Relato: La Octava Familia

Mi estreno oficial dentro del género negro vino con este relato: “La Octava Familia” que apareció publicado en la Antología del relato negro I.

En él junté una familia mafiosa muy particular con la historia del incapaz Tristán y la guapa Irlanda.

Así que, señoras y señores, he aquí el cuento.

La Octava familia

Somos la Octava Familia y somos diferentes.

Las otras siete se dedican a los negocios habituales. Drogas, juego, prostitución, seguridad, construcción y contratas millonarias de todo tipo, en fin, todas esas cosas, y unas cuantas más, que resultan tan mediocres y deprimentes. Nosotros no, no hacemos nada, absolutamente nada excepto poner las mano cada mes y recibir el Diezmo.

Ese dinero, que es una enorme cantidad, no va a obras de Dios, si no a las mejores de los hombres. Los mejores coches, las mejores casas, las mujeres más hermosas y casi todo cuanto da placer en este mundo.

Durante muchos años las siete hermanas se han esforzado por aprender a exprimir un poco más sus tristes campos de acción, ver cómo sacar un céntimo adicional de la extorsión o de qué manera aumentar el margen en el blanqueo. Está bien querer superarse cada día, el problema es cuando esa devoción la enfocas en cosas tan insignificantes. Quiero decir, ¿te peleas y dedicas tu vida a materiales baratos para casas? ¿A apretar las tuercas con las drogas y sus penosos siervos?

Por favor.

La vida es muy breve para eso y te voy a decir algo, si alguien es descubierto con drogas en la Octava Familia ya sabe lo que le va a pasar, le va a pasar lo mismo que a quien quebranta cualquier palabra del Código. Le pasa la muerte.
Porque en la Octava Familia no nos hemos dedicado a otra cosa que a la muerte desde el primero de los días, lo cual hace que seamos los mejores en lo que hacemos. La práctica hace la perfección y cuando la dedicas a la más elevada de las artes, en vez de a traficar o cualquier otra ordinariez, es fácil ver que estás muchos niveles por encima de los demás.

Desde que se impuso el Diezmo ni siquiera tenemos que ejercer nuestro arte en la muerte para conseguir beneficio. Antes éramos la mano mercenaria de las otras familias, la que golpeaba para el mejor postor cuando era la hora de la sangre, de hecho el nuestro no es un padrino, sino un “Condottiero” que, haciendo honor a sus semejantes que antiguamente peleaban por la Italia sin unificar, con suficiente bolsa de monedas te cambiabas de bando hasta a media batalla. Tenernos en contra era como sufrir las siete plagas y esa inseguridad de no saber si el viento iba a cambiar de repente no gustaba nada al resto de familias.

Así que hubo tregua, muchas reuniones y finalmente se impuso el Diezmo. Ahora todas ellas nos pagan tributo a la vez, pero no por lo que sabemos hacer, sino para que no se nos ocurra hacerlo bajo ningún concepto.

Obviamente la mafia no se hizo rica pagando a otros, así que primero pensaron en ganar tiempo con eso del Diezmo, unirse todas y exterminarnos, pero ni estaban seguros de poder conseguirlo ni, sobre todo, iban a poder superar la tentación de lanzarse unas sobre otras en cuanto respondiéramos sangrando a alguna que se atreviera a tocarnos. Se detestan demasiado y no se han elevado por encima de sus instintos más bajos de clan, así que como son incapaces de dejar de odiarse y confiar no hay problema.

Miento, siempre hay algún problema, en este caso que, desde que se impuso esa situación, comenzamos a aburrirnos.

Mucho.

Cada día, llueva o truene, la Octava Familia siempre está entrenando, perfeccionando y afilando su hoja, la supervivencia depende de eso porque si engordamos caeremos. De hecho eso esperaban las demás, que tras unos meses de mucho dinero y poca acción nos volviéramos blandos y fofos. Se cansaron de esperar, y ahora ya ni se lo plantean, se dedican a lo suyo y cada trimestre le dan al César lo que es del César sin pensarlo mucho más. La conclusión es que en la Octava Familia la hoja está afilada siempre, pero también está envainada siempre.

El dinero está bien, pero no da la felicidad, esos momentos los tienes cuando estás tan inmerso en el arte que amas como para que el tiempo y el espacio desaparezcan alrededor con un resplandor de gloria. Más de dos jefes haríamos trabajos gratis para probarnos en algo que no fuera entrenamiento, pero somos unos anticuados con la manía de cumplir nuestra palabra, además de que en la Octava Familia romper una promesa se castiga con, efectivamente, el castigo único de la muerte. Confieso que he deseado en más de una ocasión que fuéramos menos leales al código.

