Las pequeñas farsas

las pequeñas farsas

Hace tiempo asistí a un hecho curioso. No sigo a los grandes premios literarios, pero vi durante unos minutos cómo se desarrollaba la entrega del Planeta. 

Allí, mientras los invitados de honor cenaban con vestido de gala y trataban de hacerse los interesante en vano, reinaba una gran pantalla que, eventualmente, conectaba con una sala donde estaba reunido el jurado que deliberaba sobre los finalistas.

Aislados de todo, descartaban a los últimos candidatos hasta llegar, oh, tensión, hasta el ganador. Una reportera conectaba con la sala e informaba puntualmente de los acontecimientos y el avance de las deliberaciones.

Seamos claros, para esta narración tendría que haber usado ya todas las comillas que corresponden a una vida, así que he decidido no usar ninguna para los términos como deliberaciones, jurado, reportera, etc.

En el salón de la cena todos esperaban con anticipación la revelación del ganador y, en general, supongo que hacían apuestas sobre esta o aquel.

El ganador ya había sido filtrado unas horas antes. 

Aquel año, fue un autor mexicano dado que, con la eterna crisis editorial, el mercado de ese país suponía la gran esperanza blanca de las ventas y por eso el galardón.

Entonces pensé en el poder de las pequeñas farsas, de cómo las necesitamos para seguir viviendo.

Personalidades del mundo de la literatura protagonizaban una mala obra en una sala, haciendo como que de verdad habían leído algo y su opinión contaba y estaban decidiendo, con la responsabilidad sobre sus hombros. Como si el Planeta no se hubiera concedido mucho antes por el departamento de ventas, como si los comensales no lo supieran de antemano y aún así charlaban y decían que qué emoción. Como si el ganador no estuviera ya allí con el discurso hecho y no hiciera horas ya que un diario mexicano había dado el nombre, repetido por medios españoles.

Todos eran participantes de una pequeña farsa para mantener el encantamiento de que la literatura también estaba invitada a la fiesta.

Y es que, dentro del poder de las historias que tanto me fascina, está el de esas pequeñas mentiras piadosas que nos contamos.

La de mantener que los Reyes Magos existen, que quizá un día seas famoso, que tenemos más control sobre la vida del que creemos. Y que esta es justa, claro. También que las cosas tienen un sentido y quizá, con suficiente trabajo duro, se nos compense, en esta vida o en la siguiente.

Todas estas pequeñas narrativas falaces son un escudo poderoso para defendernos de una realidad que no es mejor que esas historias que nos contamos. 

Las pequeñas farsas son necesarias porque necesitamos creer: en mundos más justos, en trineos voladores, en que no todo es suerte y azar, aunque, probablemente, esa sea la respuesta acertada.

Una de las condiciones para ser al menos un poco felices es la sensación de control. Las pequeñas farsas que nos contamos nos lo conceden, da igual que el control no sea real, porque ellas mantienen a raya a la locura y a bajar los brazos, que es el verdadero valor

Las pequeñas farsas nos ayudan a soportar la vida, nos consuelan de ella. Es lo que hacen las historias y la literatura. Y no es poco.

No me parece que pueda haber mayor mérito que ese y qué importa si en el fondo no son ciertas. 

La verdad está sobrevalorada, ese es un acuerdo tácito que mantenemos desde que nos sentamos a escuchar la primera historia alrededor de una hoguera. En ella imaginábamos otros mundos y ahogábamos los ruidos de la noche en este.

A menudo hablo de esos sesgos y falacias, de cómo seguimos jugando a la lotería en muchos sentidos y lo irracional que resulta. Pero eso no significa que rechace de plano las pequeñas farsas. Al contrario. Aunque no lo parezca, también soy persona y las empuño para que den un poco de luz en la sombra.

Es caminar por la línea de en medio lo que tengo que recordarme, para que la herramienta no se me convierta en amo, para no perderme en esas farsas y lo arruinen todo, como también lo hace demasiada verdad. 

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2 respuestas

  1. Las farsas, para ser útiles, tienes que creértelas. Esa es la cruz de los descreídos. No hay farsa para sus sufrimientos. ¿Cuanta gente se saca de en medio teniéndolo todo? Cierto que muchísima menos que la que no lo tiene, pero es llamativo que ni la mejor de las farsas funciona siempre como un bálsamo.

    • Tienes razón, yo abogo por el descreimiento exacto, una línea difícil de caminar. Hay que recordar que las historias (las farsas) no son todopoderosas. A veces te las pones en las heridas y no son suficiente.

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