Por qué somos incapaces de ver nuestras erratas al escribir

Por qué no podemos ver las erratas

Quien escriba con asiduidad algo con más que un par de párrafos ya sabe cómo va esto y ya sabe cómo lo odia. Las malditas erratas, que se esconden tras las palabras y tú que miras cien veces y crees que está bien, pero no.

Llega el momento, alguien lee lo que has escrito y esa emoción que querías rozarle como no lo habían hecho nunca otros se resume en un: “aquí hay una errata”. Y por un segundo nada más importa y te preguntas si estás ciego o eres tonto y además es que no puede ser, que lo leíste cien veces y, como eres un obsesivo, lo leíste cien más y todo estaba bien, todo era perfecto, las palabras que moverían un mundo.

“También has escrito esto otro mal”.

Y así siempre.

Nadie se libra, ni el más obsesivo, ni el más listo, ni el que mejor escribe. Tú no ves que haya erratas y entonces viene otro, que ni siquiera es muy ducho en lo de las letras y le sobresale ese error como una sirena que parpadea, lo ve y es como una arruga en la sábana y no gusta. El que lee se tropieza en la falta de ortografía o el error gramatical y todo lo que construías se viene abajo, aunque sea un poco.

¿Cómo es posible la imposibilidad de ver tus propias faltas? ¿Es porque somos tontos? ¿Que no sabemos escribir y además unos descuidados? ¿Lo achacamos al despiste de los genios y contamos eso de que a veces Einstein no sabía si iba o venía cuando le paraban para charlar y luego reemprendía su camino?

Se debe, simplemente, a que somos humanos y las personas nunca vemos el mundo como es en realidad.

Eso es algo bastante obvio cuando uno debate cualquier tema con otros, escucha hablar por televisión o se da una vuelta por Internet. La gente no parece darse cuenta de cómo es el mundo y ve cosas que no son. En este tema también, pero en un sentido más literal. En el caso de las erratas nunca vemos el mundo como es en realidad y menos cuando leemos lo que hemos escrito.

Nuestro cerebro puede ser una máquina magnífica (presupongamos que a veces se usa porque si no, es ese deportivo en el garaje, tapado por una lona) pero también es perezoso. Intenta ahorrar energía porque es muy valiosa y también construir atajos para resolver rápidamente las cosas, porque evolucionó en un tiempo donde ser más rápido te permitía sobrevivir mejor que ser más concienzudo.

Por eso, cuando escribimos y leemos y releemos otra vez, nuestro cerebro no se para a observar y analizar lo que ve, acude a la memoria y hace una mezcla de lo que recuerda, lo que lee y lo que espera ver.

Por eso somos ciegos, porque no vemos las palabras que realmente hay, sino esa mezcla proyectada. Por eso alguien que lee por primera vez el texto detecta enseguida los errores, porque no tiene memoria de lo escrito, ni expectativa, ni conoce de antemano el significado. Su cerebro no puede usar nada de eso para superponerlo a la realidad y por tanto ha de ver lo que pone realmente y detecta las incongruencias. Lo mismo pasa si dejamos mucho (pero mucho) tiempo en reposo el texto, nos olvidamos, debemos aprender otra vez qué pone y por eso saltan esas erratas que no veíamos y que era imposible que aún estuvieran. Pero están.

Tom Stafford estudia esta clase de errores y lo explicaba de manera más concreta, no hace mucho, en la revista Wired. Lo hizo hablando de funciones cerebrales elevadas y otras más encargadas del trabajo tedioso, como captar los errores. Para escribir bien o leer, para crear, comprender y captar significados y patrones, necesitas las primeras funciones y a veces eso implica relajar las segundas.

Al final todo se resume en lo mismo de siempre, que no vemos las cosas como son, sino como queremos y como esperamos. Y con las erratas también lo hacemos así.

Aunque Stafford aboga por intentar hacer nuestro trabajo todo lo extraño que podamos (fuentes diferentes, colores chillones para el repaso), a fin de que aparezcan elementos nuevos y obliguemos a nuestra cabeza a mirar como si fuera la primera vez, uno ya ha aprendido de sobras en la vida que nada va a ser como esa primera vez. Siempre será más efectivo dárselo a otros, esperar remover sus sentimientos, que se emocionen y te miren como a ése que les llegó hasta el lugar que no sabían ni que tenían.

Y toda esa fantasía se cae al oírles decir, con tono nasal, “aquí hay una falta”.

6 responses

  1. Ufff, lo que te entiendo. Y yo que en mi trabajo me encargo de corregir los documentos y formatearlos, cuando me dicen: “esto de aquí está mal” después de estar hora y media dejándome los ojos en la pantalla del ordenador se me cae el alma a los pies. Menos mal que no soy yo sola, aunque mal de muchos… xddd! Biquiños!

  2. Nunca he pensado que una errata sea lo suficientemente importante como para estropear toda una obra. Bueno, la verdad es que sí, pero sólo cuando se trata de mis propios textos…

    Tengo la mala costumbre de corregir las erratas que suelo encontrar en mis lecturas (no siempre, pues a veces no procede, está claro) y esto cabrea bastante (¿Por qué no me he dado cuenta del fallo antes, por qué otros y no yo?) La verdad, siempre me ha preocupado mucho que haya erratas en un texto, porque soy una neurótica; pero, ahora que he leído tu artículo, me siento mejor (y no sé por qué, a mí tampoco me consuela no ser la única). Pero me siento como si mis erratas pasadas, presentes y futuras pudieran justificarse de algún modo, porque son el resultado de un despiste, de una mente saturada de información… y no el reflejo de nuestra ignorancia…

    De todos modos, creo que una maldita errata no va a impedirle a nadie apreciar el contenido ni la calidad de un texto. ¿Que alguien ha visto una errata? Lo siento, no fue a propósito…, un pequeño descuido lo tiene todo el mundo.

    Gracias. Un saludo.

  3. Cuando monté mi web, en el título ponía “correciones literarias”. La errata fue cosa del diseñador, pero yo había visto tantas veces la cabecera que ya no registraba el error. Genial para una correctora, ¿verdad? Por suerte me lo indicó una amiga, a la que quise y odié a un mismo tiempo.

    También hay gente que me señala faltas que no son faltas, claro. Algunos lo hacen con un extraño orgullo malicioso. En general, se equivoquen o no, ese orgullo me desconcierta. Yo procuro no corregirle nada a nadie si no me lo piden o me pagan por ello, así que no entiendo muy bien esa satisfacción como de venganza. Mi madre pega gritos de felicidad, y prometo que por lo demás es buena persona.

    En fin, otra idea para un artículo que me has pisado (hace poco pensaba hablar sobre cómo lidiar con las críticas, pero entonces escribiste un artículo sobre ello). Iba a decir más o menos lo mismo, lo de cómo el cerebro se adelanta a lo que ya conoce y rellna ls huecos. Sea como sea, este post es excelente 🙂

  4. La berdad, me siento muy hidentificado, boy por mi segundo borrador de mi novela (160.000 palabras)…y yo, por más que miro…que no beo nada, estoy undido! !como me se pueden escapar las faltas de ortografias, si soy un acha! Venditos pre-lectores!. Y menuda cura de humildad!

    PD: Estoy preocupado de que no se note el sarcasmo de mi frase

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