Mi próximo experimento: escribir cada día en esta web

escribir cada día

Tengo una cierta idea de cómo voy a morir, probablemente por alguno de mis estúpidos experimentos vitales. Los más inofensivos, los relacionados con la escritura.

Esos no creo que me maten, excepto lentamente y de hambre, y pasan por ponerme a escribir un mes a mano hace ya cuatro años, haber participado en Nanowrimos más radicales que el propio Nanowrimo y otras ocurrencias que es mejor dejar en un cajón bajo llave.

La semana pasada rondó por mi cabeza escribir una entrada en esta web cada día, en lugar de cada miércoles, y hacerlo durante un mes entero.

La idea llegó en el momento más inoportuno, se quedó bailando un rato en medio de las cosas importantes y se marchó. Sucede con la mayoría de ocurrencias, pero en este caso, volvió al día siguiente.

Y al otro.

Así que ya tengo una cita (por fin), al menos hasta el día 7 de diciembre, cuando mi pueblo huele a leña y mi ciudad cuelga las luces de Navidad.

¿Por qué hacer esto?

No tengo la más mínima idea, como en la mayoría de ocasiones. No responde a una intención concreta y, obviamente, no tiene un objetivo, ni sensato ni de los otros.

¿De qué voy a hablar durante treinta días seguidos?

Tampoco tengo la más mínima idea y odio repetirme.

Supongo que el tema será el mismo de siempre aquí, lo que me dé la gana: el lenguaje, la escritura y escritores, las historias y todo lo que rodea a una buena… Supongo que lo habitual, pero seguramente más breve y más puro, que es una manera elegante de decir que con muchas erratas.

Y la cuestión no es que no sepa de qué voy a hablar durante el próximo mes, es que no sé de qué voy a hablar mañana.

Cuando era joven y creía en cosas, veía a la escritura como un ejercicio de saltar al vacío y aprender a volar antes de estrellarte. Cuatrocientos golpes después como en la película, mis huesos ya no lo ven de la misma manera, pero supongo que echan de menos volar.

¿Es que no tienes nada mejor que hacer?

Al contrario. La vida real y mercenaria llaman a la puerta este noviembre con más fuerza que nunca. Seguramente por eso zarpo en un barco de papel hacia proyectos a ninguna parte, tapándome los oídos para no escuchar a las obligaciones.

Eso sí, teniendo en cuenta que todo lo que tengo que hacer está relacionado con una vida «normal», la respuesta estricta a esa pregunta es que, efectivamente, todo eso que tengo que hacer no es mejor que esto.

¿Estás seguro de que no vas a abandonar al primer día?

La última cosa de la que estaba seguro salió de mí al soplar las velas de mi trigésimo cumpleaños. No descarto que abandone mañana o dentro de una semana. De hecho, no descarto que ya haya abandonado y ni siquiera lo sepa.

Y nada más por hoy.

No sé si aprenderé algo más allá del hecho de que sería mejor que no hiciera estas cosas, pero pronto lo sabré.

Hasta mañana.

P.D. por motivos de que no me mate nadie antes que mis experimentos, el aviso de nuevo contenido por email no será diario, sino semanal, incluyendo todos los nuevos contenidos de ese período.

Si quieres, te aviso por email cuando haya contenido nuevo.

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12 respuestas

  1. Te animo a continuar o, como sueles decir, a no continuar, según lo que te dé la gana, para eso cada uno es dueño, o debería serlo, de sus actos. Sin embargo, tengo que comentarte que ya tengo mono de lo que podré leer mañana en tu blog. Seguro que algo interesante y bien redactado, como siempre. Si me permites un consejo, sigue tirando de anécdotas vitales, funcionan muy bien. Y si no me lo permites (de nuevo haciendo una mala copia de tu personal estilo) o no te apetece, seguro que también serán interesantes tus letras, que tienes chicha para regalar. Un abrazo y a seguir tu instinto.

    • Veremos, soy muy malo haciendo caso a nadie, especialmente a mí mismo. Es posible, sin embargo, que rompa esa tradición y mañana te haga caso cuente alguna vivencia personal, relacionada con la escritura.

      Veremos de qué color llega el amanecer.

      Un saludo y gracias por los ánimos.

    • Dulces hasta que algunas caramelicen y se peguen, saliendo todas juntas al cogerlas, como las hacía mi abuela. Aún recuerdo el olor al entrar a su casa. Si sabía que iba a verla, las hacía y es uno de esos momentos felices que nadie me puede arrebatar.

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