Relato completo: Julia, a la que sólo conocí una noche

julia a la que solo conoci una noche

No parece diciembre ahí fuera, pero me es imposible no hacer balance de 2015. En general, agridulce en lo literario. Esperaba que la novela Tres reinas crueles se publicara antes de Navidad, pero me temo que no va a poder ser. El mundo de la edición tiene estas cosas, uno ha de aprender a vivir con retrasos.

Además de eso, este año también vio la luz un relato incluido en la antología Generación Subway II de la editorial Playa de Ákaba, publicada en octubre.

He querido que esa historia no se quedara sólo en esas páginas, así que como conservo los derechos, especialmente los digitales, he decidido publicarlo también en formato electrónico y darlo libremente para quien lo quiera leer.

Aquí debajo puedes descargar el relato en formato Epub (compatible con la mayoría de lectores electrónicos) o en formato Mobi (el que utiliza el lector Kindle de Amazon).

Y si alguien no tiene lector o lo prefiere así, he aquí el relato para leer directamente. Si te gusta, o crees que a alguien lo hará, por favor comparte este enlace. Y para saber más sobre lo que escribo, esta es la página.

 


 

Julia, a la que sólo conocí una noche

Isaac Belmar

Vivo en una constante resaca de ella, doliendo ahí al fondo y sin pastilla que la calme. A veces el alcohol consigue echarla, porque esas dos resacas comparten el mismo sitio, pero el tributo por beber es muy alto ya, estoy en esa edad en la que cuentas los años como meses y los días como suspiros. Pensaba que siendo viejo te curabas de todo eso que antes te parecía tan importante, pero del capricho de Julia, al parecer no. A mí es que ella me pilló muy joven, todavía con cosas en las que creer, como que el mundo era mi campo de juegos y que si hacía lo que amaba, me salvaría. Por eso cada día me levantaba y a la luz de la mañana, fuera cálida o fantasmal, escribía.

Un día, cuando empecé a ser menos mierda en lo que hacía, pensé: «Quizá no llegue a nada, pero al menos el sol me sorprenderá cada día haciendo lo que siempre quise. Eso tiene que valer». Estaba tan orgulloso de esa frase estúpida, que la encajé en la historia que estaba escribiendo y seguí pensando que allá en la cima estaba todo lo que siempre deseé. Ignoraba a los miles de soñadores muertos por el camino de la escritura, mordidos y escupidos por esa noción romántica de las cosas. El sendero de los sueños es un campo de batalla al terminar, de tanto cadáver que hay, pero a mí me gustaban las historias de esos escritores que aman mucho su arte y tienen hambre y antes del éxito conocen muchas penurias y pasiones furtivas. A éstas les haces el amor en una cama llena de chinches, en un ático en París, en aquellos años veinte que fue cuando mejor se escribió. Esa visión romántica de la desgracia me era necesaria, mi historia personal sería resurgir del abismo justo cuando fuera a cerrar los dientes sobre mí. Malditos Miller, Hemingway y Joyce, maldito Cortázar y maldito el maldito París. Maldita cabeza que pensaba que triunfaría donde todos fracasaron.

Así que de joven me destrozaron dos amores, el de la escritura y el de «Julia-a-la-que-sólo-conocí-una-noche-y-bastó». En cuanto al primero, dejé de escribir y fue un alivio. La verdad es que el sol no me encontraba haciendo lo que amaba, el sol se reía de mí y yo era su payaso, como todos esos que se afanaban por sus sueños tras otras ventanas. Pero Julia, a la que sólo conocí una noche, siguió doliendo ahí donde se me clavó.