El último “Condottiero” implantó los trabajos de purificación. Salimos a la calle y limpiamos lo más bajo y asqueroso de la sociedad. Es mejor que nada, pero es como haber nacido para rey y estar a cargo de la pocilga, no hay reto en mandar cazadores a por ratas.

¿Donde lleva todo esto? Lleva a que lo más reseñable de la Octava Familia que yo podía recordar en meses era Tristán, lo cual no es decir mucho.

Tristán no era como yo ni como la mayoría de los miembros, él era uno de los que llamamos “limpios” porque, aunque son parte de la Octava Familia, jamás se van a manchar de la sangre y otros fluidos con los que regamos nuestra salida de este mundo. Tristán se dedicaba a tareas de inteligencia, a jugar a “hacker” con su ordenador, sobre todo era especialista en los trabajos “zombi” y en darme apoyo logístico a mí y a un par más en el extraño caso de que saliera algún trabajo.

Más que su papel en la familia lo que aquí importa es que Tristán era pálido, dentón, con gafas enormes y espalda chepada, sin camiseta era un costillar blanco por arriba y una barriguilla fofa por abajo, esculpida metiendo mano en la bolsa de ganchitos sin apartar la vista de su portátil. Era un monumento tallado a la luz fría de su pantalla, siempre entre cuatro paredes.

Tenemos toda una división entera de Tristanes, porque sin ordenadores hoy, y los mejores con ellos para romper códigos, saltar barreras informáticas y obtener datos, es como ir a la batalla con lanzas cuando todo el mundo lleva rifles, así que como son necesarios esos tipos fichamos a la elite, la Octava Familia no concibe hacer las cosas de otra manera.

Esa elite desde luego no es guerrera ni podría vencer en una pelea a sus hermanas pequeñas, por lo que algunos los consideran inferiores, los ignoran y no se juntan con ellos más que lo necesario. Los más respetuosos los llamamos “helotas” en vez de “limpios” y los tratamos bien porque son compañeros y de la familia. Los espartanos llevaban a la batalla a sus esclavos “helotas”, que luchaban a su lado y morían si era necesario, pasando lanzas nuevas cuando las rompían los guerreros, lanzando piedras al enemigo por entre los escudos o empujando a la falange si era necesario para ganar las pulgadas imprescindibles en la victoria.

Tristán era un “helota” que vino y me dijo un día.

—Tengo un problema Marcos.

Pero no había problema, pensé enseguida, porque si estabas en la Octava Familia y mientras fueras leal ya podía venir el infierno entero cabalgando contra ti, que acabaría mordiendo el polvo y nosotros clavando el estandarte en el cadáver. ¿Apuestas fallidas? ¿Enemigos acérrimos? ¿Haber caído como víctima de algún idiota que no sabe con quien se mete? Sonreí pensando en un poco de actividad, soltar los músculos, desenvainar la espada.

—¿Qué problema tienes Tristán? —Pregunté condescendiente y con media sonrisa.

Él tardó segundos en responder, mirando al suelo y pensando si decirlo o no. Ojalá que hubiera sido no.

—Creo que me he enamorado Marcos. De una chica, y tengo que conseguirla como sea.

Se me cayó la media sonrisa al suelo y luego los pedazos de mi imaginación como un cristal roto, esto no tenía que ver con chantajes, tiroteos ni peleas a la luz de la luna.

—No como. —Continuó— No duermo nada, ni me puedo concentrar. Estoy desesperado Marcos, tengo treinta y seis años y no he estado nunca con una mujer, esto me está matando tío, no sabía si decírtelo, pero tú no eres como los demás, no nos miras como si fuéramos contagiosos, creo que tú me entiendes.
—Tristán —Balbuceé tapándome la cara con la mano.
—Se llama Irlanda —Me dijo con tono de crío pequeño.

Así que lo más destacado de la Octava Familia aquellos días era la historia de amor entre Tristán e Irlanda.

Nos estaban masacrando, de puro aburrimiento.

* * *

Tristán había conocido a la tal Irlanda por Internet (¿alguna duda sobre eso?), por alguna razón a ella también le gustaban las cosas con corazón de silicio y él la ayudó a arreglar un nosequé. Tras un poco más de charla tecleada ella le dijo “Te envío una foto mía”, cosa que Tristán intentó esquivar sabiendo que tendría que hacer lo propio, su resistencia duró dos segundos porque con la falta de costumbre no tenía poder para decir que no a una chica. Irlanda resultó fiel a lo mejor de la patria que le inspiró el nombre, su piel era blanca en el sentido de la seda suave, no de la palidez, no había una sola impureza en el rostro y tenía un pelo lacio que le caía como una oscura cascada brillante, escondiendo uno de sus ojos, el otro era verde frío susurrando “ven aquí”, la boca pequeña pero los labios rojos y vivos, los cuales destellaban un poco de habérselos humedecido, seguramente antes de la foto. “NO está retocada” añadió después de enviar la imagen, tras eso mandó una cara sonriente y luego el temido “Ahora tú”.

