La ortografía, la gramática y el arte de la escritura

ortografía, gramática y el arte de la escritura

En los últimos días han cruzado por delante de mí una serie de artículos sobre “cómo escribir bien”. Uno venía a colación por un libro reciente, que trata de las normas, tanto gramaticales como ortográficas, a la hora de escribir. Otro hacía referencia a un servicio online de corrección de textos en inglés, que se supone que corrige fallos gramaticales y erratas. El último era otro libro, no tan reciente, del que me mandaron un extracto y que también tiene, como difuso objetivo, “enseñar a escribir”.

Creo que hay que tener en cuenta que esos libros o servicios nunca van a enseñar a escribir “bien” a un futuro novelista, poeta o lo que sea. Si son buenos, le van a enseñar a escribir correctamente, que es muy importante, pero distinto.

Escribir como los grandes o saber contar una historia es algo mucho más complejo, de la misma manera que saber cómo mover las piezas no significa saber jugar al ajedrez. Escribir correctamente es un requisito indispensable y es lo primero sobre lo que se ha de conseguir maestría. Al fin y al cabo, antes de romper las reglas, es imprescindible dominarlas. Cuando uno empieza, y si atendió en clases de lengua, escribe como le enseñaron y todo lo que hace al principio se parece un poco a esos dictados del colegio (no sé si los dictados se hacen todavía, me da a mí que no mucho al ver el lamentable estado de algunas gramáticas y ortografías hoy en día). Dichos dictados eran impecables desde un punto de vista formal y ninguno de esos libros de los que hablo aquí podrían poner una pega. Pero eran cosas sin alma, exentas de filo, que avanzaban pesados y sin prender emociones en nadie. Tampoco era su función.

Si uno lee a los grandes, nota cosas en ellos que no puede señalar bien con el dedo, usan las mismas palabras y reglas que el resto, y sin embargo, es otro nivel. Todo discurre fluido y sin pensar, generando las sensaciones que desean cuando lo desean, cosa que muchos otros textos no consiguen. ¿Cómo es eso? Porque usan las palabras para trabajar con lo importante, con lo intangible, las usan para crear arte.

Y he aquí todo este rollo para ir a lo que realmente quería decir. Esos dos artículos y ese servicio del que hablaba lanzaban ciertas pullas, más o menos soterradas, a grandes escritores. Insinuando por lo bajo que muchos de ellos “no escribían bien”, entendiendo “bien” por ceñirse a las reglas gramaticales hasta la última coma. Y al menos dos de ellos ponían a Hemingway como ejemplo de escritor que no era impecable e incluso cometía “errores” al escribir. Ahora, lo decían así como con la boca pequeña y concluyendo, magnánimos, que a pesar de eso, mira qué éxito tuvieron y son unos grandes.

Cualquiera que haya leído más de un par de entradas de esta web sabrá que su primer mandamiento es: “no tomarás el nombre de Hemingway en vano”, eso y que es una pena que él ya no esté aquí para calzarse los guantes de boxeo (que lo haría). En el artículo que hacía promoción del servicio online de corrección mostraban, incluso, varios textos de grandes escritores con las “correcciones” necesarias para que estuviera “bien”. Así, con un par. En el caso de Hemingway ponían un texto de París era una fiesta, quizá uno de los libros mejor escritos y más líricos que uno tenga la oportunidad de leer. Y las correcciones que hacían convertían al texto en un monstruo sin vida, en un párrafo más, en una mierda, en definitiva. Habían matado la esencia al puntuar, quitar o cambiar a su criterio lo que, supuestamente, estaba “mal”.

¿Por qué pasaba eso? Porque, además de que las correcciones no añadían valor gramatical (eran una mera excusa para publicitar su servicio) demostraban que no entendían las cualidades subyacentes de un buen texto, ni los intangibles que separan al escritor del mecanógrafo. Por poner un ejemplo: una de las cosas que obviamente no entendían, ya que lo destruían con las correcciones de un modo horrible, era el ritmo.

El ritmo es una cualidad fundamental de la buena escritura. El ritmo forma parte de la lectura de un libro. Aunque no lo parezca, influye en la experiencia del libro. Una buena historia utiliza ese elemento crucial para generar emoción. Quien no entiende el ritmo puede matar una buena historia. Empleando uno inadecuado conseguiré aburrir hasta matar a cualquier lector. Un ejemplo de ritmo monótono es éste que estoy empleando.

