Primer capítulo de la próxima novela, la segunda parte de la Octava Familia

Trescientas páginas y contando, la segunda parte de la Octava Familia avanza. Mi plan es que vea la luz antes de Navidad y que Nero, el Carroñero, Roger, César y Lara Santiago, el Condottiero y los demás se enfrenten a sus destinos entonces.

Como anticipo he aquí el primer capítulo. Igual que en la anterior parte se trata de un prólogo que retrata un acontecimiento que ocurre más adelante dentro de la novela y es relatado por Nero, el personaje principal, en primera persona.

Sin más, he aquí cómo empezará la segunda parte de la Octava Familia.

PRÓLOGO: NIÑOS

Niños.

Eso había traído Roger a esta guerra. Un ejército de niños. Lo único que había podido reclutar para su cruzada, lo único que creyó en sus promesas de gloria como cantos de sirena. Porque siendo niños no tenían ni idea de que esto dolía. Se han dado cuenta por fin de la amarga lección, de que éste no era un juego de trajes caros y pistolas relucientes, que mostrar a las chicas para impresionarlas.

Uno de los rebeldes de la Octava tenía la cabeza entre las rodillas, el traje sucio, la corbata floja y la camisa desabrochada. Apenas debía tener veinte, sujetaba su arma con una mano temblorosa y luchaba por ocultar su pánico. De vez en cuando, al intentar coger aire en su pecho abrazado por el terror hasta ahogarlo, sollozaba muy quedo, intentando que no le oyéramos.

Otro de los críos de Roger ya no derramaba lágrimas ni temblaba, aunque hacía minutos apenas se desangraba a unos metros de mí, llorando y llamando a su madre.

El médico que nos acompañaba no pudo más que rendirse en el pulso con la muerte y cubrirlo con una manta de esas plegables y plateadas, para tapar el destrozo y que las moscas que rondaban no se cebaran, ni en sus heridas ni en su dignidad. Aterrizaban como diminutos buitres en el borde del charco de sangre que comenzaba a desbordar por debajo de la cubierta. Roger estaba con la cabeza baja al lado del cadáver del muchacho al que había capitaneado hasta la muerte, si no lo conociera bien diría que rezaba por él.

Pulsé el botón de la culata que liberaba el cargador de una de mis armas. Éste se deslizó suavemente hasta la palma de mi mano, estaba vacío y conté lo que podía darle. Con tres magras balas podía alimentarlo, tres balas para todos los que nos rodeaban. Dos en realidad, si la última había de ser para mí. Así que tendría que hacer que contaran.

Con calma las metí en el cargador, como un artesano que pone las piezas de su obra.

Y allí estábamos, acorralados en nuestra huida hasta un edificio que ya se caía él solo a pedazos, en lo más hondo de los barrios del Norte. Entre todos lo herimos tanto en la batalla que hincará la rodilla y se derruirá antes de lo que le tocaba. Echando un vistazo a la mugrosa estancia no creo que la casa lamente una muerte más rápida de la que le esperaba sin nosotros, porque puedes lamentar muchas cosas de la muerte, pero no que se dé prisa en su tarea.

El suelo estaba tiñoso y lleno de escombro, polvo y pedazos de pared. Ésta estaba tan agujereada que la luz del sol, que había salido un instante como un oasis entre tanta lluvia, entró por los mil agujeros de bala que habían horadado los muros. Lo hacía en delgados haces de luz, que atravesaban la penumbra de la habitación por todas partes y en los cuales flotaba el polvo; tranquilo, perezoso como una mañana de verano, como si todo el caos que nos había empujado hasta allí no fuera con él.

En ese segundo de tregua tras la furia, con la luz, el polvo y el silencio, se estaba bien, se estaba sereno. O yo lo estaba, porque este umbral que pisas antes de llegar a tu muerte ya lo había visitado otras veces.

La primera me impresionó, sobrepasándome igual que al chico que solloza sentado en el suelo cerca de mí, qué vergüenza cuando lo recuerdo. La segunda vez apreté los dientes y no aparté la vista del lugar al que me iba a ir de un disparo, hasta que Roger se interpuso y lo evitó.

En esta tercera estoy bien, cuando atraviese por fin el umbral descansaré.

Pero hasta entonces, haré que duela a quien quiera llevarme allí.

Empujé el cargador de nuevo a su sitio, hasta escuchar el familiar clic. Después tiré de la corredera de la pistola para meter una bala en la recámara.

El sol, que había salido como una esperanza entre tantas nubes y tantas lluvias, se escondió de nuevo. No quiso ver lo que iba a pasar.

Compases de melodía triste se colaron por las grietas, sonaba aquella música melancólica de nuevo. Todos miramos hacia las ventanas.

Ya venían.

Otra vez.

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