Tristán no tenía fotos, de hecho y con disgusto apartaba la vista rápido cuando su pantalla de ordenador se apagaba y le reflejaba el rostro en el cristal oscuro. Entre la espada y la pared se hizo varios retratos con la cámara de su portátil y eligió el que creyó más favorecido para enviar. Me lo mostró y mi pensamiento fue que por Dios no me enseñara el resto de intentos. La foto estaba descolorida, lo que aumentaba su palidez hasta parecer el retrato de un fantasma que casi se transparentaba. Sonreía, o parecía intentar una mueca similar, pero eso delataba un desfile torcido de dientes amarillos, su nariz era muy grande y sus ojos muy pequeños, se había quitado las gafas y Tristán parecía un topo muerto de sueño. La camiseta blanca dos tallas más grande, con publicidad de un supermercado, eran el epitafio idóneo para aquel descarrilamiento.

—¿Qué dijo ella cuando le mandaste… Esto?

La pregunta iba con genuina curiosidad y una mueca de temor. Tristán me extendió una transcripción impresa de la conversación, me señaló con el dedo diciendo mira aquí está. Ponía “Eres mono” y él había rodeado esas palabras de rojo igual que había subrayado y anotado al margen muchas otras frases de ella. Había analizado la conversación como a uno de sus programas, pensé entonces que él habría leído aquellas líneas cientos de veces y que seguramente se habría dormido abrazado a ellas.

—Marcos necesito tu ayuda tío, estoy muerto de miedo, pero mírala —La miré— ¿Es preciosa o qué? —Asentí levemente pensando que ni de broma podía ser una foto real y aquella una conversación real. Me sacó impresas varias imágenes y charlas más, en aquella época de Diezmos donde no había nada que hacer Tristán dedicaba todas sus horas a dejarse los ojos ante el programita de mensajería, esperando que Irlanda se conectara.
—Pero es que no entiendo por qué me cuentas esto, parece ir bien, ¿no? ¿Entonces?
—Es que Irlanda quiere que nos veamos. En el mundo real me refiero.
—Sí Tristán, es lo que suelen hacer las personas normales, verse y hablar en persona.
—Pero la cagaré tío, yo no he estado nunca en esa situación, tienes que ayudarme, siento que esta es mi última oportunidad.
—Vamos a ver Tristán. ¿No es más fácil acudir a una chica de nuestros Clubs y desahogarte? Muchos de los tuyos están todo el día enganchados como conejos y parecen contentos.

Oh sí, psicología de mafioso infalible. La imagen de ellos con ellas me hizo fruncir el ceño, pero la cuestión es que cuando dejé los papeles y miré a Tristán el me devolvía el gesto como si hubiera blasfemado en una iglesia llena.

—Marcos, no lo entiendes, esto no va de eso. —Hizo una pausa y la indignación le chorreaba por sus poros brillantes de grasa— Creo que estoy enamorado.
Me tapé la cara con la mano y negué, luego maldije.
—¿Y qué quieres que haga yo?
—No sé tío, decirme qué tengo que hacer por ejemplo. Yo no he salido nunca con ninguna mujer, mira pero si tengo las palmas empapadas sólo de hablarlo —las acercó demasiado a mi cara y yo me eché hacia atrás como una cobra— Tú tienes mucha más experiencia en esto.

Sí, yo soy todo un romántico, puedo llevarte al mejor restaurante, violinista y flores incluidas, además de eso puedo matar de treinta maneras con lo que haya en la mesa y sin contar los cubiertos.

—Te voy a contar algo Tristán. Yo tenía un buen amigo en la Familia, ese fue mi primer error, amistad. Un día, por amor —entrecomillé con los dedos— él la pifió, su chica se metió justo en medio de un trabajo importante y este amigo tuvo que matar a su compañero, que previamente había matado a su chica porque no puede nunca haber testigos. Ese amor —de nuevo el gesto de comillas— le nubló por completo. Como amigo y por escarmiento me mandaron a mí para restaurar el equilibrio y el tío había bajado completamente las defensas, ni siquiera se había dignado a huir o cambiar de casa. Rondaba por el cementerio donde estaba ella, llevaba un libro extraño bajo el brazo todo el tiempo, como un cencerro, en serio. Lo suprimí y lo que más me fastidió es que fue extremadamente fácil, que tomé todas las precauciones del mundo y no fueron necesarias. Fue una lección de cómo esas cosas pueden ser la perdición en la vida que elegimos porque los años de dedicación a la Familia se fueron en un instante loco y por una tontería, desde entonces las reglas aquí son más estrictas respecto a eso, así que, créeme, no quieres seguir con esto.

Tristán no me había escuchado un solo segundo, simplemente miraba a Irlanda y por dentro parecía suspirar todo el rato.

—Marcos, si me ayudas te lo deberé, algún día compensaré el favor.

¿Tú?

* * *

Minutos después de un par de llamadas atravesé el umbral del Víbora y la música del local más de moda estalló en mis oídos. Cientos de focos cruzaban la penumbra con distintos colores y todo el mundo reía y bailaba a mi alrededor. A reventar como siempre y si quieres las mejores chicas de la ciudad debes arriesgar la mano metiéndola en ese nido de serpientes. Fui directo hacia mi objetivo que estaba apoyado de espaldas en la barra: gafas de sol enormes y cadenas que brillaban en el pecho depilado que mostraba por su camisa abierta. Como un gallo de corral se peinaba el pelo con una pequeña cresta, cuyas puntas había tintado de violeta. Notó que me acercaba y tomó pose de macho alfa, creo que intentó intimidarme o algo así, por si mi intención era arrebatarle las niñas con las que tonteaba. Yo puse mirada de problemas y las dos chicas que lo escoltaban se hicieron humo. Miré la foto, confirmé el rostro y le dije que viniera conmigo. Él respondió que me jodiera e intentó darme la espalda. Lo detuve poniendo una mano en el hombro y ojos condescendientes, entrenando bien esa expresión consigues que cualquiera te siga como un cachorro, algunos dicen que realmente es por la pistola de la otra mano que presionas en las costillas, pero yo sé que todo está en los ojos.

* * *

—¿Quién es este tío? —Me preguntó Tristán levantando la vista de su ordenador, lo tenía amurallado de papeles de hamburguesa y vasos vacíos de refresco. Le había salido un pequeño herpes cerca del labio y había reparado algún accidente de sus gafas con cinta aislante blanca, cada minuto la cosa era mejor.

A la plena luz de la habitación “este tío” era un monumento a la vanidad, al entrar había inundado el aire con su fragancia, en casi todos los dedos montaba un anillo y en las muñecas varias pulseras, su chaqueta estaba pintada a mano por un lateral como si fuera con un tatuaje de llamas negras. Se quitó las gafas, observó a Tristán y luego me miró con los brazos extendidos hacia él.

—Tío, no puedo hacer milagros, esto es imposible, no puedo hacer que esa chica se enamore del tipo este, con perdón hombre, no es nada personal —cambió el tono a conciliador mientras dijo eso mirando a Tristán— Me sería más fácil convertir el agua en vino. —Se quejó de nuevo hacia mí.
—Puedes y lo harás. —Repliqué con calma— Por tu bien lo harás.
Fin de la discusión con “este tío”, que tras resoplar y pensar un poco se dirigió a Tristán.
—¿Te gusta esa chica hermano?
—Me llamo Tristán. —Dijo mi escudero.
—Lo que sea, ¿te gusta esa chica? ¿Crees que es especial?
—Mucho.

El tipo imitó un sonido de sirena y dijo que error, error grave. Creer que una persona era especial en ese sentido, especialmente una persona que ni conoces, no era más que un síntoma decía él, uno de la enfermedad llamada “no has conocido a suficiente gente y apenas has estado con tías”. Cuando piensas como tú lo haces ahora, prosiguió, el que habla es tu miedo de no poder conseguir nunca a nadie más el resto de tu vida, y ese temor se aferra contando mentiras como la de que esa chica es realmente especial y por eso merece hacer un esfuerzo también especial. En realidad quien habla es el miedo a morirse sólo.

Soltó la parrafada como si la tuviera ensayada en un escenario y una parte de mí comenzó a sentir miedo, pero no a morir solo, sino por pensar que algo de sentido tenía.
La cita con Irlanda era para comer al día siguiente, de modo que pasaron la noche perfilando detalles y ensayando de manera frustrada, el tipo se movía como un pavo por la habitación y cuando llegaba el turno de Tristán parecía un pingüino en problemas. Buscaron en el ropero y todo eran pantalones caídos y camisetas muy grandes, con nombres de videojuegos o chistes para un cociente por encima de ciento cuarenta. Vigilé en silencio el proceso y la mañana siguiente, que nos sorprendió todavía intentando convertir a Tristán en un Don Juan, fuimos de compras, me gustaría borrar esta última frase y mataré a quien la divulgue, pero mi presencia era necesaria para que el tipo no saliera corriendo. Tristán salió de la novena tienda disfrazado de otro pero sin dejar de ser él, parecía un experimento que había salido mal a medio camino y el exceso de cafeína para pasar la noche no beneficiaban su sudor ni sus nervios.

