Relato. Bajo las luces del norte

Relato. Bajo las luces del norte.

Al mirar atrás, sólo ve sus huellas en la nieve. Y no importan, porque pronto desaparecerán por la ventisca y nadie sabrá que pisó allí. Caminar resulta agotador y lejos quedan los días en que parecía una aventura. Levanta un pie con esfuerzo, liberándolo de la nieve, y al pisar más adelante se hunde otra vez en ella y desaparece. Así son los pasos que quedan por delante, también con nieve en la barba, nieve en los hombros y nieve en el gorro. Nieve en el aire, cayendo inclinada hacia la derecha por el viento, que es poco, pero pasa cortando como un filo muy fino. Debe llegar como sea y duda de que pueda hacerlo o de que sirva para algo.

No, no debe dudar, pero lo ha hecho todo el camino, vuelve a mirar a su espalda y sus huellas empiezan a no estar. Arrecia.

¿Y si muero? Piensa. Claro que vas a morir, sobre todo si no sigues caminando, porque regresar dejó de ser una opción hace mucho, todos los caminos de vuelta se han borrado en este infierno blanco. Además esta vez morirá de verdad, no como las dos anteriores, una por honor y otra por una mujer, dos maneras tontas de perder la vida. Ahora es el tiempo el que pide su turno para ser la causa y no perdona. Se acerca por detrás, es el que en realidad borra las huellas en la nieve, y aunque muchos le imploraron al tiempo muchas cosas, él hizo lo único que sabe hacer y nunca mostró compasión por nadie.

O casi nunca, le contó alguien hace mucho, poniéndole en camino para este último viaje.

El caminante llegó hasta esa nada blanca porque cree que las palabras que ablandan el corazón del tiempo existen y están al norte, muy al norte. Así que otra vez saca con esfuerzo la pierna de la nieve y la pone un poco más adelante, otro paso y otro más, destinados a borrarse bajo la aurora boreal, que destella allá arriba. Es la reina bonita del cielo, que se ha convertido en un mar de luz verde y bordes violetas que cubre todo y destella aquí y allá, que se agita en silencio y te hace pequeño. Da otro paso, porque no tiene tiempo para la belleza, eso es cosa de jóvenes y no de perseguidos por el tiempo. Además, ya se siente bastante insignificante y para los dioses que le observan desde la aurora boreal, él es un diminuto hombre solo que camina sobre un lienzo blanco, dejando su pequeño rastro. Otro paso y otro. Dios, qué belleza aunque eso ya no sea para él, las luces del norte en el cielo son un oleaje tranquilo e irreal. Quizá este sea buen sitio para morir, no encontraré otro más bonito, se dice. No siente ya los pies, es como si no hubiera nada de rodilla para abajo, sólo lastre que le cuesta levantar para dar otro paso. Descansar para siempre le tienta.

No.

Exhala vaho espeso y aprieta los dientes mirando al horizonte. Allí está el infinito bosque de abetos y dicen que dentro de él está la casa del que encontró las palabras que despertaron compasión en el tiempo. El horizonte es ese ejército de sapinos, con sus copas como puntas de lanza que se recortan sobre ese cielo irreal. No hay un lugar ni una manera buena de morir, así que ya no sabe con qué fuerzas, pero camina al encuentro de los árboles, que se resisten a parecer más cerca.

Entonces lo nota, le están observando. Está en un páramo blanco y desierto que no tiene fin por ningún lado excepto por el bosque, los hombres y mujeres a los que les queda algo se sientan alrededor de mesas con brasero, pero aún así alguien le mira. Es aquel amigo, ahora anciano, que está muy lejos y ha abierto el extraño libro que guarda en la habitación al fondo de su casa y con el que puede ver y contar a los amigos muertos. A través de sus páginas puede asomarse a cosas y el caminante nota que él es una de ellas, así que mira hacia un lugar de la aurora boreal y saluda llevándose una mano al gorro grueso de piel. Si su amigo ha abierto ese libro, es que entonces debe ser Año Nuevo otra vez. El caminante dejó de prestar atención al paso del tiempo hace mucho, con la esperanza de que el tiempo hiciera lo mismo con él, pero no. El que lee el libro lejos de allí y observa a los muertos, habrá contado dos veces al caminante y aún sabrá que le queda una oportunidad, que sigue buscando la manera de engañar al tiempo o despertar su piedad, lo que sea antes. La última vez que habló con el dueño del libro, éste le intentó disuadir de su búsqueda y él intentó que le acompañara hasta el norte. “Me hago viejo y tú también, eso no es malo, es lo que es. Lo que tienes que hacer es resignarte o ese viaje al norte será el último”. Así que el dueño del libro se quedó con los pies calientes bajo la mesa y todos los comienzos de año abre esas páginas extrañas para ver cuántos de los que conoce han muerto ya.