En el párrafo anterior he empleado siempre oraciones de diez palabras. Es una manera muy burda de crear siempre el mismo ritmo, pero un ejemplo de cómo la buena escritura precisa esa cualidad que ninguna regla gramatical enseña. Y lo precisa porque el objetivo es crear emociones. Si yo hubiera escrito todo el artículo con frases de diez palabras, podría haber sido gramaticalmente perfecto y completamente insufrible. La extensión y la alternancia de la longitud en las frases no es la única forma de manipular los ritmos. Poner comas o quitarlas, estirar la gramática al límite para hacer nuevas formas y con esas formas hacer arte y con el arte generar emociones. Eso hace un maestro. Eso forma parte de eso tan inabarcable que es “escribir bien”. Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy es un ejemplo de uso magistral del ritmo para crear estados que rozan el trance.

Sólo la enorme práctica, como en todo arte, permite notar, trabajar y manipular los intangibles que generan la emoción y van más allá de juntar palabras. El ritmo es sólo uno de esos intangibles y Hemingway lo usaba como nadie. Frases cortas a martillazos para ciertos momentos de la acción, frases con polisíndeton para acelerar, y también quitar comas, sí, adrede y de donde algunas reglas dicen que hay que colocarlas si se ponen estrictas y encogen la nariz. Por desgracia, las críticas que suelo ver hacia Hemingway y su estilo muestran que:

  1. No lo han leído.
  2. No conocen el contexto que rodea a eso que “critican”.
  3. No diferencian mecanografiar de escribir, o la diferencia de reglas entre los lenguajes inglés-español y qué es la “coma de Oxford“.

Me da a mí que uno de los libros a los que me refiero oyó en algún lado que Hemingway no era gramaticalmente correcto y lo repitió sin más, sin preocuparse de averiguar de dónde venía eso. Hoy día, extender sin comprobar (ya no digo siquiera comprender) es algo muy habitual.

Yo entiendo que, para quien tiene un martillo en la mano, todo son clavos. Los políticos creen que todo tiene una solución política, un economista pensará que todo se arregla con equilibrios y un psicólogo con terapia. Yo entiendo que para quien es celoso con la gramática, ella sea la solución a toda mala escritura. Pero no lo es, como no lo es la terapia o la política. La buena escritura va más allá de lo correcto, a veces el arte está en lo sucio, en lo feo, en lo mal puesto o en lo que es mucho más bello cuando no sigue las reglas, reglas que conoce a la perfección.

La gramática es la estructura sobre la que levantar la escritura, es necesaria y es imperdonable no conocer sus fundamentos, pero ningún palacio memorable es sólo estructura. Supeditar el arte a la gramática perfecta generaría una distopía obtusa y exenta de vida.

5 responses

  1. No sé si te lo he dicho las veces necesarias, pero te admiro, de veras. Con esa admiración propia de quien sufre porque comprende que tú eres demasiado consciente de la miseria intelectual que te rodea. En su afán desmedido por propagar toda clase de rumores y crear un sinfín de absurdos códigos de corrección y de buenas maneras de uso del lenguaje. Estoy totalmente de acuerdo contigo. Me ha encantado el artículo de principio a fin y me he sentido algo así como orgullosa de ti al leer tu alegato de defensa (ya sé que este ídolo tuyo no lo necesita) en salvaguarda del arte en la escritura y de la escritura como arte. ¡Magnífico! Es más, brillante. Gracias. Un saludo.

  2. Buenas, Isaac:
    Te llamas como se llamaba mi padre (se me hizo raro escribirlo, ya no anda por aquí).
    ¿Qué decirte que no sepas?
    El ritmo, la voz propia y algo que decir, por ahí se sabe si el escritor es o anhela. Si tiene alma (todavía); si la malvendió; o nació desalmado, que puede pasar.
    Pero de todo eso, tal vez el ritmo sea lo más endiablado. Eso es duende; el swing que le decía Cortázar (que a mí me duele como a ti Hemingway). Y eso no se consigue así como así. No es coser y cantar. Tampoco metrónomo. Ni siquiera solfa.
    Bueno, seguimos marcando compás. Improvisaremos hasta entonar, pase lo que pase.
    Y para que no se metan contigo cualquier día de mañana esos que tanto saben de cómo escribir mejor quítame ese gazapo de abajo, bah, que te pudo el afán.
    Me gusta cómo escribes.
    Y las correcciones que hacían convertían al texto es un monstruo sin vida

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