—Bien, queda una hora. —Dijo el tipo de los colgantes ojeroso y cansado— Recuerda todo lo que te he dicho y no caigas en esa mierda de ser tú mismo, ¿de acuerdo? Ok, escúchame atentamente, esto es lo más importante que puedes aprender sobre las mujeres.

El tipo echó una última arenga que, de nuevo entre las mil sandeces que le había oído, pareció tener todo el sentido del mundo. Yo mismo me encontré asintiendo sin querer en la parte en la que explicaba qué es lo que realmente quieren y por qué sin embargo dicen otras cosas, o por qué te pueden tener esperando meses como novio para acostarse contigo y un día salir e irse a hacerlo con dos desconocidos a la vez. Me quedé impresionado, pero así eran los días del Diezmo donde la emoción de la caza no existía.

—¿Lo has entendido? —Finalizó el tipo cogiéndole por los hombros y acercándose a centímetros— ¿Los has entendido sí o no?

Tristán le miró con ojos abiertos y vacíos, todo lo dicho le había atravesado como un discurso en otro idioma, a kilómetros se veía que las enseñanzas se habían hecho un aborto amorfo en la cabeza de Tristán, especialmente a partir del momento en que prohibió tomar apuntes en el ordenador. Finalmente Tristán asintió dudoso y dejó escapar un sí avergonzado— Está bien, ve ahí y haz todo lo que puedas, mientras sea así nadie podrá decir que has fracasado.

Tristán, sus nuevos vaqueros y su nueva camisa ya no tan limpia por el sudor cruzaron la calle. El tipo se derrumbó a mi lado como un muñeco de trapo.

—Fracaso total. Joder tío, va a fracasar miserablemente y yo estaré muerto.
—Probablemente —le contesté tranquilo— Probablemente.

* * *

Algunas horas después conducía de vuelta al Víbora.

—Muy bien ¿dónde está mi recompensa?
—¿Cómo dices? —Pregunté al tipo girándome lentamente, apartando la mirada de la carretera para clavarla en sus ojos tras las enormes gafas de sol.
—Vale, no hay recompensa, entendido, no pasa nada —Replicó él— ha sido un placer ayudar a tu amigo. En serio un placer, me caía bien. Igual que tú.—Se cruzó de brazos y observó fijamente la carretera mientras yo seguía conduciendo y con mis ojos en él como garras. El bigote empezó a brillarle de sudor y una gota le resbaló sien abajo. —Aunque no me negarás que haber conseguido que la cita saliera bien ha sido épico, quiero decir, se van a seguir viendo ¿no? Esto es un éxito sin precedentes.
—Tienes razón —Repuse tras un segundo— Mereces una recompensa.

* * *

Treinta minutos después nos habíamos desviado a las afueras. El coche descansaba en una cuneta y él imploraba de rodillas en una arboleda cercana. Le estaba apuntando con mi arma y realizando todo el ritual de quien va sentir en la nuca la espada de la Octava Familia. Porque nosotros no ejecutamos así como así pero esa es otra historia, la que cuenta ahora es la que le tenía a él humillado con la cabeza tocando el suelo y las manos juntas como si rezara.

—Por favor, por favor —sollozaba— No me mates, haré lo que sea pero déjame ir.

Elevó el rostro y lo tenía desencajado por el lloro, la boca abierta y babeante, los ojos apretados manando lágrimas, la voz apenas le salía entre arranque y arranque de llanto.

No me mates volvió a suplicar y yo como respuesta le pegué el cañón helado del arma en su frente arrugada y sudorosa. No me mates por favor, me pareció que repetía, y yo eché hacia atrás el percutor con un siniestro clic que hizo eco en el silencio entre los árboles.

Disparé sin pestañear, como manda el credo de la Octava Familia, porque quien pestañea durante el disparo no es digno de ser uno de nuestros “soldatos”. Pájaros se espantaron de las copas de los árboles, el trueno del tiro reverberó hasta apagarse en lo profundo de aquel bosque y yo guardé la pistola tras observar por un segundo el cañón humeando.

—Esta es tu recompensa, espero que la hayas sabido apreciar, porque no tienes ni idea del honor con el que has sido premiado.

* * *

El tipo temblaba de miedo sobre el suelo de hojas secas, a cinco centímetros de su cabeza, que se protegía inútilmente con las dos manos, estaba el agujero de mi disparo.

—Cuando me veas desaparecer cava con las manos, recoge la bala y llévala siempre contigo. Tu recompensa es que hoy vives, así que haz con eso lo mejor que sepas. Por cierto, no hace falta que la lleves a la policía, es inútil, además de que me enteraría y me cabrearía mucho.

* * *

Volvía a la ciudad cuando sonó el móvil, el que la Octava Familia no conoce. Contesté, escuché, dije que lo entendía y tras arrojar el teléfono al asiento de al lado aceleré disparando al cielo la aguja del indicador de velocidad.

