Otro pedazo más de lo que llevo entre manos

Cuando rompes por primera vez una regla, la línea roja de advertencia trazada ante ella se diluye un poco. Así que la segunda transgresión siempre es más fácil. Tres transgresiones más y las pisadas borran para siempre la raya. Igual es que esas líneas las trazamos con tiza y no mucha.

Quizá por eso he aquí otro trozo suelto de lo que llevo entre manos, otro de esos que nadie quiero que vea hasta que no esté vestido del todo.

Pero hace calor, son demasiados días seguidos sin hacer otra cosa que escribir (y los que quedan), así que ya no hay noticias de ninguna línea roja y ningún rastro de sentido común.

* * *

—¿Está bien usted?

Tres palabras fueron lo que dedicó con desgana la dueña del bar a Telesforo, que se levantaba con dificultad del empujón recibido. En su caída volcó con estruendo dos banquetas y aterrizó sobre la mezcla de basura difusa que se amontonaba al pie de la barra: peladuras de panchito, cabezas de gamba, pelos y suciedad. La dueña del bar no se preocupó mucho más que por preguntar y él se limpió una mano en el traje, manchándolo más. Ya verás su madre qué enfado. Siempre se estaba arruinando los trajes, siempre los estaba ensuciando por torpe o rompiendo porque era demasiado enorme y sus movimientos patosos. A sus cuarenta y dos años inició la vida con un mal nombre, luego siguió con una mala infancia, donde era tan grande que todas las burlas lanzadas acababan dándole a él. De adulto seguía bajo las alas de su madre y como Telesforo no era muy brillante, tuvo que agradecerle a su corpachón que le admitieran como gorila en esa extraña empresa. Así lo llamaban, gorila, lo cual era un descanso, porque odiaba el nombre que cada dos generaciones alguien tenía que llevar en la familia de su madre y que le cayó a él. Gorila haz esto, gorila haz lo otro, le decían. Últimamente lo único que hacía gorila era acompañar gente hasta la puerta. Gente a la que echaban porque la economía, ya se sabe, estaba mal.

Los había visto llorar, suplicar y enfadarse. Prefería a éstos últimos, porque al menos sabía lo que tenía que hacer, cogerlos con sus enormes brazacos, levantarlos mientras pataleaban en vano y sacarlos a la calle. Si insultaban, estaba acostumbrado y, aunque las palabras eran más soeces, nunca resultaban más hirientes que las que le clavaron de crío. Cuando las recordaba, aún le dolían las cicatrices de esas burlas, como si debajo estuviera infectado. Los que suplicaban eran los peores, porque él nunca sabía decir que no y nunca sabía qué otra cosa decir. La pena le partía el alma a Telesforo, porque “el corazón que llevaba dentro ni le cabía en ese pecho tan grande”. O eso le dijo una vez una chica de administración, la única con la que hablaba y que le dijo que no cuando él le preguntó si quería ser su novia. Así se lo dijo además, “¿quieres ser mi novia?” Sin holas de por medio, a bocajarro en un pasillo, sorprendiéndola al día siguiente del cumplido. Le alivió, no obstante, que la chica le dijera que la negativa “era por ella, no por él”. Que estaba en un mal momento y en realidad no quería nada con nadie. Lo contó a sus compañeros de seguridad y desde aquel día se burlaron también con eso. Todos decían cosas sucias de ella, como que se la follaban y que la boca que había sido tan buena con él, chupaba todas las pollas a cuatro plantas de distancia. Le hacían gestos obscenos para rematar la frase.

—Todas, menos la tuya, gorila.

Por supuesto no los creía, porque la gente es mala, como siempre decía su madre. “La gente es muy mala, las mujeres las que más. Yo soy la única que te querrá”, sentenciaba.

Telesforo estaba avergonzado de la caída y el ruido. La dueña del bar, con los brazos en las caderas, le miraba como las vacas al tren. Los parroquianos se giraron un segundo hacia el estruendo y luego hacia la puerta, por donde esos dos tipos habían salido corriendo. Finalmente les atrapó de nuevo la televisión.

Telesforo balbuceó un perdón mientras ponía de pie las banquetas volcadas. Un río de sudor bajaba por la frente, manando más del ridículo que del esfuerzo. Luego sacó un billete para pagar su tila doble y destrozos inexistentes antes de marcharse. Lo hizo con otro perdón a medio murmurar que nadie escuchó.

Salió a la noche y la notó fresca, porque se encontraron la brisa y su sudor.

La vida le había dado la oportunidad de encontrarse de nuevo con el que había acompañado a la calle esa misma mañana. Quería disculparse, quería decirle cuánto lo sentía. Telesforo no sabía que se había ido por propia voluntad, sólo sabía que ya eran demasiados los que sacaba por esa puerta y no dormía bien, estaba hasta pensando en dejarlo, pero era el único trabajo que podía conseguir y por el que su madre no le estaba fustigando cada día. Al menos en ese llevaba traje y eso lo hacía parecer respetable. Un traje que se había arruinado con la caída y que le valdría un responso que le aterraba y azotes con la zapatilla.

Había visto casualmente entrar a ese hombre en el bar, con su amigo el tatuado y le surgió a Telesforo un valor desconocido. Así que le siguió para decirle, de veras, que lamentaba lo que le había pasado. Quizá, si no se cortaba bruscamente la conversación, podría preguntarle si necesitaba algo y tener así dos amigos, la chica de administración y ese hombre. A lo mejor tres, el de los tatuajes parecía simpático.

Pero la vida, a la manera en que la vida siempre le trató, le puso las cosas al alcance y en el segundo final se las arrebató, riéndose en su cara. En el mundo de los Telesforos, esa era la recompensa para los que osan tener valor.

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