El caminante escucha entonces un curioso sonido en medio de la nada blanca y se siente solo de nuevo, las páginas del libro se han cerrado.

Feliz año nuevo, murmura. Aprovecha la parada para darse ánimos, pero ya no encuentra ninguno, así que habrá de ser el orgullo el que cargue con él en el último tramo.

“Yo no me rindo”, así se despidió del dueño del libro y no vio como éste negaba con la cabeza mientras cerraba la puerta. “Yo no me rindo”, se vuelve a decir en medio de la nevada y tendrá que bastarle, así que sigue hacia el norte, hacia los árboles y la victoria. Más vale que llegue, la mochila ya está vacía y vendió su propio ejemplar del libro capaz de contar muertos, a cambio del mapa que le guió hasta ese corazón del frío que pisa.

Por fin los abetos empiezan a crecer cuando camina, el bosque se acerca y eso calienta un poco y acelera los pasos que dejó de sentir. No importa, uno puede vivir sin pies, pero no sin tiempo y lo importante es vivir. “Hay que vivir”, se repite como un grito de guerra que le lleve hasta ese bosque.

Toca los primeros árboles, bajo los guantes gruesos nota la corteza y es bueno sentir algo, lo que sea, aunque no resulte bueno. El bosque es espeso y la tormenta de nieve se enfada más, viven lobos allí y aúllan a la aurora o a él. No tiene miedo, sabe que los lobos son cobardes y al olerle se esconden y miran con desconfianza, parapetados tras los abetos.

Entonces el aire lo trae, es el aroma de leña quemada, el mismo aroma de todas las Navidades en el pueblo que le vio nacer. Le gustaba caminar por callejas escarchadas que olían a eso y si te subías a la colina de la iglesia, veías muchas chimeneas levantando columnas de humo hacia el cielo gris y luz ocre en las ventanas.

Cae de rodillas sobre la nieve blanda y llora. Es olor a leña quemada, así que el hombre que busca vive todavía en medio del corazón del frío, más de dos siglos después de que se marchara a encontrar las palabras que invocaran la misericordia del tiempo. Tiene que ser eso, tiene que serlo.

Se levanta agitado y sigue por el bosque, tocando los árboles a su paso para corroborar que todo es real y no el sueño de un moribundo, que en realidad no alucina mientras la tormenta de nieve lo entierra vivo. Al fin la ve, parpadea luz de hoguera por las ventanas de la cabaña y sale humo de la chimenea, es como una casa de su viejo pueblo, que hubiera llegado hasta ahí para decirle que ha vuelto al hogar. Se acerca sacudiéndose la nieve sobre los hombros, sube los escalones del porche y el techado le protege de la ventisca. Se quita el gorro porque es lo educado y toca a la puerta de lo que siempre deseó. Tiembla por esa emoción pura del instante antes de saber si lo que siempre quisiste te va a decir sí o no.

Un año después, el dueño del libro que se asoma a los amigos muertos ve las campanadas de Nochevieja por televisión, baja del regazo a su gato Calcetines IV y se levanta para el ritual de todos los comienzos de año. Ha exhalado ese sonido que hacen los viejos cuando se levantan o se sientan o se tienen que mover. Lee lo que siempre lee y después va hasta la habitación del fondo, abre el tomo sobre el atril, hace el dibujo adecuado sobre las páginas, mira por la ventana que da a los que ya no están vivos y cuenta. Ahí se encuentran los amigos y ahí se encuentra el que se fue a implorarle al tiempo. Lo cuenta una vez, la vez del honor, lo cuenta dos veces, la vez de la chica, entonces encoge el ceño y por la ventana que han abierto las páginas siempre entra frío, pero esta vez es distinto. No sabe qué decir, su gato se ha colado en la habitación y se miran un instante. El hombre aprieta los labios y traza el dibujo al revés sobre las páginas, para cerrar lo que ha abierto, luego sella el libro hasta el año que viene y coge a su gato que también se hace viejo, por eso ya se deja acariciar. Afuera empieza la algarabía, los jóvenes salen a disfrutar mientras el tiempo los observa desde lejos, frunciendo el ceño y corriendo a lo suyo, a llevarse a los que ya no se pueden defender ni aprendieron el idioma en el que implorarle.

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