Después de abandonar la escritura conseguí mi primer trabajo decente, así lo llaman, decente, en una tienda de comida vegetariana para pijos. Todos los días presenciaba los rostros muertos de los sin sueños que nos apiñábamos en la línea 5 de metro, dirección centro de Valencia, donde están los bancos y la señal de «Prohibido apasionarse». Si miras bien en los resquicios de las calles y los sitios, esa orden está por todas partes. La regla principal de la línea 5 es no mirarnos a los ojos, no ver esa vergüenza de ejército derrotado que vive en nosotros. Con el tiempo progresé en el trabajo a base de espantar mendigos de la puerta, fregar suelos y cargar cajas. En realidad no progresé, es que la gente que pasaba por allí —todos jóvenes, mucho guapo—, venía y se iba al poco tiempo. Para ellos, aquello era una estación de tránsito hacia cosas mejores. No sé qué hacía yo en ese sitio, quizá ser feo y no tener futuro, y por eso sabían que no me iría y a alguien tenían que cargarle las responsabilidades y los aguacates ecológicos a la espalda. Ascendía por defecto, porque todos se marchaban y los nuevos empezaban desde abajo. Una vez, al volver a casa sin mirar a los ojos, intenté escribir otra vez. La escritura resultó tener dignidad y ya no quiso volver conmigo. Me pareció justo.

A los cuarenta me regalé una puta y no me avergonzó haberme convertido en lo que temí cuando era joven, tras aquel cumpleaños ya me daba igual y esa es la única ventaja de la edad. Al terminar, la chica se marchó con propina, su perfume se quedó en la almohada, yo me dormí en él y al despertar, Julia seguía ahí, cuando se tendría que haber ido, como la escritura y como todo.

Julia era frívola a la manera en que debes serlo de joven, inconsciente y sin saber de dónde sale el dinero que paga las cosas. Julia era menuda y delgada, pelo negro y salvaje, cuerpo de niña y vestida con faldas muy largas, como de otro tiempo. Le gustaba bailar cogiendo con dos dedos de cada mano esa falda por los lados y ondeándola suavemente, como hacía toda ella al son de la música que sonara. Julia siempre estaba por aquel bar, El Tintero, refugio de niñatos que nos creíamos poetas y no movimos el mundo ni un milímetro. Ella estaba cada vez con uno distinto y se ve que, a quien se acercaba, lo maldecía, pues ya no se le volvía a ver. Al dueño no le gustaba que Julia se acercara a nadie, porque adiós clientes y con la crisis ya se sabe; pero en realidad eran los celos, el dueño estaba igual de enamorado que el resto y si Julia hubiera dejado de ir, él hubiera cerrado El Tintero.

Julia también era demasiado joven, así como lo decimos los hombres, fingiendo que eso tiene algo de problema. Seguramente era menor, pero el día en que habló conmigo, estábamos tomando absenta para despedir a un amigo que se iba a la India y antes de eso hubo una jam session de jazz. Sí, yo era de esos inaguantables que me creía mejor que tú. Me fijé en ella y seguí con curiosidad su revoloteo aquí y allá, siempre con cervezas nuevas en la mano que nunca tenía que pagar. Entonces se acercó a nosotros invocada por el aroma a anís y todos asumieron que Julia estaba invitada, siempre era así. Ella conocía al amigo que se marchaba, inmune a su hechizo porque era gay. Julia me preguntó que de dónde había salido yo, lo hizo con descaro, como si aquel fuera su territorio y no estuviera segura de si yo estaba invitado.

—De un París del siglo diecinueve. Y he traído conmigo esto —dije señalando la botella. Maldito París, en serio.

—Ya lo veo —me replicó sonriendo.

Contamos historias. Julia tenía unos ojos intensos y unos labios muy llenos, de un rojo que no tenía que pintar. Cuando los movía al hablar, te atrapaban con el mismo encanto de la cobra que caza. Su conversación era sosa y sus aventuras infantiles, pero no importaba, ella nunca necesitó cuentos buenos. Fue a Dublín, visitó la fábrica de Guinness y tuvo que beber Coca-Cola, porque entonces era menor. Fascinante, Julia.

—¿Qué piensas de mí? —me preguntó de pronto.

—No debería importarte eso.

