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La puerta de fin de año

Mañana termina el año y termina también la escritura diaria en este lugar. Que no haya sombra de duda, ni pista encubierta hoy o los días anteriores: el 1 de enero, como corresponde a la mañana de ese día, sólo habrá un silencio total de radio.

El primer día del año me levantaré, más sobrio que de costumbre —probablemente— y escribiré, pero sólo para mí, para las historias del cajón.

La cuestión es que cuando estás frente a la puerta, es inevitable hacer balance.

Siempre he sido, pero sólo cuando escribo y nada más, de los de saltar y aprender a volar durante la caída. La realidad es que, como pasa con las frases que suenan bien, me he estrellado casi siempre de las maneras más estrepitosas. Si hay algo que conozco es el tacto de una página y el del fracaso.

En este caso, el aterrizaje ha sido suave y las alas que salieron están hechas de un plumón extraño que mañana me quitaré para guardar en la caja de las cosas bonitas e inútiles.

Echando la vista atrás, han sido (serán, con el relato de mañana) 55 días consecutivos escribiendo aquí, el equivalente, en mes y algo, a más de un año habitual de contenido. En total, unas 40.000 palabras, un pequeño libro de unas 160 páginas.

Me quedo sobre todo con los mensajes que he recibido, de quien me ha dicho que ha aprendido algo, le ha gustado, le hacía más llevadero el trabajo cada mañana.

Y he aquí otra curiosidad de ese balance, qué ha gustado más a los que se dejan caer por aquí. Entre esas cosas han estado:

También sube con la fuerza de la marea, y creo que se colará en ese podio en unos días, el reciente contenido con las alternativas gratis al Scrivener.

¿Son esos mis favoritos también si echo la vista atrás? Para nada.

Me temo que, como ya he dicho, tengo una caja y prefiero las historias bonitas (para mí) e inútiles que no van a ninguna parte. Y siempre tengo la sensación de que lo que me fascina, en general, pasa desapercibido a los demás o directamente lo odian. Sin embargo, he de reconocer que me ha reconciliado un poco de esa noción el hecho de que las visitas a mi casa y yo nos hayamos encontrado juntos alrededor de «Una historia lo cambia todo».

Esta ha sido una experiencia curiosa en general, a imagen y semejanza de este año a la hora de escribir. Muchos días encariñándome de las primeras horas por la pura fuerza del sesgo de familiaridad.

Así que mañana cierra la puerta un cuento y el 1 de enero comienza el año con el silencio que le pertenece a esa mañana. El que quiera leer el relato, deberá hacerlo relativamente rápido, porque sólo va a estar 48 horas y luego se autodestruirá (lo destruiré yo, pero queda mejor decir lo otro).

Veremos qué trae 2019. Por mi parte, lo primero será terminar esa continuación de Escribir bien en la que he estado trabajando y, en general, seguiré contando historias. Al fin y al cabo, ya está escrito en el dintel de esta página: no sé hacer nada más.

Si quieres, te aviso por email cuando haya contenido nuevo.

3 Comments

  • Alberto

    Hola, Isaac.

    Gracias a ti yo también aprendo, reflexiono y caigo en cosas en las que nunca había pensado.

    No he leído todos tus artículos, pero me quedo con el de la muerte de Percy Shelley y su corazón (o hígado) incombustible. Probablemente, en una de mis múltiples vidas pasadas fue un escritor romántico viviendo junto a un monasterio semiderruido.

    Tengo ganas de leer tu relato. Y recuerda: en este blog tienes «una familia» que te espera.

    Feliz fin de año y buen 2019.

    PD: es duro enfrentarse a la realidad y reconocer que sin un montón de sacrificio es muy difícil llegar lejos como bien afirmas. Por eso tanto triunfan las frases bonitas. Pero, a la vez, es humano y comprensible que sea así.

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