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La procrastinación encubierta y traidora

Hoy iba a poner el relato de ayer, pero se va a quedar para, probablemente, mañana. ¿Por qué? Muy sencillo.

Independientemente de la calidad de nuestro arte, todo escritor es maestro en una cosa, procrastinar y dejar para luego lo importante.

En mi caso, el resumen perfecto lo hizo el humorista Robert Benchley cuando dijo:

«Cualquiera puede hacer cualquier cantidad de trabajo, siempre que no sea el trabajo que se supone que debe estar haciendo en ese momento».

Si tengo que terminar una novela, surgen destellos de relatos por todas partes, que empiezas con furia y, a la hora de terminarlos, vuelves a esa novela porque por fin se te ha ocurrido cómo atravesar el pantano en mitad de las cosas. Y luego, con el barro hasta las rodillas y cuando has avanzado unos pasos, por fin tienes el final adecuado para el otro cuento, pero de repente aparece como un río poderoso otra historia más, que acabas persiguiendo con el brío de los primeros amores.

O he aquí otro ejemplo, ¿es todo esto de escribir cada día una forma más de procrastinación traidora?

Conociéndome, es muy posible.

Porque la procrastinación más peligrosa no se envuelve en el manto de la pereza y el no hacer nada, sino que toma la forma de algo que te dice que también es importante. Pero no es lo importante en ese momento, que supongo que es la clave.

La cuestión es que, por culpa de esa procrastinación traidora y encubierta, vivimos más ocupados que nunca, consiguiendo menos que nunca. La eterna ocupación se convierte en una rueda de hámster en la que te agotas sin avanzar.

Supongo que a todo el mundo le pasa, que se pone a escribir y, de pronto, es urgente limpiar lo que lleva semanas sin tocarse, o buscar en Internet un pequeño detalle estúpido sobre un tema sin importancia. ¿Qué dice exactamente el himno de Canadá? ¿Qué tiempo hará mañana en Quito? Si no lo averiguo el mundo será ceniza y humo.

Por supuesto, puedes volver el arma contra el que te apunta y a veces eso sirve para escribir. Especialmente en esos momentos donde has de hacer algo importante, como cumplir un compromiso adulto o hacer algo de una vez para que la nevera y la cama no estén siempre vacías… Entonces viene la buena y vieja urgencia de continuar la novela que gime en el cajón, porque todavía no tiene piernas.

Supongo que, como con casi todo, es mejor hacer las paces y aceptar, que tratar de erradicar lo imposible. Eso, y que no estamos solos.

En un artículo de The Atlantic que leí hace años, Megan Mcardle le preguntaba a un relativamente famoso autor cómo conseguía crear esos escritos de unas 8000 palabras que tanto éxito tenían al publicarse.

«Bueno, primero lo retraso durante dos o tres semanas. Entonces me siento a escribir. Es en ese momento cuando me levanto y voy a limpiar el garaje. Después de eso, vuelvo arriba y luego vuelvo abajo y me quejo ante mi mujer durante un par de horas. Finalmente, pero sólo después de que hayan pasado uno dos días más, y estoy realmente angustiado por no entregar en la fecha prevista, me siento definitivamente y escribo».

No tengo garaje, esposa o fama, pero esa misma procrastinación traidora sí. Algo es algo.

Si quieres, te aviso por email cuando haya contenido nuevo.

2 Comments

  • Carolina

    Hola: Muy elocuente en todo. Me he sentido muy retratada, tanto en lo empezar historias sin fin como en lo de la nevera, la cama y no tener a nadie más que uno mismo a quién echarle la culpa de no avanzar. Felicidades por el artículo.

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