—No me importa, pero quiero saberlo. Soy curiosa.

Y sonreía. Así de bobas eran las frases que intercambiamos aquella noche. El Tintero había cerrado ya, pero los elegidos podíamos permanecer en su vientre con la persiana bajada. Yo, por aquel entonces, vivía atrapado en esa fantasía de que un día, con alguien —alguien especial—, nos diríamos todas las cosas perfectas a la primera, buscaríamos una cama y mi cumbre sería escribir sobre aquello.

—Pienso que eres muy joven, Julia.

—¿Muy joven para qué?

Me encogí de hombros, estuve a punto de decir para mí.

—Muy joven para querer la inmortalidad, y yo no tengo nada que ofrecer, excepto eso.

En serio que pensaba lo que dije, que entonces creía que me podía esconder en las palabras que escribía y que allí la muerte no me encontraría, ni a mí, ni a los que tocara con mis historias.

—Quiero la inmortalidad —dijo ella.

—No, tú eres joven. Tienes que pensar que la muerte es cosa de otros, que eres indestructible hagas lo que hagas. En el momento en que pienses otra cosa, habrás envejecido —Julia me miró de esa manera en la que hacía tropezar a los demás en lo que decían y empezaban a balbucear—. Aún no deseas la inmortalidad, pero en el futuro, cuando veas que el tiempo también pasa por ti, la querrás.

—¿Y entonces me la darás? ¿Hoy no?

—Hoy, quizá, te puedo dar otra cosa.

Ella se rió con desdén, partiendo en dos mi frase. Por supuesto que se creía indestructible y la reina de todos, la serpiente que aprendió a cazar viendo a los gatos y le gustó lo de jugar con la comida. Se bebió otra ronda y al dejar el vaso me tocó en el brazo y se fue a bailar al son de la guitarra tonta de uno de esos que siempre la lleva a cuestas. Con él se movió sinuosa como un río por el llano verde y se agarraba con dos dedos su falda larga, para que ondeara al ritmo. Nunca más me miró y el de la guitarra estaba encandilado bajo su sombrero de ala corta. No volví por El Tintero, aquel guitarrista seguro que tampoco y el dueño del local maldeciría a Julia y la lloraría cada vez que no fuera. En la vida hay un suministro ilimitado de idiotas para ser clientes de bar, pero sólo una Julia. O eso te hacía creer, y con creer basta si eres joven.

Ahí, en el lugar de la resaca, aún la oigo reír de aquella manera breve, cruel e irresistible. Me acuerdo de su toque en el brazo y ese chispazo que hizo que no pudiera acercarme más por El Tintero. Nos marcaba para que no volviéramos, para que no advirtiéramos a los demás de la sirena que rondaba por allí. Así no interrumpiríamos su caza con celos o algo peor, como ramos de flores, declaraciones de amor que detuvieran su baile pequeño e insinuante.

Quise pensar que de todos fui el mejor. Quise pensar, porque entonces escribía y no había abandonado el sentido del drama, que Julia acababa con todos los que se acercaban y de alguna manera eso la hacía ser siempre esa niña y preciosa. Que aún lo es y a mí sólo me tocó y fui el único, su único, que no destruyó y aún vive. Uno siempre ha de tener el derecho a pensar que el mejor amor fue el que no tuvo, hay que tener al menos una ilusión tonta en la vida, una sola, porque si no, ¿para qué molestarse?

22 responses

  1. Lo mejor de tus textos es que, aunque los mezclaras con cien textos más, sabría decir cuál es el tuyo. Parece que te veo hablándome como en cualquier otra de nuestras conversaciones, contándome una historia sólo a mí. Eso es lo que hace especial a tus relatos, y me encanta. Biquiños!

  2. En efecto. Me pasa exactamente lo mismo. Te reconocería entre un millón (y me siento identificada siempre con alguno de tus personajes). Genial, como siempre. (¡Qué fastidio que no salga hasta enero, no me hace ninguna gracia! Me resignaré…) Gracias. Un saludo.

