Nuevo relato: de hombres y héroes

Me ofrecieron hacer algo que no había hecho, un relato ambientado a principios del siglo XX en España y con temática de género negro. Arsenio Lupin, ecos victorianos, la “Belle Epoque” y todo eso.

Reconozco que ya apenas escribo relato y estoy centrado en otras cosas, pero me pareció interesante, porque no había probado a hacer historias que no estuvieran ambientadas en un abstracto “ahora”. Eso me obligó a documentarme y, sobre todo, a adoptar un lenguaje distinto, pues la historia la cuenta uno de los implicados, así que debía ser narrada con un estilo diferente al habitual, como la contaría uno de esos caballeros de chistera bajo una luz de gas.

El resultado es “De hombres y héroes”, que por supuesto:

1) He entregado tarde.
2) Me dieron 10.000 caracteres para llenar y he devuelto 9.999 ocupados.
3) Comienza con un homenaje al género y acaba por caminos completamente distintos.

Sé que saldrá publicado antes de que acabe el año, aunque, como siempre en estas cosas, ni idea de la fecha exacta (claro, que no puedo ser yo quien pida nada a las fechas previstas).

He aquí cómo empieza esa historia.

DE HOMBRES Y HÉROES

El mundo está cambiando, ¿ha leído ese artículo de “Los Lunes en el Imparcial”? Podemos retratar fielmente todo lo que ocurre, ahora también en movimiento, hablamos al instante con quien esté al otro lado del planeta y cartas y viajes nunca fueron tan veloces.

Todo se mueve demasiado. La predicción de ese acertado escrito es que en este nuevo siglo XX que nace, el ingenio humano llegará a su límite.

Llegados a ese punto, quién sabe.

Un mundo tan veloz es convulso y necesita héroes. Por eso el capitán Quesada recorrió tantos kilómetros, para que el paladín de Melilla fuera también el de Madrid.

El capitán Quesada era caballero español, de los de joven bigote pulcro, planta guerrera y modal exquisito, con educación cincelada en Salamanca.

Durante una entera y aciaga noche rechazó a las cabilas rifeñas que asolaban Melilla, animó el corazón de sus hombres y organizó el contraataque, con la bandera en mano y una invocación a Santiago en los labios.

Esa misma bandera amaneció izada en la plaza y con el moro en fuga.

Todo el país conocía la gesta del capitán tanto como su perfil de galán, pues cada periódico se hacía eco de ambas cosas. Soltero y en sus veinte, ellos lo admiraban y ellas suspiraban.

Quesada llegaba a la capital a recibir su medalla, pero venía a algo más, pues comenzó carrera en la Guardia Civil y el Ministerio le había asignado una tarea especial.

El capitán iba a librar batalla contra otro enemigo tan peligroso como el árabe. Nadie sabía quién era, pero ya le habían puesto nombre: el “Demonio de la Latina”. Que no sería tal, pues los demonios son hombres, pero así tintineaban más céntimos en los periódicos.

Tres jóvenes ya, muertas en los callejones del barrio medieval, como algunos años antes ese tal Jack hizo en Londres. Sin embargo éstas eran sencillas damas y no meretrices de la calle.

“La más joven, dieciséis, la mayor diecinueve. Todas humildes, pero respetables”.

Y el temor conquistó Madrid y la policía sus calles. En la semana que vivió atemorizada la capital, vino el capitán Quesada.

“Sé que es irregular, capitán, pero nos gustaría que se pusiera al mando y cazara a ese monstruo. Madrid necesita a sus héroes”. Y el capitán, si el deber llamaba, se cuadraba con un taconeo.

La noticia hizo que la moral subiera y las calles tuvieran más vida tras ponerse el sol, Quesada era el perro pastor y muchos salían por si lo encontraban de patrulla, para saludarle sombrero en mano o presentarle a sus hijas.

El capitán pidió que viniera con él un humilde servidor, Emilio Puerta, aunque mi nombre no importa ni dejará marca en la historia. Yo estuve con el apuesto Quesada en Melilla y allí me dejé parte del alma y del rostro, pues la guerra me lo arrancó de un estallido. De la parte derecha quedó sólo hueso, carne quemada, cicatriz y también nada donde antes había algo.

Me fabricaron media máscara para mi deformidad, que el artesano intentó pintar de mi mismo color de piel e incluso dibujar un ojo que parecía de muñeca.

Desde entonces evité los espejos, aunque no eran lugar en el que me gustara quedarme antes, pues apenas di la altura para el servicio, el ojo que se me arrancó era bizco y la nariz, que conservé cuando hubiera querido verla marchar, demasiado grande.

“Ayúdame en esta misión y te ascenderé, cabo Puerta”.

“No quiero ascensos, mi capitán”.

“¿Qué quieres pues?”

“Han estrenado Cyrano en el Principal de Madrid, con Fernando Díaz y María Guerrero. Me gustaría verla”.

Y el capitán sonrió.

“Haré que tengas un palco sólo para ti. Eres un hombre extraño, Puerta, no quieres lo que los demás”.

“Sí que lo quiero, capitán. Pero supongo que me he resignado a que no lo tendré”.

[…CONTINUARÁ…]