Relato: Limpieza y reciclaje

Uno de los primeros relatos que conservo (y es que han sido tantos los desastres informáticos…). Qué joven y cándido era…

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El interfono suena con un zumbido, luego es la voz monocorde del empleado del servicio de limpieza municipal, ya han llegado para el encargo a reciclar. La señora María les dice que suban. Se quita la bata mientras va hacia su habitación y le gruñe a su marido que los de limpieza están aquí, que se adecente un poco que suben.

Su marido está leyendo el periódico deportivo en el sillón, mastica más que fuma un puro, con la ceniza que cae en su camiseta de tirantes blanca, y sudada, y que se ajusta sin abarcar del todo su barriga planetaria. No levanta la vista, pero replica que está en su casa y en su casa va como quiere y hace lo que le da la gana.

La señora María vuelve de su habitación anudándose la bata de las visitas y retocándose la permanente. Espera al lado de la puerta y en cuanto suena el timbre abre como un relámpago y gesticula exagerada una amable bienvenida.

El funcionario de limpieza con los guantes preceptivos, el uniforme verdoso aséptico y mascando chicle con ruido, pregunta que dónde está el encargo que se tiene que llevar, sus ojos tienen menos vida aún que su voz.

La señora le acompaña a la habitación del fondo del pasillo. Breves segundos y salen de nuevo hacia la puerta. La señora María haciendo de guía y el funcionario de limpieza empujando al abuelo en su silla de ruedas. Le cambian de asiento en el rellano y el viejo es depositado en otra silla similar, con los colores del servicio de limpieza del Ayuntamiento.

La señora María se despide con cortesía chorreosa, el funcionario hace un globo de chicle que revienta con ruido.

Acodada en el balcón María verifica el proceso. Ve salir del portal al basurero empujando al abuelo, observa asintiendo levemente cómo lo deja alineado tras el camión de limpieza, de espaldas al negro hueco que se abre en la parte de arriba. La silla es asida por los brazos mecánicos del vehículo y alza al yayo en el aire como un pelele, lo inclina sobre su gran boca oscura y el abuelo cae perdiéndose en la panza del vehículo, no ha dicho una palabra, no ha hecho gesto alguno, sólo ha mantenido la mirada en el infinito, como siempre.

El asiento se posa en el suelo de nuevo, el camión parece eructar, el funcionario esparce generosamente desinfectante con un fumigador.

El abuelo ha sido reciclado.

La silla se acopla en la trasera del camión. El tipo y su chicle se suben agarrados a un asidero como a un viejo tranvía. Da dos sonoras palmadas en la chapa, el camión se pone en marcha y unos veinte metros más allá, el ritual se repite.

La señora María observa como el abuelo Rivera, padre de su vecino don Santiago, se ve también abocado a desaparecer en el negro hueco del camión de limpieza. Cuando el vehículo gira la esquina y se pierde, vuelve a entrar en casa, se pone su bata de estar por casa y le reprocha algo a su marido, que ladra algo contestando, sin levantar la vista del periódico ni dejar de masticar su puro.

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