La pistola en la cabeza

Me sorprende cuando alguien me pide opinión sobre algo, porque yo no tengo ni idea de nada.

Por eso cuando alguien me pregunta que cómo hago para sentarme todos los días y juntar palabras, se me atranca el engranaje y no me sale otra respuesta que la que ya dije. No hay método, lo haces y ya está.

Como mucho, a veces, me acuerdo de lo que aprendí de un tipo malcarado y hosco.

Unos días me siento y escribo y otros cojo con las dos manos la pantalla, insultándola hasta que estalla la vena del cuello. Y cuando alguna vez me ha dicho alguien que él no podría hacer algo así por el motivo que sea, siempre he respondido lo mismo.

“Claro que eres capaz”.

Pero no lo digo para animarle (dios o el diablo me libren de ser de esos), ni porque piense que el otro tiene dentro toda la voluntad y sólo necesita inspiración, eso son chorradas.

Sé que esa persona podría por lo que me enseñó el hombre hosco. Sé que podría porque si le pongo una pistola en la cabeza y le digo que si no junta dos mil palabras aprieto el gatillo, me las va a escribir. Y lo hará con mil más de regalo y corazones coronando las íes.

Es la mentalidad de hacer las cosas con una pistola en la cabeza la que me clava en el asiento y más de un tiempo a esta parte, porque ya no me dedico a otra cosa.

Lo curioso es que, en realidad, no es una mentalidad a construir, es una realidad a reconocer. Nos están apuntando, a todos.

A Tarantino, en la foto de arriba, la pistola le amenaza en la sien. Mala imagen he escogido, porque la pistola que nos apunta lo hace en la nuca. Por eso casi nunca la vemos. Mejor dicho, no queremos girarnos para verla.

En ocasiones nos movemos y notamos el cañón frío contra el cuello, es un instante en el que recordamos y nos prometemos que lo que tengamos que hacer, hay que hacerlo ya. Escribir, amar, odiar, viajar, perdonar o lo que sea. Pero esas promesas se escriben con arena de playa y las olas no van a detenerse por nosotros.

Así que seguimos ignorando que no es una cuestión de imaginar el arma, es cuestión de recordar que en realidad siempre está ahí.

Desde niños nos tatúan la mentira de que el futuro nos salvará.

Nos cuentan que cuando crezcamos tendremos alguna idea de cómo funcionan las cosas, que en la universidad nos prepararán y comprenderemos, que cuando consigamos un trabajo o un matrimonio, las piezas encajarán y podremos disfrutar. Luego, cuando empezamos a encoger el ceño porque nada se va cumpliendo, nos dicen que tranquilos, que en realidad será cuando nos jubilemos, años dorados en los que por fin podremos bajar los brazos, descansar al sol con la sensación de trabajo bien hecho.

El futuro no nos salvará, no vendrán épocas mejores, solamente seremos más viejos y escucharemos el percutor de la pistola, amartillándose con un clic.

La libertad es lo peor que nos puede pasar, porque si tenemos todo el tiempo del mundo, perdemos todo el tiempo del mundo, si tenemos todas las opciones ante nosotros, no elegimos ninguna. Es curioso que la vida nos creara así de paradójicos, porque queremos libertad y elección por encima de todo, pero se demuestra, una y otra vez, en lo cotidiano y en laboratorios, que cuando la obtenemos somos pésimos usándola.

Si yo creo que tengo toda mi vida por delante para sentarme y escribir, despertaré un día con toda mi vida por detrás y ni una sola palabra.

Así que, supongo que si tuviera que responder, diría que mi técnica para sentarme consiste en mirar hacia atrás de vez en cuando. Me giro y veo el cañón, así que encaro de nuevo la pantalla y sudo y me quedo a medio tragar y a veces hasta hago lo que he de hacer.

A Asimov le preguntaron qué haría si sólo le quedarán unos minutos de vida. Él respondió que teclear más rápido.

Yo no aspiro a ser tan ingenioso, me conformo con ser capaz de imitarle. No me parece poco.

“Everyone smiles with that invisible gun to their head”.
Chuck Palahniuk. The fight club.

6 responses

  1. Imaginarse una pistola apuntando a tu cabeza es una técnica bastante útil. En mi caso, tras haber visto de todo en un hospital, he aprendido que la vida son dos días. Digamos que cuando ves morir a alguien delante de tus narices eres más consciente que nunca de tu propia mortalidad. A mí ya no me engatusan con la cantinela de que tenemos muchísimo tiempo por delante.

  2. Un artículo muy interesante. Personalmente, cuando alguien me ha preguntado que por qué escribo, mi única respuesta ha sido “porque no lo puedo evitar”. Lo necesito, no sé existir sin hacerlo. Quizá la realidad sea esa pistola que no he querido ver hasta ahora, pero que siento pegada a la nuca, como muy bien describes. Me ha gustado el concepto, a partir de ahora miraré hacia detrás esos días en los que no hay ganas, no hay fuerzas… Pero hay una pistola.
    Muchas gracias por el artículo.

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