Llegué de nuevo al corazón de la ciudad y me adentré en sus venas más viejas y olvidadas, en el cruce de cuatro de sus calles más estrechas se elevaba (es un decir) la pequeña ermita de San Dimas, que apenas visitan cuatro ancianas en domingo pero siempre está abierta para unos cuantos donantes anónimos y generosos. Mi mundo es de equilibrio y cuando se trata de restaurarlo, saldar deudas y compensar a quien debes algo, incluso los lazos de las Familias se diluyen. Una vez perdoné a un joven recluta del clan Dampier, el clan de los azules como llamamos a esa Familia, en realidad no tenía que matarlo aquel día, pero con ese perdón falso generé una deuda que en ese momento me estaba pagando con los susurros que intercambiamos en aquel banco de madera, bajo los ojos del patrón de los criminales.

—No sé mucho más, solo soy un “soldato” que por casualidad oí un par de cosas.
Tranquilo, ya me ocupo yo y estamos en paz, dije antes de salir de la iglesia teléfono en mano, empezando a mover hilos para tirar del recién descubierto. Tristán e Irlanda eran ya historia, las tonterías del amor quedaban atrás y al fin olía a caza en el aire.

* * *

Horacio Dampier es un anciano, no realmente en edad pero si lo ves su espalda parece cargar un peso de cien años, su pelo se volvió canoso de la noche a la mañana y profundas arrugas enmarcan sus ojos, principalmente de tanto llorar. A Horacio lo convertimos en “zombi” por intentar levantar la mano contra uno de los nuestros. Fue el último trabajo antes de la imposición del Diezmo y para no ser experto en los trabajos “zombi” me salió una obra de tiralíneas. En ella acabas convirtiendo a alguien en un “muerto en vida” a base de ir eliminando, poco a poco, todo lo que le importa en este mundo hasta dejarlo completamente solo e intacto. Primero un hijo, luego la hija, cuando cree que el siguiente objetivo puede ser él o su mujer entonces resulta ser la más joven de sus nietas. Extirpas su descendencia y su apellido, cada uno acabando de una forma distinta, eso va acumulando de manera insoportable un goteo de incertidumbre y sufrimiento por lo que pueda ser lo siguiente que ocurrirá. Es como retorcer un cuchillo clavado. Al objetivo no lo tocamos y ahí radica la forma máxima de tortura, porque eres el responsable impotente, mientras el castigo se lo lleva lo que más te importa y no tiene culpa. El resultado es un Horacio Dampier, es decir, acabar vagando como un muerto en vida y con una culpa tan insoportable que acaba con toda la alegría, la esperanza y las lágrimas que te quedaban para los años venideros. Cuando eres un católico de misa como Dampier que cree que el suicidio es pecado entonces has conseguido la cuadratura del círculo y el “zombi” es una cáscara vacía que flota por sus días como un fantasma. Dampier también es uno de los “duques”, que se sienta en el consejo de su familia y al que nadie, por respeto y más después de lo ocurrido, se atreve a relevar de allí. Según nuestros informadores nunca dice nada, siempre mira al vacío y una y otra vez rememora el hechizo que lo convirtió en un muerto en vida. Alguna vez asiente distraído y vota con la mayoría. Pero lo más importante es que Dampier, aunque no dice nada, oye todo lo que ocurre.

Horacio estaba sentado en un banco del jardín de su mansión, mirando al pequeño lago artificial y esperando que anocheciera para arrastrarse a la cama en silencio. Sus ojos no tenían chispa alguna, su cuello estaba un poco inclinado hacia adelante y cuando me senté a su lado no hizo sensación y no me dio la impresión de que pestañeara en el par de minutos que pasamos juntos en silencio. Los aproveché para fumar un cigarrillo.

—Horacio —saludé— Deberías despedir a tu guardaespaldas cuando despierte. La seguridad de este sitio es patética, ¿sólo un tipo? ¿sin cámaras, perros ni nada?

Se tomó al menos otro minuto en responder.

—Sabes que es adrede —dijo con un hilillo de voz salida de muy hondo— que tengo la esperanza de que alguien lo aproveche para quitarme de en medio de una vez.
—Horacio por favor, ¿esperanza tú? Creo recordar que murió hace año y medio.

La furia y la emoción de Dampier eran legendarias (Horacio Dampier, alias el “pitbull”, alias “el carnicero”, alias “el verdugo” entre muchos otros sobrenombres) pero desde entonces se habían marchitado, el pobre diablo no movió un rasgo del rostro y así se quedó otro minuto al menos antes de volver a farfullar algo.

