La voz propia del escritor

naipaul

A raíz de ciertas cosas que leí por Twitter las pocas veces que entro ya, hoy me iba a sentar a hablar de corrección política y arte, incluyendo escritura. De cómo la una no debería ni acercarse a cien kilómetros del otro, pero me ha entrado la pereza vital de los debates a ninguna parte (todos los debates llevan ahí, ríete tú de Roma).

Luego, a raíz de la reciente experiencia de una amiga en un cónclave de escritores, iba a hablar del lazo indisoluble (hasta que la muerte nos separe) entre el ego y el escritor. De cómo no se puede respirar entre juntaletras porque tenemos todos un orgullo extraño que la Torre de Babel se nos queda pequeña.

Lo peor de todo, ese ego es por lo bajo, que la escritura parece una corte bizantina donde todos sonríen y todos se acuchillan al pasar por una sombra. Pero también me ha entrado la pereza, cosas de darte el sol en el rostro y pensar en que para qué gastar días buenos en temas malos.

Lo dejaré para cuando esté nublado.

Así que hoy, carta, que para eso siempre tengo una en la manga con todo.

Carta de un premio Nobel de literatura, Vidiadhar Naipaul, a su editor. Carta que es una pulla a los correctores (ciertos correctores) al propio proceso de publicar, carta que encierra una (en realidad más) de las gemas más valiosas sobre escritura que vas leer nunca.

Carta que enseña mucho sobre el arte y contiene una impagable lección sobre cómo aquellos que leen tus textos pueden destruirlos en su esencia más pura, y lo peor de todo, creyendo que hacen bien porque ya se sabe lo del infierno pavimentado de buenas intenciones.

Y aquí se trata de correctores que se supone que saben lo que hacen, no quiero ni imaginar los descarrilamientos provocados por lectores cero y similares inventos, otro de esos debates estériles de los que ya hablé porque supongo que aquel día amaneció nublado.

En fin, Naipaul, que sabe de esto mucho más que yo, así que habla él a partir de ahora. Puedes ignorar todo lo de arriba, pero no lo de aquí abajo.


10 de mayo de 1988

Estimado Sonny,

El texto editado de A turn in the South me llegó ayer: es tal pedazo de trabajo horrible que me veo inclinado a escribirte sobre él. Esta clase de corrección y edición se interpone en el camino de la lectura creativa. Estoy empleando demasiado tiempo en restaurar el texto que escribí (y que por ello conozco bastante bien). Pensaba que se sabía que tras 34 años en el oficio y 20 libros conocía ciertas cosas sobre escribir y no quería que un corrector me ayudara con la puntuación o esa cosa llamada repetición: y ciertamente no quería ayuda con los modos de evitar esa repetición. Es totalmente absurdo tener a alguien que me señala las repeticiones y el uso de «y» o «como» o «que» o «ella». No quería a nadie deshaciendo mis puntos y coma; con todas sus diferentes maneras de enlazar.

Sucede que el inglés —la historia de esta lengua— fue mi tesis en Oxford. Sucede que conozco muy bien que estas así llamadas «reglas» no tienen nada que ver con el lenguaje y son realmente reglas acerca del uso del francés. La gloria del inglés es que existe sin esas reglas de salón: es una lengua hecha por la gente que la escribe. Mi nombre va en el libro. Soy responsable de la manera en que las palabras van puestas. Es una de las razones por las que me hice escritor.

Cada escritor tiene su propia voz. (Cada escritor serio y dedicado). Esta se consigue por la manera en que puntúa; el ritmo de sus frases; el modo en que la escritura refleja los procesos de pensamiento del escritor: todo el nerviosismo, todos los enlaces, todas las curiosas asociaciones. Un corrector asiduo puede deshacer esto muy rápidamente, puede hacer que A escriba como B y como C.

Y qué desperdicio de espíritu es esto para el escritor, que tiene que rehacer trozos de su manuscrito todo el tiempo en vez de darle una lectura de revisión verdaderamente creativa. Ten en cuenta cómo me ha hecho sentarme esta mañana, no a hacer mi trabajo, sino a escribir esta carta furiosa.

Tuyo.

Vidia.

7 responses

  1. Sospecho que lo que le pasó a Naipaul fue que le tocó un corrector realmente nefasto. Un buen corrector diferencia entre la voz o estilo del autor y aquello que es, directamente, incorrecto. También puede proponer modificaciones que aporten fluidez en estructuras mal construidas (y en cualquier caso, ninguna de sus sugerencias es obligatoria).

    Por ejemplo: si un autor sabe lo que hace y decide utilizar una serie larga de subordinadas de relativo para obtener un efecto musical concreto, un buen corrector lo reconocerá como tal. Un mal corrector habrá aprendido que muchas subordinadas seguidas son algo malo e intenterá modificarlo, porque solo conoce las reglas, no entiende su funcionamiento ni su razón de ser.

    El problema es que hay muchos autores que escriben series largas de subordinadas pesadas y repetitivas por error e inexperiencia, pero se excusan con eso de la voz y el estilo propio, por puro ego, si viene un buen corrector a señalarlo.

    Creo que habría que acabar con la noción esta de que un corrector viene a destrozarte el texto, porque implica que el escritor siempre sabe lo que se hace, y eso no es así. Puede saber mucho de escribir, pero no ha dedicado media vida a analizar textos ajenos para pulirlos, que es otra cosa. Y así te vienen autores que te gritan si les cambias una coma, aunque esta vaya tras un sujeto. Eh, es su voz.

    Por otro lado, Naipaul también decía que una mujer nunca escribiría tan bien como un hombre, así que qué sabré yo del tema 😉

    • Naipaul es un personaje del pleistoceno que dice gilipolleces como camiones, pero tiene un Nobel y ciñéndonos a la escritura pura y dura, pues sabe, me temo.

      Lo principal de la carta es cuando explica qué es la «voz» eso que muchas veces no se sabe definir (desde luego no tan bien como él lo hace en un solo párrafo) y otros ni creen que exista (je).

      En cuanto a la anécdota del corrector, secundaria para mí en este texto, da fe de que por desgracia todo el mundo que lee un texto y cree saber un poco de escritura piensa que tiene razón y podría mejorarlo, lo diga en voz alta o no, sea corrector o no. ¿Un Nobel con más de 30 años de publicaciones y 20 libros? Sin duda voy a quitarle y ponerle comas porque no tiene ni idea.

      Si eso pasa a esos niveles, y ojo que sé que es la excepción (los correctores que yo me he topado han sido bastante buenos siempre a pesar de que nos hayamos tirado cosas a la cabeza) los encontronazos que he tenido con gente que quería «mejorar» mis textos sin pedirlo han sido de traca, porque quien menos sabe es el que suele hablar más alto. Un día haré un recopilatorio de lo que me han dicho, sobre todo sin pedirlo, porque pienso que hará de atenuante en un hipotético juicio que no tendrá que ver con la escopeta de postas que tengo aquí al lado.

      Si te sirve de consuelo, lo cierto es que yo tampoco tengo ni idea de nada, y aunque jijijaja, parece una coña, lo cierto es que en el fondo no lo es.

      P.D. ya era hora de que volvieras a la excelente costumbre de crearme contenido.

  2. Con los correctores puede que en ocasiones pase como con los traductores. Hay un dicho “traductor e traduttore” que me aplico, porque traduzco algunos de los relatos de un buen escritor y amigo mío

    • Con los correctores pasa lo mismo que en todos los oficios. Yo me he tropezado con profesionales y alguna cosa rara he visto, pero es la excepción. Lo importante es el párrafo de la voz para mí.

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