Sueños de escritor

Los sueños de escritor matan la escritura

Todos tenemos ese sueño, yo también, el de escritor libre que se levanta cada mañana a hacer lo que ama, que vive y lo hace bien de sus historias. Que se detiene sólo para leer los mensajes de adoración o porque tiene que ir a firmar las colas que otra vez dan la vuelta a la librería.

Y será recordado para siempre y a lo mejor es verdad eso de que vives hasta que alguien dice tu nombre por última vez. Pero lo cierto es que ese terrible momento en el que ocupas un último pensamiento está demasiado cercano para una inmensa mayoría, pues nunca será tema para una clase de literatura o acariciado en un puesto de libros.

El sueño de escritor nos está matando porque no lo tenemos y, cuando no tenemos algo, sólo sabemos centrarnos en eso.

Es pura naturaleza humana una vez más. Cuando no tenemos dinero no podemos más que pensar en él, cuando estamos a dieta sólo imaginamos chocolate. Así que el sueño de escritor, que se suponía que debía ser nuestra brújula, se convierte en otro enemigo más por las terribles consecuencias que tiene una mentalidad que se centra en lo que le falta. Como si no tuviéramos bastantes adversarios en la procrastinación, la vida cotidiana y su falta de tiempo, el síndrome del impostor que nos dice que no somos lo bastante buenos… Con tantas y tantas cosas que juegan a tirar de nosotros hacia todas partes a la vez.

Esto provoca dos cosas.

Una es que, obviamente, cuando tiran de ti en todas direcciones no te mueves hacia ninguna, así que ahí sigues sin escribir ni avanzar ni terminar, un mal endémico a raíz del suministro inagotable de escritores que se quejan nos quejamos de que faltan horas y los proyectos continúan inacabados.

En realidad, hay más tiempo del que parece, es sólo que no lo empleamos en escribir, porque toda la lucha constante contra esos enemigos contribuye al agotamiento y la derrota en los momentos de decisión en los que deberíamos elegir a la escritura más a menudo, pero no.

El otro efecto, claro está, es que te rompes. Quizá poco a poco, pero te rompes. Quizá no en voz alta, pero te rompes. ¿Cómo no va a ser así si eres un pelele en manos de todas esas fuerzas que estiran las costuras?

El primero de los efectos retroalimenta al segundo. No escribes tanto como deberías, no terminas nada aunque escribas, porque no soportas la llanura y vas saltando de una cosa a otra y te atascas y no se suponía que el sueño era así, con ese páramo interminable en medio. Eso contribuye también a rompernos otro poco y echar gasolina a esa sensación de que nunca seremos tan buenos como todos esos nombres de la estantería favorita.

¿Cuál es la solución?

Supongo que la misma de siempre, hay que escribir más porque es la única manera de acabar algo y que eso nos cosa un poco las roturas, aunque sea mal y nos convirtamos en un pequeño monstruo de Frankenstein por los sitios en los que nos rompieron. Sobre los pragmatismos que me han permitido escribir más hablo en ese futuro libro de Escribir mejor, aunque se esté convirtiendo en mi particular piedra de toque que me susurra que quizá no sea lo bastante bueno como para expresar todo lo que quiero de la manera que quiero. La ironía.

Parte de la solución también pasa por abandonar de una vez el sueño de escritor, por dejar de creer en cuentos infantiles de fama y adoración que nos atrapan en relaciones abusivas.

Paradójicamente, esto será liberador, porque cuanto antes nos deshagamos de ese peso, antes nos libraremos de esa fijación por lo que no tenemos, que nos impide pensar en otra cosa que no sea esa irrealidad y también nos impide escribir, echando más leña al fuego de los conflictos que tiran de nosotros sin dejarnos avanzar.

«Abandonad toda esperanza, quienes entráis aquí». Eso estaba escrito en el dintel de la puerta del infierno de Dante, pero resulta que era el de la escritura. Y más vale que hagamos caso, porque mientras sigamos atrapados por ese sueño de escritor famoso que nos vendieron, no lo conseguiremos y haremos peor arte.

Me recuerda mucho al viejo maestro zen que dijo que el principal impedimento para encontrar la felicidad era la obsesión por encontrarla.