—Mátame por favor.
—Por favor, no seas melodramático, mejor será que hable yo si esto tiene que ir a algún lado. Necesito que me digas qué estáis preparando y no juguemos a negarlo porque sólo perderemos tiempo. Sé que tramáis algo, pero necesito saber qué es concretamente.
—¿Y me matarás a cambio de que te lo diga?
Resoplé por pesado y me permití tiempo para estar en silencio antes de responder.
—No. Pero puedo hacer algo mejor que eso porque necesito asegurarme de que me digas la verdad.
—¿Qué puedes hacer?
—Puedo devolverte la vida, Dampier.

Por primera vez me miró directamente y yo observaba el paisaje fingiendo indiferencia, había creado un bonito jardín y hasta un pequeño puente de piedra que se elevaba sobre el agua ante nosotros.

—Dime la verdad —proseguí— y el pequeño Jacobo Dampier correteará otra vez por este jardín con su abuelo. Tu nieto sigue vivo Horacio y tu apellido también. Pero necesito toda la información con detalles, cualquier otra cosa significará el adiós al pobre Jacobo y que vuelvas a morir en vida, ¿podrás soportarlo otra vez ahora que ha resucitado tu esperanza?

Culminé mi frase con una sonrisa amplia y dejé caer en su regazo una prueba de vida, el pequeño Jacobo en una foto hecha con la Polaroid guardada para las ocasiones. Estaba en el suelo jugando con un coche y al lado el periódico de hoy perfectamente distinguible en su portada.

La verdad fue mía minutos después, una que me podía encumbrar a sucesor de las llaves por salvar a la Octava Familia de su destrucción.

* * *

Hablé con el “Condottiero” que me dio luz verde y movilizó en minutos a todo un grupo con instrucciones. Nada más colgar la tercera llamada y con los planes claros fui a ver a mi chico Tristán, que estaba con una sonrisa perenne y acababa de terminar de hablar con su recién conquistada niña.

—Hey estás radiante Romeo. —Saludé genuinamente alegre.
—Estoy en el cielo tío, más feliz de lo que puedo recordar nunca. Lo de Irlanda va genial, mira —se sube la manga y saca músculo, no sale nada del brazo blancuzco— he estado haciendo un poco de pesas, voy a cuidarme a tope, quiero estar bien para ella y no cagarla. Por cierto, te lo he dicho cien veces, pero gracias Marcos, gracias, gracias, gracias.
—Vale, vale, pero ahora necesito tu magia con ese trasto, esto es vital ¿de acuerdo? Estamos en medio de una operación, no es un simulacro y necesito que te concentres, ¿lo vas a poder hacer o esa chica ocupa toda tu mente privilegiada?

Le di un manotazo suave en la frente, él rió y se sentó en su silla giratoria, había limpiado la montaña de basura que normalmente le rodeaba, incluso su portátil modificado y rodeado de otros cacharros de ciencia ficción estaba sin su dedo de polvo, esa niña le estaba cambiando de veras. Encendió su pantalla y el par de monitores auxiliares a izquierda y derecha, sacudió las manos calentando sus dedos y estaba presto.

—Oye por cierto, ¿de qué color tiene los ojos Irlanda? —Pregunté.

Tristán se echó hacia atrás en el sillón suspirando y elevó la vista al cielo para recordar mejor.

—Son del verde más precioso que puedas imaginar.
—Genial.

Disparé una vez en la nuca de Tristán y la bala le atravesó reventando cuello y cara hasta clavarse en la pantalla del ordenador, que murió en el mismo instante que su dueño. Cayó como un muñeco sobre su mesa y yo me acerqué un poco para descerrajarle otro disparo a bocajarro aunque el primero le había cortado limpiamente los hilos con la vida. No fue crueldad el segundo disparo, fue respeto, lo maté de la mejor y más honorable forma que pude.

Lo hice limpiamente, sin que sufriera ni lo esperara, cosa que normalmente está prohibida en la familia porque si alguien merece morir probablemente merece también sufrir en los minutos finales. No sólo Tristán no sufrió, sino que siendo Irlanda lo último en su mente pasó del mejor posible de los pensamientos a la calma de la muerte, no hay mejor transición al otro lado. Normalmente damos un responso a las víctimas antes de la ejecución, informándoles de sus pecados o de lo que vamos a hacer sufrir a sus familias, tenemos que hacerles pensar lo peor, y que su mente anticipe la angustia de la muerte y la tortura, el objetivo es que sus últimos instantes pisando bajo las estrellas sean los peores de su vida.

En el caso de Tristán me aseguré de todo lo contrario.

Luego, y repito que sólo por enorme respeto, le disparé una segunda vez aunque fuera innecesario. Igual que no solemos ejecutar rápido y sin sufrimiento, tampoco gastamos más de una bala, no nos hace falta y sobre todo nadie la merece. Sólo en el caso de las presas más formidables es necesario más de un proyectil para abatirlas, a mi manera le mostré a Tristán el mayor respeto, considerándolo digno de tener que emplear más de una bala.

