Otro pedazo de Tres reinas crueles y una curiosidad

Otro pedazo de tres reinas crueles

De veras que no me gusta nada mostrar las cosas que están a medio. Los borradores son un asco, dan vergüenza, y supongo que así debe ser. De todas formas he aquí otro pedazo muy breve de Tres reinas crueles.

A la curiosidad de que siguen apareciendo tres equis cada vez que va el nombre del protagonista (creo que ya sé cómo se llamará, pero como todo lo que sé, se me acaba cayendo por el camino y se me rompe) se une la curiosidad de que una de las protagonistas femeninas ya salía en otra historia que de momento duerme el sueño de los justos. Aquella historia orbitaba alrededor de ella, ésta no, pero da igual, porque cuando aparece, ella exige que sea así, pues es una verdadera reina cruel.

Y lo dicho, aquí dejo un pedazo más, antes de que me arrepienta.


Era un bar que se había caído en la nada mesetaria que había a medio camino de Madrid, al borde de una carretera que ya nadie usaba. Era un sitio triste, un poco sucio y algo sórdido, porque lo habían dejado solo igual que a todos los viejos; casi nadie pasaba ya por allí y, como mucho, bajo su techo sólo acudían otros viejos como él, de algún pueblo cercano o a saber. A otra clase de visitantes no podía aspirar ya ese sitio, pero aquél no debía ser un día cualquiera, porque primero entró él y media hora más tarde entró ella. Se llamaba Sara, aunque él aún no lo sabía cuando la chica atravesó la puerta desvencijada, haciendo sonar campanillas más alegres que cuando llegó XXX.

Sara era una fuerza de la naturaleza y no había otra manera de decirlo, estaban las tormentas, los tornados, el fuego y Sara. Algo temblaba dentro si estaba cerca, notabas un viento que alzaba las servilletas y te obligaba a mirar quién invocaba aquello. La primera vez que la veías pensabas de Sara lo mismo que de la tempestad, que era bonita y al acercarte te mataría. XXX se acordó del profesor que le robó después de enseñarle y también de las mejores amantes, las que te dan todo y sabes que te destrozarán justo antes de abandonarte. Sara se subía a tacones que no le hacían falta y derrapabas por la curva de sus vaqueros hasta estrellarte con dos ojos distintos, uno verde y uno azul que aparecieron al quitarse las gafas y observar al local y su mugre. Él no podía recordar los ojos de nadie, asumía que todos eran marrones y comunes como los suyos, pero los de ella no se podrían borrar ya. Sara caminó hasta una mesa al fondo del bar, clavó su bandera dejando el bolso y se sentó como si fuera suya, como si todo lo fuera. Sopló cabello rebelde y oscuro del rostro y se puso como una tiara las gafas de sol que llevaba en la mano. Su melena era densa, poderosa y negra, hecha de mechones ondulados que amenazaban con convertirse en serpientes como los de la Gorgona de las leyendas. No podías mirar a otra cosa que no fuera ella y XXX lo hizo de reojo, porque igual que Gorgona, mirarla demasiado amenazaba con convertirte en piedra. Sara pidió café solo, sin por favor. Se lo tomó anotando algo en una libreta que sacó del bolso y una de las veces en las que levantó la mirada, se cruzó con la XXX y en algún sitio lejano chocaron dos espadas. Ella cerró su cuaderno sin dejar de mirarle, acomodó bien la gomita que tenía para ello y lo metió de nuevo en el bolso. Se cruzó de brazos y le observó. A veces, en algunos gestos, aparecían unos hoyuelos en las mejillas de Sara.

Si quieres saber cómo sigue, puedes apoyar a Tres reinas crueles aquí.

5 responses

  1. Me gusta sobre todo la visión del narrador… Esa mirada atenta, que pretende distanciarse pero advierte cada detalle, describiéndolo todo, percibiendo para el lector lo que éste es incapaz de ver por sí mismo. Nada en ella, en ese personaje poderoso y desafiante -que se nos presenta temible, déspota y cruel en ese bar-, queda sin escrutar. Genial. Gracias. Esto promete… Un saludo.

    P.D.: Tu captcha no es de fiar. No basta que le dé la contraseña, hace juicios de valor… Me odia. No entiendo por qué he de discutir con él cada vez que quiero dejarte un comentario… No pienso ceder. Soluciónalo. La culpa es suya, no atiende a la lógica…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *