Los correos que recibo

Correos que recibo

Son pocos, la verdad, supongo que por este carácter tan afable y poco arisco que muestro, o quizá por ese constante decorado de rechazo a la relación con los demás. También recibo menos últimamente, pues andan algo lejos las fechas de publicación con una editorial. Esos eran los momentos en los que más se acumulaban las misivas en el buzón.

Pero lo cierto es que, ya que las cartas murieron en un portal con la jeringuilla clavada, los correos electrónicos no me disgustan y, siempre que puedo, me tomo el tiempo de responder.

Desde la chica chilena que me pidió permiso para adaptar en un corto Perdimos la luz de los viejos días para un trabajo en su carrera de cine, hasta los muchos que alguna vez me han dicho que no doy demasiado asco escribiendo, pasando los que han querido adaptar relatos para la radio.

A todos y cada uno de esos mensajes les he agradecido que se acordaran de mí.

Aunque también es cierto que, en estos años, han llegado un puñado de epístolas confundidas hasta esta playa, preguntándose dónde estaban, quién era yo o cosas aún más extrañas.

Uno de esos primeros mensajes, hace ya tantos años, llegó pidiendo que le arreglara la nevera.

Así como suena.

Que qué tenía que hacer para que le arreglara la nevera de una maldita vez, porque se le había roto y aún estaba en garantía.

Y como no lo hiciera, habría consecuencias.

No puedo poner más en contexto ese mensaje, la verdad. Yo tampoco lo entendí, pero aún miro con miedo por encima del hombro cuando se apagan las luces del callejón por el que camino.

Supongo que, lo más curioso de ese mensaje es que no ha sido el más incomprensible ni extraño.

También estuvo quien dijo haber encontrado en mí lo que llevaba buscando tantos años, una mente afín para poder filosofar sobre la vida y el amor (palabras suyas), de modo que esperaba que su mensaje fuera «el inicio de una hermosa amistad» y una fructífera relación epistolar al respecto.

Y es que a su alrededor, según él, todo era gente pequeña, preocupada de cosas que no importan.

A ese no respondí, lo confieso. Supongo que, en realidad, porque sigo sin saber nada acerca de ninguno de esos dos temas. Tampoco de qué hay que hacer para ser nombrado caballero por la reina de Inglaterra.

Y es que esa era la máxima aspiración de un chico latinoamericano que me escribió por si yo podía ayudarle en aquel empeño.

En serio que no tengo tanta imaginación, ni soy tan bueno como para inventar estas cosas.

Y esos ejemplos son sólo una pequeña parte de lo que he coleccionado estos años.

Es curioso lo que entra cuando abres la ventana.

También ha habido, no lo negaré, mensajes francamente oscuros, de personas que ojalá tuvieran como máxima aspiración que Isabel II les tocara en el hombro con el plano de la espada.

Pero esa es otra historia para otro momento.

Si quieres, te aviso por email cuando haya contenido nuevo.

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8 respuestas

  1. Creo que cuando uno comparte algo de sí mismo en línea, hay personas que creen que lo conocen un poco. Personas que uno, por supuesto, no conoce de nada.

    Pero esas personas no son conscientes de eso y entran con una complicidad extraña, agresiva y a veces con un sentido del humor extraño. De ahí que lo de la nevera no me sorprenda en absoluto. Ya hemos hablado varias veces de los correos raros… el día que hagamos una recopilación de lo mejorcito será maravilloso 😉

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