¿Qué hace bueno a un libro?

que hace bueno a un libro

Como todo el mundo, me he hecho esa pregunta miles de veces y no voy a encontrar la respuesta, porque es fácil señalar cosas que convierten a un libro en malo, pero apuntar con el dedo lo que hace genial una obra maestra… Bienvenidos al barro y la niebla.

Además, quitar eso malo reconocible de un libro no lo convierte necesariamente en bueno. Puedes estar exento de clichés y lugares comunes, puede que tus personajes tengan más profundidad que un charco y que no hayas repetido la misma historia de siempre de la misma manera de siempre, pero eso no es garantía de nada.

La obra maestra provoca un efecto intangible que te cambia un poco para siempre, que te despierta esa envidia feroz y un gozo secreto. Algunos párrafos te dan una pequeña corriente inexplicable.

Pero no a todos y no siempre.

No importa si eres Márquez o Pizarnik, siempre habrá alguien que se quede completamente indiferente y el que dirá que es una mierda. De hecho, muchas obras imprescindibles hoy fueron consideradas un asco en su tiempo, muchas recibieron el reconocimiento años después, de una forma sutilmente cruel, pues ni su autor ni sus contemporáneos pudieron siquiera imaginarlo.

Conectar una máquina al alma de los mejores libros, para desentrañar sus secretos, no ha dado de momento mucho resultado. Lo que sale de ahí es pura anécdota que no revela nada. Ben Blatt trató de encontrar patrones en obras inmortales, comparándolas con otras que no tanto (Cincuenta Sombras, te miro a ti) y, aunque la premisa de analizar con algoritmos le dio para escribir un libro al respecto, la verdad es que los resultados son curiosidades y nada más, que tampoco dan pistas sobre qué hace «bueno» a un libro.

Como mucho, quizá Stephen King tenga razón con su yihad contra los adverbios terminados en mente, excepto si te apellidas Rowling, o quizá es verdad que no estás en un ascensor y mejor que no comiences hablando del tiempo, a menos que te apellides Steinbeck… pero poco más. El todopoderoso algoritmo tan de moda tampoco ha encontrado (aún) la fórmula de la inmortalidad.

El poder del nombre y de los demás para considerar una obra

La semana pasada hablaba de cómo, da igual que se trate de expertos o profanos, no hay manera de ponerse de acuerdo con la calidad de la escritura. Que el estudio que reseñaba se hiciera a ciegas, y que no hubiera implicados nombres famosos a la hora de valorar textos, da buena cuenta de que todo puede ser más caótico de lo que parece. Que un libro sea considerado bueno, obra maestra o bazofia, depende, en buena parte, del consenso de los demás, de lo que nos han inculcado históricamente y del nombre en la portada.

No lo neguemos, no tratas igual al libro que se llama de cierta manera, como ocurre en todos los aspectos de la vida.

Si leyéramos los libros sin saber autor o implicaciones históricas, los calificaríamos de formas muy diferentes, saldría otra vez ese caos cuando no tenemos que llevar la contraria a ninguna opinión establecida, o que ha sido transmitida a través de los tiempos.

Uno lee lo que dicen que es un clásico, avanza como por el fango, pero dado el nombre y la historia del libro, no sale a decir que esto es un asco, porque seguramente muchos le considerarán un asco a él. Si no le ha gustado, probablemente empezará a matizar su opinión y aflojar el volumen de las críticas.

Si fuera el libro de un desconocido el que ha causado tal impacto, la crítica sería descarnada.

Además de opinión, historia y nombre, el libro es inseparable de la circunstancia del que lo lee. Hay quien solo consume thrillers de aeropuerto y las sutilezas de una obra más «literaria» (signifique lo que signifique ese término infame) le pasan por debajo del radar, indetectables. El principio de Lolita le resultará incapaz de provocar la emoción que ha removido por dentro a millones.

Lo mismo ocurre al revés, no te planteas darle méritos a una «obra menor», ni siquiera para tus adentros, si eres de los que caminas en batín y monóculo por tu biblioteca de incunables. Si acaso te gusta, notas cierto remordimiento. Lo llamas placer culpable en voz baja si es que te atreves a hablar con algo de sinceridad, o vas con una sobrecubierta de Joyce sobre el libro de Clancy.

Todo esto, y que es imposible por principio conectar con todos, es inviable gustar a todos y, para apasionar a unos, debes recibir las piedras de otros. También como en todo en la vida.

