Pedazos

pedazos de tres reinas crueles

Tres reinas crueles está hecha pedazos. Dividida en 47.424 palabras exactamente (unas 244 páginas según se suelen contar tradicionalmente). De todo eso sobra más de la mitad y aún queda otra por escribir, al menos. Hoy es una historia fragmentada, pero es que no sé hacerlo de otra forma. Siempre confío en que, de en medio del caos, surja algo con sentido. Es una apuesta que espero que salga mejor que las que va haciendo su protagonista.

Y cómo la historia está hecha pedazos, eso es lo único que puedo mostrar, pero sólo un poco.

Así que he aquí, para los que tengan más curiosidad, dos pedazos sueltos, cogidos de un aquí y un allá muy lejanos el uno del otro en la historia.

Además, se puede apreciar una cierta curiosidad en uno de los textos. Los nombres me parecen algo importante, así que no los pongo así como así, como a día de hoy no sé cómo se llama el protagonista, cada vez que tengo que escribir dicho nombre, pongo XXX (y si hay más personajes en la misma situación, voy poniendo YYY, ZZZ, etc). Cuando al final tengo claro el nombre, hago que el software de escritura busque todos los XXX y los sustituya por dicho nombre. Así que por eso aparecen las tres equis en el primer texto.

La cigarra y la hormiga

En el cuento de la cigarra y la hormiga, a XXX la cigarra no le cayó bien y la hormiga le pareció el ser más cruel de cuantos había. Con toda su comida alrededor como si fuera el tesoro de un dragón avaro, dejó a la cigarra morir de frío. La observaba agonizar y pedir ayuda ahí fuera, y mientras ella sonreía y daba otro bocado, sin querer compartir, incluso cuando parecía sobrarle tanto de lo que acumuló en el buen tiempo. Cuando su madre le leyó la historia por primera vez, XXX no supo que pensar. ¿Se supone que había de tomar partido entre el burlón perezoso y el trabajador que se convierte en asesino al llegar la nieve?

Aquel cuento, supo después cuando abandonó la casa de sus padres y vio mundo, era el más real de todos los que le leyeron, porque no hay buenos ahí fuera, sólo gente que mientras es verano lo parece. Tras hablar con su madre al terminar la historia, intuyó que la hormiga había hecho lo correcto y así parecía entenderlo todo el mundo también. Desde entonces, ignorar al que se muere de frío y tiene hambre es lo correcto y lo que hace toda persona honrada. Te lo enseña el cuento cuando eres crío y se graba hondo.

El restaurante

—¿Sabes a qué vas al norte? —le preguntó Sara mientras cenaban bajo techo en un sitio clavado en el corazón de Madrid. Había violines de fondo y mucho traje caro y vestido bonito en las mesas.

Les habían dado uno de los mejores sitios, al lado de un gran ventanal. Él miró hacia afuera, las calles iluminadas y mucha gente con prisa para divertirse, que era sábado por la noche. En realidad la pregunta de Sara no tenía mucho sentido, pues había dejado de ir al norte. Hacía cinco días que dormía con ella en colchones cómodos y sábanas siempre limpias de hoteles en la capital. Uno se acostumbra pronto a lo bueno y se dice que tiene que seguir su viaje, pero añade “algún día” al final de la frase y así mata todo el poder que les quedara a las palabras.

—No vas al norte a buscar nada —le contestó ella misma—, vas al norte a destruirte. Y durante todo el camino vas evitando llegar, vas evitando hacer lo que tienes que hacer y vas evitando que aquel maestro que dices que te robó tenga razón. Pero no vas a poder evitarlo —le señaló con el tenedor—. La razón te encuentra y te destruye.

—Creo que tú me destruirás antes.

Sara se rió con la ocurrencia y puso los ojos en blanco y resopló, como una de esas niñas a las que criaron sin negarles nada.

—Eres un dramático. Yo no te destruiré, como mucho haré que te maten —sonrió un poco, comiéndose la aceituna de su tercer Martini—. Cuando sigas tu rumbo o lo que sea —Sara hizo un gesto de cierto desprecio con una mano, como si el viaje, igual que cualquier cosa, no fuera más importante que ella—, vas a encontrar lo mismo que hay al final de todos los caminos, la decepción. Eso sí que destruye.

Y le señaló con el palillo de la aceituna que volvió a dejar en la copa vacía. Señalar estaba muy feo, pero como con casi todo, Sara podía hacerlo sin consecuencias.

Y hasta aquí los pedazos. Si quieres apoyar a Tres Reinas Crueles para que junte los pedazos antes de lo habitual, puedes hacerlo aquí.

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