  3. Hola, Isaac.

    Siento que tu nuevo libro no esté para antes de que acabe 2015, pero no te preocupes. Lo importante es poder publicar sea antes o después. Y en ese sentido eres afortunado, muy afortunado, porque mucha gente buena lo intenta y no lo consigue.

    Respecto al cuento, me encontré un par de frases o tres que me gustaron mucho. Por ejemplo, “Ella se rió con desdén partiendo en dos mi frase”.

    Gracias por compartir con nosotros tu relato.

    Un saludo literario desde Oviedo.

    • Hola, Alberto:

      Lo de publicar me lo tomo con filosofía, siempre que he trabajado con editorial suceden estas cosas, yo lo veo más como un signo de normalidad, algo que viene con el territorio. Muchas gracias por tus comentarios.

      Un saludo.

      Isaac

  4. Hola!
    He caído aquí casi como por casualidad y no me puedo ir sin decir lo muchísimo que me ha gustado el relato! Ha sido precioso y me ha dejado con la necesidad de suscribirme para no perderme los que sigan.
    Voy a seguir cotilleando por aquí ; P

  5. Tu relato me ha suscitado sensaciones intensas y encontradas, supongo que por las altas dosis de identificación que me han asaltado en algunos párrafos y, en general, por lo sugerente de tu manera de escribir. Gracias por compartir tu arte.

  6. Hola.

    Debo confesar que la pestaña de este blog, la abrí hace mucho tiempo, y estuvo ahí entre mis pendientes, entre las tantas cosas que uno se encuentra al navegar. Hoy, casi un mes después, de repente me levanté de mi cama queriendo ordenar todo, ordenarme. No me pareció extraño abrir mi computador, poner una canción, y empezar a depurar mi servidor. El primero de los “pendientes” era este relato.

    Muchas gracias. Me acabas de sacar muchas sonrisas.

  7. Es curiosos, porque pensé que tendría otro final, pero el final que tiene es perfecto, ya tenía un rato que no leía algo que me gustara, ta descriptivo, pude imaginarme a Julia, me encantó.

  8. Por favor, ¡qué relato tan hermoso! Estoy estremecida. No sé como he podido caminar por las calles tranquilamente hasta hoy ajena a tu preciosa y poética hisoria. Me la guardo, la comparto y la recomendaré hasta el infinito y más allá.
    Gracias mil por compartirla.

  9. Cuando leo algo que me gusta, que me gusta mucho, inmediatamente nace en mí el deseo de haber querido escrito aquello, de que fuera mío, que llevara mi nombre.
    Ese disparador interno es la única vara de medir fiable que tengo de que algo es realmente bueno, todo lo demás no importa, y salta en muy contadas ocasiones.

    Ha saltado.
    ¿Cómo no iba a hacerlo?

    No cambiaría ni una coma Isaac.
    Te envidio, quisiera poder escribir así.
    Gracias.

  10. Joder, ¿y yo por qué no había leído esto antes?

    Sigo tu blog, lo he visitado muchas veces, pero no había visto esto hasta ahora.
    No se trata sólo (con tilde, al carajo la RAE) de que esté bien escrito: es lo otro. Cuando lo acabas. Bueno, y cuando lo estás leyendo. Los magos hacen aspavientos con una mano para que no te fijes en la otra; al leer esto, no podía dejar de ver “la otra”, llámalo trasfondo, o el alma del que escribe o lo que sea (mi propia fantasía que me haya montado). Es de esos relatos que cuando acabas y los sueltas, siguen tirando de ti un rato más.

    Personalmente, sin desmerecer a Julia, a mí me ha dejado tocado todo lo demás: el metro, el trabajo… creo que a eso me refiero cuando he pensado en las manos de los magos: una la que te enseña, otra la que te esconde… pero es con la mano que esconde la que te hace el truco.

    Repito: ¡Joder!

    Un saludo.

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