro hombre. Como venganza, su madrastra derramó sosa cáustica sobre los ojos de Willie y nació su apodo.

Tenía 7 años.

Willie Johnson vivió tocando, siempre en la pobreza, hasta que murió entre las ruinas de su casa quemada en Texas, sobre un colchón mojado, tapado con periódicos y temblando por la fiebre.

Lo enterraron en un lugar que nadie conoce exactamente y la vida hizo lo que la vida hace, seguir.

El 28 de septiembre de 2012 sucedió algo tan ignorado como la muerte de Willie Johnson. La sonda Voyager 1 cruzó la heliosfera del sistema solar y salió de él, haciendo que la humanidad, por primera vez, se adentrara en el espacio interestelar. Uno de nuestros mayores hitos como especie.

La Voyager tiene la misión más humana posible: llegar lo más lejos que pueda, aprender todo lo que pueda y luego morir como mejor pueda también, en algún momento entre 2025 y 2030, cuando vieja y sin energía, sea incapaz de seguir operando ningún instrumento y calle.

Aún así, seguirá viajando sola. En 300 años alcanzará la nube de Oort, 30.000 después saldrá de ella, en 40.000 años pasará cerca de la estrella Gliese 445. Su destino es vagar para siempre por la Vía Láctea.

O no.

Incluso sin vida la Voyager tiene una misión imposible más, la de correr a contar la historia de quienes somos en caso de que alguien la encuentre.

Para ello lleva un disco hecho de oro. Cuando lo examinen verán cómo comemos, pensamos, queremos y construimos. También escucharán a Beethoven y nunca sabrán cómo suena “Here comes the sun” de los Beatles, porque aunque ellos quisieron, la discográfica EMI se negó a que la canción fuera incluida.

Unas pistas más adelante empezarán a escuchar unos acordes imposiblemente desgarrados, “Dark was the night, cold was the ground”, creados por alguien que se quedó ciego a los siete años, murió en la miseria y llegará más lejos que nadie, alguien al que no admitieron en el hospital, no se sabe si por ser ciego o ser negro.

Quien nos encuentre sabrá que exploramos, reímos, amamos y, también, que nos ponemos tristes, porque en ocasiones la noche es oscura y el suelo frío. Y hasta con eso, algunos, son capaces de hacer algo mejor.

A veces, sólo a veces, por cosas como esta, merecemos perdurar un poco más en estos caminos tan extraños por los que pisamos.


P.D. Es imposible escuchar la canción y no acordarse de Ry Cooder y su obra maestra, la banda sonora que compuso para la película “París, Texas”, donde la inspiración en Willie Johnson es constante.

2 responses

  1. Sabrán que lloramos…
    Sabrán como lo hacemos.

    La música es la praxis de las emociones. Te arranca una sonrisa. Te deja desnudo de ayeres. Te empuja palabras afuera. Te despeina las costumbres. Te regala ocasos al mediodía. Te anega el alma muerta de aroma a café y salva los únicos minutos que merece la pena recordar.

    Poco importa más…
    Cómo éramos hace doscientos años; cómo somos hoy.

    Sabrán que lloramos…
    Sabrán cómo un acorde basta para abrir el torrente de lágrimas que guardas. Llorarlo. Derramarlo entero…empapado en música.

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