Lo bueno para mí siempre se fue a los extremos y voló cerca del sol o se estrelló estrepitosamente intentándolo.

Al final, lo que hace a un libro bueno se escapa al intentar atraparlo, es una especie de vacío cuya silueta borrosa está determinada en parte por lo que no es: porque no se queda en medio de las cosas, no es la misma historia mil veces, no se queda en la superficie… Pero no es suficiente, ni mucho menos.

Hace tiempo se me quedó grabada la frase de que, para encontrar la felicidad, el primer requisito indispensable era dejar de buscarla de una vez por todas. En estos tiempos de obsesión estúpida por esa felicidad a toda costa (en realidad, fachada a toda costa) no viene mal recordar eso.

Cuando he leído una buena historia, o a veces he creído componerla yo, me he sentido un poco feliz al menos, a lo mejor es porque ambas cosas, felicidad y buenos libros, se parecen, y lo que hay que hacer es dejar de buscar la fórmula de una vez por todas.

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15 respuestas

  1. Si. Todo parece impostado. La gente habla sin saber. Por ejemplo (No digo que sea tu caso) la mayoría no tiene ni idea de qué es un algoritmo. Pero si alguien, a ser posible atractivo y con voz de locutor le dice “El algoritmo desarrollado por el MIT es capaz de determinar si una novela es buena o no”, se lo cree, “es cosa de los científicos”, “ellos saben”.
    La gente opina, no por si misma, sino por aquello que cree que la hará parecer más estupenda delante de los suyos, esto es, en twitter o en cualquier otro sitio.
    Los algoritmos no funcionan como la gente cree. Ni las inteligencias artificiales son inteligentes. Porque se mueven en su mayoría por algoritmos.
    Un algoritmo es solo un espejo. Nos devuelve lo que ya sabemos o creemos. No hay novedad. Es una simple devolución. Y ahí está el problema, los algoritmos se basan en aquello que ya consideramos bueno. ¿Y que consideramos bueno? Esa es la pregunta que no podemos responder, y por tanto, el algoritmo, jamás podrá resolverla.
    Dicen que decía Oscar Wilde, junto con Groucho y Einstein hacedores del 95% de las frases con gancho, que solo distinguía entre dos tipos de arte, el que le gustaba y el que no. No creo que haya un criterio mejor.
    Perdona el abuso.

    • Abuso ninguno. Conozco a uno de los mayores expertos en IA, un tapado que acaba de volver de Estados Unidos porque aquí ya se sabe. Le envié un chiste en el que un tipo estaba frente a una raya en la pared que ponía «estadística», no había nadie a su alrededor, le pone un marco bonito y lo llama Inteligencia Artificial – Machine Learning y ya consigue una audiencia. Le hizo mucha gracia.

      De abuso nada, de acuerdo en todo lo que dices.

  2. Hola,
    No sé por dónde empezar a aplaudir primero, aunque el aplauso vale en general para todo lo que has escrito.
    Me pondría a subrayar aquello que me ha gustado más, pero entonces acabaría subrayándolo todo (cosa que me ha pasado a veces). Elijo esta frase:

    “La obra maestra provoca un efecto intangible que te cambia un poco para siempre, que te despierta esa envidia feroz y un gozo secreto. Algunos párrafos te dan una pequeña corriente inexplicable.”

    Ese efecto, o alguno parecido, he tenido yo leyendo alunas obras; más en concreto, leyendo algunos párrafos o frases. Por ejemplo, lo he sentido leyendo novelas de Clive Barker y Neil Gaiman, leyendo “La señora Dallowey” de Virginia Woolf, y también con algunas frases de relatos de Bukowsky. Ya ves, una mezcla poco homogénea.

    Y aplaudo todo lo demás. Se trata mejor a un clásico por ser un clásico y como tú dices, di algo en contra y te cae la grande (o al menos te caen miradas con ceja alzada y movimientos de cabeza sutiles). Los hay quienes elevan la ceja cuando miran a los clásicos, y desde luego los hay que desprecian a la literatura de género como algo menor.

    No sé lo que hace a un libro bueno; al menos no lo sé “objetivamente” (lo siento, King: he usado un adverbio acabado en -mente), supongo que lo “sé” de algún modo visceral que es válido solo para mí (dejando de lado aquí el tema de una mínima correcta narración, ortografía, etc.)

