Nunca vas a creer que lo has conseguido

Nunca creeras que lo has conseguido

Escribir tiene no pocos enemigos. Bajo el flexo todo va bien, en las sombras más allá de ese círculo de luz, se arrastran cosas.

Jim Jefferies es uno de mis cómicos favoritos. Una tarde de domingo escupe uno de sus viejos números en mi televisión. Habla de cómo él, lo único que quería, era actuar ante un público, lo maravilloso que sería conseguirlo.

Y actuó ante un público y pensó que, lo maravilloso en realidad: «Sería que me pagaran».

Y le comenzaron a pagar.

Entonces pensó que lo genial sería figurar como cabeza del cartel de un festival en el que participaba, pues era mejor que los demás idiotas, y luego mudarse a América y grabar un DVD y tener un especial y rodar una serie…

«Y ahora soy una estrella de televisión y quiero matarme. En este puto momento estoy en un teatro con las entradas agotadas en el puto West London, este era mi sueño de niño y, ¿sabéis lo que voy a hacer esta noche? Llorar hasta dormirme».

¿Es hilarante o no?

La siguiente frase llega sin aspavientos, un tono más suave y un poco cansado, el crac que abre una grieta de arriba abajo:

«Y eso me pasa porque me enseñaron a soñar».

Y tiene toda la razón, pero la culpa no es de los sueños. Como casi siempre en la vida, la culpa no es de nadie en realidad. Es, simplemente, la naturaleza de la bestia, de la humana y de la del arte.

El síndrome del impostor se ha hecho famoso, tiene un nombre pegadizo y una sonoridad, pero no es el único enemigo. Hay otros más sibilinos con los que pelear en silencio, uno de ellos: la sensación de que, no importa lo que logres, nunca creerás que por fin «lo has conseguido».

Somos un cubo con un agujero, no recuerdo bien dónde lo leí hace mucho, pero ahí sigue pegado. Un cubo con un agujero nunca se puede llenar, da igual el agua de todos los mares.

Hemingway envidiaba a Fitzgerald por su enorme éxito de ventas. Fitzgerald envidiaba a Hemingway por la admiración que la prosa perfecta de Ernest despertaba entre los más leídos. Ambos pensaban que no lo habían conseguido, mientras eran admirados por todos. Pero amar sólo a lo que no se tiene es nuestro verdadero nombre.

Así que he ahí otro fantasma con el que convives en el camino de la escritura, no importa lo que avances en él.

La sinceridad no combina bien con nada, pero ahí va.

Yo sólo quería publicar alguna vez alguno de mis cuentos. Y en febrero de 2007 el mensajero tocó a la puerta y trajo las copias de la editorial, tres relatos en negro sobre blanco, al lado de otros autores mucho mejores que yo. Un destello de ilusión breve al coger la caja y no sentir absolutamente nada un segundo después, al hojear el libro. ¿Mi pensamiento en el momento que tanto esperé?

«Bueno, ya está, supongo que esto es».

Al menos no lloré hasta dormirme, pues tengo la fortuna de hacerlo bien. También la de no batallar contra la depresión —quiero pensar—, como le ocurre a Jefferies y a los mejores cómicos, haciendo bueno lo de que los mejores payasos son los tristes.

Obviamente, luego quise una novela. Y luego otra y luego… No tengo ni idea. Si pregunto a esa voz, supongo que comprobar si el rey de Suecia tiene las manos frías y pensar:

«Bueno, ya está, supongo que esto es».

Pero en realidad nunca está. El logro tiene espinas.

No importan los avances, los halagos o las ventas, los premios, lo lejos o cerca que te quedes de la casilla de salida. Este «enemigo», otro más, no tiene un nombre sonoro*, pero tampoco le hace falta.

Nunca creerás que lo has conseguido, pero está bien, no pasa nada, es positivo, no estás roto.

El día en que crees que lo has conseguido sólo queda rendirse, así que supongo que es enemigo y gasolina a la vez. Esa insatisfacción es lo que nos hace ir cada vez más lejos: «A las estrellas por el descontento».

Y como con casi todo, lo mejor es aceptar que es parte de la naturaleza humana y la experiencia del arte, en vez de empeñarse en echar pulsos amañados.


*Tiene un nombre, tiene varios, uno de ellos: «Adaptación hedónica». Explica mucho, no sólo lo de hoy, pero me niego a llamarle así, es peor que mis títulos.

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2 respuestas

  1. Disfruto con tus reflexiones: además de muy entretenidas de leer y con bastante fondo, tienen la virtud de ser, a la vez, personales y aplicables a mucha gente. De hecho, me siento bastante identificado con muchas de ellas. La frase final de esta entrada me parece espectacular; te cito: “Y como con casi todo, lo mejor es aceptar que es parte de la naturaleza humana y la experiencia del arte, en vez de empeñarse en echar pulsos amañados.” Enhorabuena y gracias, Isaac.

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