Por qué escribimos

Por qué escribimos

Toda la (poca) paciencia que tengo es impuesta. Por los demás, por las circunstancias, por cómo funcionan las cosas… Si por mí fuera, lo querría todo y ya.

No puedo hacer las paces con el tiempo, cometo el error de verlo como un enemigo y supongo que, paradójicamente, el propio tiempo curará eso, pero de momento no es así. Soy impaciente y eso me crea problemas, pero no serlo me crearía más, sería más indolente y haría menos, que me conozco. El día en que no me importe el paso del tiempo, sé que lo perderé a manos llenas.

Todo esto como introducción (y excusa) para un pequeño extracto de un artículo escrito para cierta revista cultural con la que colaboro.

No estoy muy seguro de cuando saldrá, les gusta trabajar con tiempo y con método y está bien, es parte de lo que les hace buenos.

El artículo se titula “Por qué escribimos” y he aquí ese breve extracto.


Anäis Nin respondió antes que yo a esta pregunta de por qué escribimos. Sin duda lo hizo mejor cuando dijo que lo hacíamos por una razón muy sencilla: para saborear la vida dos veces. En el momento y en retrospectiva. Al final, como cuando lees, al escribir lo que quieres es, simplemente, más vida. Y escribir debe ser una vida de verdad, porque como ella, produce momentos de placer extraño y un sufrimiento y un coste que bien conoce el que se ha sentado y “sangrado”, que decía Hemingway.

Siempre me ha fascinado la escritura. Mis padres compraron una Olivetti Lettera 42 y, “por mi bien”, me obligaban a realizar los ejercicios del manual que traía: “as, as, as…” una y otra y otra vez. No tardé en cambiar las repeticiones del manual por historias propias y mis padres lo aceptaron. Es decir, que me dejaron por imposible como siempre […] lo agradezco, porque entonces descubrí que la escritura tenía algo. Tenía poder. Y esa no es sólo una licencia literaria, es algo real, que es de lo que quería hablar/escribir aquí.

Yo era un crío fantasioso. Me gustaban las historias de los viejos magos, que usaban alfabetos y signos sagrados, los escribían y eso les otorgaba poder. Eran leyendas, claro, pero en el fondo los viejos magos sabían algo que hemos demostrado hace poco. Que escribir es poderoso y, a lo mejor lo que quiero es sólo eso, poder.

Desechamos aquella leyendas como supersticiones, pero algunos se dieron cuenta de que quizá no eran sólo eso. Así que pusimos nuestras máquinas, números y los fríos métodos de la ciencia a ver cuánto había de verdad en que la escritura tenía poder. Y si no, pues mataríamos a la leyenda de una vez por todas.

James Pennebaker es médico y está fascinado por la escritura. Durante más de veinte años la ha estudiado, ha medido sus efectos, ha asignado a muchos de sus pacientes la tarea de escribir y lo ha controlado todo minuciosamente. Con eso descubrió que los viejos magos eran viejos, pero no tontos.

En 1986 concluyó que escribir sobre experiencias traumáticas estaba asociado a incrementos a corto plazo en una mejora fisiológica y una disminución, a largo plazo, de problemas de salud.

Lo intuía y tuvo razón, la escritura curaba. Así que profundizó más, repitiendo en un entorno clínico lo que había empezado en el laboratorio.

En 1997 vieron la luz nuevas conclusiones y descubrió algo que los que escriben a menudo ya sabían. A muchos la experiencia de escribir les resultaba dura, a veces molesta, les removía por dentro. Pero esos mismos también la reconocían como un acto valioso, con significado.

Resultaba muy curioso. El impacto inmediato de una escritura expresiva y emocional de lo que les ocurría, producía un incremento a corto plazo en el malestar y los síntomas físicos. Empeoraban en el momento respecto a los sujetos de control (a los que se les pedía escribir de manera robótica, sin invocar sentimientos o sensaciones internas). Pero pasado eso, se encontraban resultados objetivos y subjetivos de mejora por parte de aquellos que escribían de manera expresiva. Lo más curioso era que los efectos resultaban mayores si construían una historia propia, en vez de una enumeración inconexa de hechos.

Como el propio Pennebaker dijo:

“La gente capaz de construir una historia, de crear alguna clase de narrativa en el curso de su escritura, parece beneficiarse más que aquellos que no lo hacen […] En otras palabras, si al principio no están estructurados o coherentes, pero con el tiempo construyen algo con sentido, parecen beneficiarse mucho más”.


Y hasta aquí el extracto, pues debo esperar (con paciencia) a que el artículo vea la luz.

5 responses

  1. “Toda la (poca) paciencia que tengo es impuesta. Por los demás, por las circunstancias, por cómo funcionan las cosas… Si por mí fuera, lo querría todo y ya.” Tal que así soy yo, por eso nunca he programado ni una sola entrada en mi blog, cuando escribo el botoncito de publicar me llama. ¿Por qué escribo yo? No lo sé, pero me viene de dentro, es algo que hago desde que tengo uso de razón, supongo que para mí no escribir nada sería como morirme, sería un pecado, sería… no ser yo. Y es cierto, soltarlo todo en “papel” ayuda mucho. Cuando salga el artículo avísame para leerlo completo. Biquiños!

  2. Las leyendas serán entendidas de forma unánime, con el tiempo o por el tiempo, como mensajes disfrazados. No importa que mito o leyenda tomemos, en el fondo todas comparten la misma estructura; la estructura de la mente. El mito del héroe, que se desparramó por todas las culturas, aparece desde el origen del hombre en cada rincón del planeta, en cada tribu, como la forma mas eficiente de explicar como funciona la psique. Narrar historias, creo yo, es un intento personal por adueñarse de ese antiguo método y hacerlo propio con el fin último de explicar nuestros propios cambios. Leer lo que escribimos es apoyar un espejo enfrente de la cara de uno mismo, es encontrar las diez diferencias entre el antes y el después de haber construido una historia. Como siempre pasa, nunca somos los mismos después de una historia. Todos los conflictos los llevamos a cuesta, y es la voz de los magos que llevamos dentro la que nos impulsa a escribirlas con los signos que nos enseñaron. Ellos pusieron los símbolos, en algún momento del pasado. Nosotros le damos nuestra forma, cambiamos al dragón por una mujer, al mentor por un educador, pero ellos observaron al sol y lo dibujaron en el centro de una cruz. Podemos adorarlo en nombre de Jesús quietos en un iglesia, o podemos tomarnos toda una noche para escribir sin pensar lo que esos símbolos nos disparan. Prefiero este último, prefiero ser yo el que crea a los dioses.

    “Usted puede quitarle al hombre sus dioses, sólo dándole otros.” Carl Gustav Jung

  3. Interesantísimo blog y estupenda entrada. Gracias por tus aportaciones. Esta tarde me he dedicado a perderme por la red sin rumbo fijo -mentira, después de muchos años por fin me he decidido a escribir y quería que alguien me contará- y te he encontrado a ti. Me seguiré asomando a esta ventana, saludos. Aurora

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