    Y termino con más aplausos. Pero por pura fórmula, ya sabes.
    Un saludo,
    Óscar

    • Pues muchas gracias, de veras. Lo cierto es que mis gustos y corrientes eléctricas también están compuestas de una mezcla más que heterogénea. Hay cosas en común en todos los libros buenos, la otra gran curiosidad es que no tienen el mismo efecto en todos… Un saludo.

  3. Una vez más, has dado de lleno.
    Hace unos días me entretuve ojeando una de esas listas que aparecen en Internet, concretamente la de “Los 1001 libros que debes leer a lo largo de tu vida (o antes de morir)” o algo así. Cuando daba con un título que había leído pensaba “¡Que buena lectora eres!”. Por el contrario, había muchos títulos con los que no había podido ni antes, ni ahora. Infumables. Un asco, como dices. Y no diré cuales son, para que no me consideréis un asco a mí. Pero es así.
    Una vez, un enólogo de La Rioja, durante una visita a unas bodegas , bastante harto, supongo, de turistas sabihondos, dijo una verdad como un templo que desde entonces aplico a casi todo en la vida: “Un vino bueno es el que te gusta a tí. Por muchos puntos Parker que tenga, y por muy caro que sea, si a tí no te gusta, no es un buen vino”
    Todo lo demás son gilipolleces.
    Igual con los libros.

    Salud!

    • No son pocos los experimentos en los que el mismo vino, presentado de maneras diferentes, ha obtenido notas muy diversas por parte de expertos enólogos, que los creían distintos. Es el meta-poder de la historia. La historia del libro en sí afecta a cómo calificas a la historia que cuenta el libro, como pasa con los vinos.

      ¡Salud!

  4. Hola.

    La pregunta de qué hace bueno a un libro se podría aplicar a otras disciplinas artísticas: qué hace bueno a un cuadro, qué hace buena a una escultura, qué hace buena a una película… Uffff, menuda pregunta, la pregunta del millón.

    Para mí, lo que hace bueno a un libro consta de varios aspectos:
    1. Una historia que enganche.
    2. Un uso apropiado del lenguaje y con sentido estético.
    3. El llegar a lo profundo del alma y, por tanto, te haga más sabio o mejor persona o te cambie tu modo de pensar, tu manera de acercarte a una determinada cuestión.
    4. El que nunca pase de moda.

    Por otra parte, entiendo lo que Anna quiere decir con la cita del enólogo y mucha gente la suscribiría al cien por cien, pero… ¿es un buen programa de televisión “Sálvame” por el hecho de gustar a millones de personas? ¿Es televisión de calidad? Evidentemente, no. Por eso no se puede aceptar el simple criterio del gusto para catalogar la calidad o no de un libro. Y no, lo demás no son gilipolleces. El gusto también se educa o, al menos, uno debe tratar de hacerlo. Otra cosa es que únicamente te guíes por él y que no trates de acercarte a otras cosas. Así será imposible que evoluciones.

    Respecto a que la palabra “literaria” te parece infame, ¿por qué lo dices, Isaac? ¿Por el hecho de que amparándose tras ella se intentan vender libros que no merecen la pena? A mí, desde luego, no me parece infame. Es un vocablo como otro cualquiera.

    Un saludo literario desde Oviedo.

  5. Muy buen artículo.
    Cuando he visto el título me he dicho que no podía ser cierto, que era imposible haber dado con la fórmula de la coca-cola de los libros, pero sólo ha sido un segundo, porque enseguida me he dado cuenta de a quién estaba leyendo y el resultado ha sido, para mí, maravilloso.
    De todas maneras, como músico que soy, siempre pongo todo en función de esa premisa, y con los libros también. Como en la música, un buen libro esta siempre sujeto a la interpretación del mismo, no a la obra en sí, puesto que es nuestra voz interior la que lo interpreta.
    La base de una perfecta interpretación se empieza por el dominio de la obra, la repetición de pasajes para su perfecta ejecución mecánica, nada precipitada y muy controlada, pero eso sólo es la superficie, lo que se presupone correcto, para llegar a ser sublime se tendrá que trabajar en conseguir la mejor expresividad posible, no descarada ni forzada, sino la adecuada junto con el virtuosismo necesario y la técnica apropiada, y aun así no se conseguirá empatizar de manera unánime.
    De otro modo si nuestra interpretación es deficiente, por la dificultad que entrañe la obra, por nuestra limitada técnica y virtuosismo o por la nula predisposición momentánea que atravesemos, nos llevará a mal leer una obra por muy buena que sea y por esta razón no estoy de acuerdo con aquellos que puedan decir que si algo no es de su agrado es malo, o de otros que puedan calificar algo malo tan a la ligera sin tener todas los aspectos de lo que se cataloga sobre el tapete, puede ser que alguien vea una especie de pantomima dramática escondida detrás de “sálvame” (programa que odio) y no el sensacionalismo superficial que vende, y que ésta le guste.
    Así que por norma general, mis preferencias son la de un cultivo exhaustivo propio antes de llegar a conclusiones que sean las que sean, siempre van a ser erróneas.

