Nada importante es simple

Nada importante es simple

Nada importante es simple. Ni escribir, ni querer, ni olvidar, ni los demás.

En el mar de las cosas, todo lo importante es un iceberg, al que nos acercamos por lo poco que vemos y a saber qué pasará con el fondo que esconde.

Todo el mundo dice: “no hay problema, esto es fácil, lo terminamos en cinco minutos…” y luego nunca es así a menos que se trate de una tontería. Siempre surgen peros, retrasos, complicaciones.

Todo lo importante precisa más energía y tiempo del que creemos, nos dará disgustos (a veces más de los que podamos soportar) y durante el camino vamos a tener que maniobrar y chocar con lo que se esconde bajo la superficie de lo importante.

Mi ordenador es un aparato traumatizado y a veces lo noto temblar cuando me acerco,  ha escuchado todos los insultos del diccionario y algunos inventados, porque cuando me siento a escribir en él y es importante, más de dos y de cien días acabo invocando demonios, queriendo arrojar por la ventana al pobre cacharro.

Y otros días fluyen, especialmente los comienzos, pero ya sé, con el tiempo, que los comienzos no importan, son una mercancía barata y común. Vienen impulsados por el atractivo de lo nuevo y esa es una cualidad que se gasta pronto.

A veces hasta sospecho de lo que sale solo. Cuando muchos días son fáciles y es algo que considero importante, miro a mi alrededor porque huele a emboscada. Neurótico de libro, lo sé.

¿Y cuál es la moraleja que encierra todo esto? Pues ninguna necesariamente, como pasa con muchas de las cosas de la vida, a las que nos esforzamos por pegarles lecciones inventadas y no sé por qué.

Como mucho yo sólo intento recordar el título y así de paso alimento a la neurosis.

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