Yo sólo sé que el sueño de escritor es insidioso, es uno más de esos enemigos que no lo parecen y nos van devorando poco a poco, que nos impiden escribir mientras nos susurran que están de nuestro lado.

Abandona ese sueño de la escritura si quieres salvarte, si quieres salvarla, sacar la que tienes dentro.

Si quieres, te aviso por email cuando haya contenido nuevo.

5 Comments

  • CrisMandarica

    Lo de estar en una mesa con una cola enorme de gente para firmar libros (y tener que hablar con ellos) más que sueño es una pesadilla. En lo demás, y sin que sirva de precedente, por una vez coincido contigo. Biquiños!

  • Alberto

    Hola, Isaac.

    Una vez más no puedo sino estar de acuerdo contigo. Me suena lo del maestro zen y es cierto que por nuestra naturaleza humana (a veces, o muchas veces, maldita) tendemos a centrarnos en lo que nos falta en vez de poner los ojos en lo que tenemos que suele ser mucho (material y sentimentalmente hablando, sobre todo en el Primer Mundo).

    Lo que afirmas respecto al sueño de escritor famoso que tanto daño ha hecho, hace y hará me recuerda al sueño de ser músico o actor o cualquier otro tipo de artista. Y más hoy día en una sociedad como la nuestra en la que lo de figurar bajo el foco es un signo de poder y viste mucho y es la repanocha. Una cantidad ingente de personas vendería como esclavos a sus padres o los enviaría a remar en una galera con tal de alcanzar esa fama, esa gloria mediática, ese aplauso generalizado. LA FAMA ES MUY GOLOSA, PERO MUCHOS SE OLVIDAN DE SU LADO OSCURO Y DE QUE NO DA LA FELICIDAD NI LA PAZ ESPIRITUAL. Pero así es el mundo: no priman la bondad, la compasión, la ternura, la entrega, sino lo zafio, la competitividad, la zancadilla, el pensamiento aborregado, la ignorancia…

    Por otro lado, este viernes, dentro del ciclo de conferencias del Premio Tigre Juan que se falla cada año en Oviedo, voy a ir a una del escritor nacido en Asturias Jon Bilbao. Leí algunos relatos suyos, si mal no recuerdo, y es bueno. De hecho, ha ganado diferentes e importantes premios (entre ellos un Ojo Crítico) y ha publicado con Salto de Página y Páginas de Espuma. Y he pensado en plantearle, en el turno de preguntas, qué opina del talento y de los premios (le mencionaré que sigo este blog desde hace unos años y cuál es tu punto de vista si no te parece mal). Las respuestas las publicaré aquí. También, ahora que lo pienso, le preguntaré sobre la cuestión que tratas en este post.

    Un saludo literario desde Oviedo.

  • Nicholas Avedon

    Yo no aspiro a firmar libros en una cola infinita de gente y tener que hablar delante de un montón de lectores que no conozco de nada. Mi unica aspiración es encontrarme alguna vez a alguien leyendo un libro mio en el metro, y con cara de estar absorto.

    No pido más.

    Y no estoy de acuerdo con lo que dices (esto lo hago mas que nada para fastidiar la estadística). Creo que hay que tener sueños, y que ese tipo de sueños irrealizables a primera vista son los que te empujan a pelear contra esos molestos e insidiosos bichos de la pereza, las excusas y las mierdas varias que nos desvían de nuestra misión: terminar un relato, terminar una novela, acostar a nuestros personajes y darles las buenas noches. Hasta la siguiente parada.

  • Pepe

    Hola a todos,

    Desde mi humilde (o despreciable) opinión, en este tema estoy más de acuerdo con lo apuntado por Nicholas Avedon, aunque en mi caso sea debido a la ignorancia. La misma ignorancia que nos hace ser valientes, que nos empuja a creer que hay humanidad detrás de urnas u oro al final de arcoiris…

    Sin embargo, la contrapartida tampoco es alentadora. Grandes escritores, al ver la luz y dejar de ser ignorantes, han relegado al tintero preciosas historias, que morirán bajo su vientre, para escribir libros de pseudoautoayuda, y todo por saber más de la cuenta y no querer ser ignorantes.

    Soy y lo seré toda mi vida, pero creo que quizá se sea más feliz con que sin ella… Así que a hacer lo que nos guste.

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