      • Muy buena reflexion Isaac, y desde mi punto de vista muy cierta, y aunque desde fuera esa manera de pensar parezca obsesiva, enfermiza o trágica esta última fantástica observación consigue transformarla casi en una virtud.
        Un saludo

  6. Hola, Pepe.

    Curiosamente, pones el mismo ejemplo que yo (“Sálvame”). Yo también lo odio. Y coincides conmigo en que no se puede catalogar la calidad de una obra simplemente basándose en el gusto, totalmente cierto y lógico.

    Es verdad lo que argumentas: muchas veces nos faltan los conocimientos técnicos profundos y la predisposición o sensibilidad necesarios para poder enjuiciar una creación con criterio. Sin embargo, en lo de que “de todas maneras habrá error” no estoy de acuerdo por la simple razón de que en psicología existe un principio que afirma que no se deben emplear términos absolutos como “siempre”, “nunca”, “todo”, “nada” porque puede haber una vez en que se cumpla o no se cumpla lo que se generaliza y, por tanto, este hecho desbarata lo dicho.

    Un saludo literario desde Oviedo.

    • Hola Alberto.
      Sí, es posible que tengas razón, sobre todo si lo vemos desde términos absolutos, incluso de entre 14 millones de quinielas siempre habrá una premiada, por ejemplo, y aunque quizá he intentado rematar mi comentario con un broche peliculero, mi intención era la de resaltar ese arduo, largo, tedioso y persistente acercamiento asintótico hacia la perfección (llámese perfeción o razón absoluta o lo que sea) aun así, el hecho de que, como tú bien dices, mi última afirmación sea errónea sólo la refuerza, porque si no lo fuera, la afirmación en si no tendría sentido.
      Un saludo.

  7. Hola de nuevo, Pepe.

    Sí, el camino hacia la perfección es muy largo, muy duro y muy tedioso y uno debe amar enormemente, como dice Isaac, su arte para estar dispuesto a pagar un precio tan alto (y más aún con la cantidad de atractivos que nos ofrece la vida hoy día y, sobre todo, si te cuesta decidir qué quieres sacrificar y qué no; aunque si amas algo en grado sumo, supongo que esa elección será fácil o no tan complicada). Con frecuencia pienso que hay demasiadas cosas interesantes para leer porque es imposible llegar a todo lo que te interesa, es inviable leerlo todo, empaparte de todo.

    La perfección, menudo asunto. Para un creador una obra puede ser imperfecta por muy satisfecho que esté con ella y para la crítica y el público no y viceversa. Una palabra, “perfección”, que causa espanto o vértigo muchas veces. Y, tal vez, debería asustarnos menos y deberíamos tratarla de tú a tú, sin miedos y sin arrogancia o prepotencia.

    El arte es curioso: transformamos nuestros fantasmas, nuestros demonios, nuestras inseguridades, nuestros complejos, nuestras frustraciones, nuestras filias, nuestras fobias, etc. en creaciones con las que otros a veces se sienten identificados y con las que se alimentan emocional y espiritualmente. Resulta llamativo cómo de ese material tan tóxico o desagradable o peligroso puede salir algo bonito, conmovedor, profundo si se sabe manejar bien. Se me ocurre sobre la marcha que los artistas son, en cierto modo, como los pirotécnicos.

    Pensar no está de moda. Posiblemente, nunca lo estuvo. Pensar es arduo. Y conlleva una lucidez que en el fondo desemboca en la amargura de la constatación de que hay pocas cosas perfectas y que nuestras limitaciones a menudo juegan en nuestra contra. Decía la famosa Hipatia de Alejandría que era preferible pensar, aunque fuese de manera errónea, a no hacerlo. Qué gran verdad a pesar de que se podría argumentar rizando el rizo que si no piensas, no hay error posible.

    Un saludo literario desde Oviedo.

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