La vida

La vida siempre tiene otros planes

Predico que lo mejor es escribir cada día e, idealmente, lo primero en la mañana, como si fuera un Bálsamo de fierabrás para calmar no sabes muy bien qué. Y que si hay que dejar las distracciones al otro lado de la puerta o mejor dormidas, también crear un contexto adecuado en el que sabes de antemano sobre qué vas a escribir y, por si fuera poco, repetir y repetir el proceso si quieres llamarte escritor y que una parte, al fondo de ti, no se ría de ese atrevimiento.

Y ahora llega la sorpresa para nadie (espero): Yo no hago todo lo que digo. Yo disto un mundo de ser perfecto o infalible en la escritura o cualquier otra cosa. Tampoco creo que haya habido nunca un predicador siempre piadoso o que eso sea posible en realidad.

Muchos días sí es así: las mañanas, el silencio y el tac tac. Los días de suerte, incluso sentirme afortunado de tener algo como esto, sin importar que lo que haya escrito sea, en realidad, una mierda. Pero si crees de verdad que estoy cada día sin fallar, y que soy una máquina como Graham Greene, que no permitía siquiera que el romance se interpusiera entre él y la escritura (¡ja!), andas muy equivocado.

Y no estoy hablando solamente de esos días en los que caes enfermo, o el desastre te toca el timbre y a ti te toca apagar fuegos y ya está. Me refiero a que creo que es necesario romper la disciplina y las reglas de vez en cuando, dejarlas respirar, abandonarlas para cogerlas de nuevo como a un amor que echabas de menos y vuelve a ser refugio, estructura que se (te) sostiene en un mundo que se desmorona.

Soy una persona rígida, no hace falta leerlo entre líneas, ya lo digo yo cada dos por tres para espantar el romance y no tener que ser tan digno ante la tentación como Greene. La rigidez está bien a veces, porque en su presencia, terminar cosas, que es siempre lo más importante, es una cuestión de tiempo y trabajo, así que se van sucediendo los finales. Lentos, pero eso ya me da igual. Por eso, las reglas y las normas me ayudan y me liberan sin incurrir en paradoja alguna.

Luego resulta que también soy humano.

Así que sí, yo también fallo en lo de no escribir algún día (aunque mi rigidez sólo me permite un límite de «jornadas libres», que acumulo solamente tras suficiente tiempo sin fallar). Y también me he hecho trampas a mí mismo, con ese autoengaño de poner la coma o una frase por la mañana, quitarla por la tarde y dar por bueno que «hoy he escrito».

Creo que un cierto nivel de caos, de caminar por el borde de las normas o directamente hacer trampas, es necesario. En la lucha contra la entropía (que a lo mejor es otra manera de ver la escritura) si el orden y lo que debe ser obtienen una victoria total, has perdido, habrás matado ese algo de caos e imprevisibilidad que el arte necesita para existir.

Y esto tampoco es otra paradoja ni una excusa para esos días de dolce far niente, es la vida y nada más, que tiene la fea costumbre de ser como es.

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