En al menos doce pisos francos como el que yo pisaba estaba ocurriendo lo mismo, hubo una necesaria limpieza de “Tristanes” porque la familia Dampier los estaba corrompiendo, para ponerlos en nuestra contra y extraer información y apoyo. No era con dinero, amenazas ni promesas de grandeza, con eso no caerían porque aunque no fueran “soldatos” sí habían mostrado suficiente lealtad y fortaleza como para estar en la Octava Familia.

El soborno eran las chicas como Irlanda, que nos les daban sexo ni actuaban como prostitutas, sino que fingían amor, encerraban la promesa de cariño y de importarles aquellos tipos, y ante eso cayó todo ese grupo de doce como si sus pies fueran de arena.
Los habían seleccionado especialmente y atacaron el eslabón más débil de la Familia con el martillo más duro posible, una sonrisa de afecto. Debo confesar, mientras miraba fotos de Irlanda, que podía derretir a cualquiera, cuanto ni más a un pobre diablo necesitado.

Me guardé el arma, me fui para que el equipo de limpieza hiciera su trabajo y salvé a la Octava Familia.

Larga vida al nuevo sucesor del “Condottiero”.

* * *

Epílogo.

Efectivamente mi éxito me catapultó a número dos de la familia, desde entonces me siento en mi trono, este banco de parque desvencijado y pintarrajeado. Llevo sin ducharme algo así como un mes y vivo de lo que rasco de los contenedores, lo que cae en mi gorra y lo que racaneo en la beneficencia.

El nombre en clave fue “Directiva Romero”, creo que hace referencia a un juego de palabras que sólo ellos, nuestros queridos “hackers” de gafas gruesas, entendían.

Doce de ellos fueron ajusticiados aquella tarde en la que yo me encargué de Tristán y los demás se rebelaron vengando a sus compañeros caídos, desenvainando sus armas con teclado en vez de gatillo.

Convirtieron a toda la Octava Familia en “zombis” aquella misma tarde, en cuanto se extendió la noticia de la limpieza en sus comunicaciones encriptadas. Sólo hicieron falta un par de minutos para desatar el plan que tenían previsto desde hacía mucho si llegaba el caso en el que se nos ocurría tocarlos. Éramos más grandes, más fuertes y más rápidos, podíamos hacerles mucho daño apenas chasqueando los dedos, y eso causa miedo y el miedo causa rebaños y ese rebaño pensaba bien y sus máquinas eran mejor arma que nuestras pistolas, así que no tardaron en tejerse una red por si acaso.

Correos electrónicos con información de cada “soldato”, identidades reveladas y localizaciones de bases, pisos y vehículos comenzaron a llegar a las Siete Familias, la policía y los periódicos. El velo oscuro que nos ocultó de manera centenaria quedó levantado con el apretar de una tecla. Nuestros propios “hackers” convirtieron en “zombis” ambulantes arrebatándonos todo lo que pudieron aunque no hirieran a nadie: nuestras cuentas seguras quedaron vacías, nuestras tarjetas de crédito se convirtieron en plástico inservible y nuestras identidades, las verdaderas y las falsas, quedaron inútiles, no éramos nadie ni teníamos nada. En minutos fuimos expuestos a la luz del día y rodeados por todas partes. Las otras Familias cayeron como halcones y en menos de una semana nos exterminaron, nos extirparon metódicamente como a un cáncer y no echaron sal a nuestras tierras porque no hacía falta, ya que no iba a quedar nadie para cultivarlas. Lo sabían todo y era como aplastar cucarachas que no podían esconderse. Los “limpios” pusieron al “Condottiero” en el punto de mira de la justicia en vez de darlo a las familias, acabaría para siempre en la jungla de la cárcel, apartado en alguna celda de confinamiento especial de por vida. Le condenaron a la soledad total el resto de sus días.

Yo sobrevivo aunque no debiera, porque fui al único que nuestro ejército de Tristanes perdonó la vida. No se expuso mi identidad, ni se dio dato alguno sobre mí, pero eso fue lo único que pude conservar, la vida. Todo el dinero, posesiones y demás se disipó como humo en un segundo. Enviaron un último correo a mi móvil antes de que este también quedara mudo para siempre.

“Tristán pidió que, si llegaba este punto, no se te hiciera ningún daño. Así de agradecido estaba por lo que hiciste por él con el tema de Irlanda y así se ha hecho, pero no esperes que cumplamos más que lo mínimo que pidió. Se te ha dado la vida, aprovéchala… si puedes, porque te seguimos vigilando y aunque no recibirás daño alguno, nos ocuparemos de que tampoco recibas nada más”.

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