Relato: El Tercero de los Tres

Tercero de tres

El tercero de los tres llega hasta el Hogar de las Cosas que Odiamos. Es un edificio viejo en una calle por la que no hace falta pasar para llegar a ningún sitio que importe. El Primero de los Tres se quedó en casa con su libro, con su gato y con lo que pierde cada año. ¿Para qué salir si hace frío afuera y sólo te pierdes gente? El Segundo de los Tres se equivocó de dirección y fue al norte, vio sus luces en el cielo y encontró Esa Cabaña en Medio de la Nada. Pero lo que buscaba no vivía allí ni en los otros sitios épicos que le dijeron. Lo que buscaba ansiaba la compañía como todos y por eso se marchó al bloque de las cosas odiadas. Así que ahí reside el tiempo y también está el agobio, esa casualidad que nunca cae del lado bueno, los viejos amores y los amaneceres fríos. En el ático del edificio viven las despedidas, en el primer piso el que nos mientan —pero no mentir—. Hoy le toca a la resaca dormir en el sótano, porque es Nochevieja y mañana la odiarán más que nunca, así que mejor que se esconda, en Año Nuevo intentarán matarla por todos los medios.

La finca agoniza, la piel muerta de las paredes se desconcha y hay una portería con un encargado viejo. Su barba rebosa sobre el pequeño mostrador y cae hasta el suelo, desparramándose. Cuando el Tercero de los Tres entra, el portero resopla.

—¿A qué piso va?

—No lo sé, ¿en qué piso vive el tiempo?

Niega con la cabeza, la barba barre.

—Ya han venido otros, ¿sabe? Otros más capaces, más jóvenes que usted. También tenían una mirada más inteligente y determinada.

—¿Sí? ¿Y?

—Que el tiempo sigue saludándome al salir por las mañanas, que va a usted a fracasar. Como fracasó su padre cuando se colgó de aquella correa y le dejó huérfano hace tanto. ¿Lo recuerda? ¿Recuerda los pies oscilando y el suelo manchado? ¿Y esa peste?

—La peste no se puede olvidar.

—¿Verdad que no? No se lo tome a mal, que soy el dolor —el viejo extiende una mano para saludar.

El dolor viste una levita raída, los puños de la camisa blanca bien sucios. El Tercero estrecha los dedos nudosos que se le ofrecen, están helados porque la vida sólo vive a veces en este bloque: se la quiere, se la odia, se la quiere, se la odia. Entra y sale a capricho del edificio. Nochevieja es día de hacer balance y en general se la quiere porque a saber con la alternativa. Así que se pide más vida para el año que viene y ella no pasará la noche aquí.

—Yo no le odio —dice el Tercero—, la gente le confunde por la calle con lo malo, es un error muy común al ser tan parecidos, pero creo en que hay dolor bueno.

—Pues es el único entonces y usted no me conoce. Y no intente ser mi amigo, aquí nadie tiene de eso, sólo somos un montón de solitarios viviendo cerca, a ver si eso se parece a una compañía. ¿Qué lleva en la bolsa?

—Eso no es asunto suyo.

El dolor se yergue, su barba sigue tocando el suelo.

—Oiga, sus comentarios duelen, que lo sepa —señala con el dedo a las escaleras—. Puerta ocho.

«Si no me odia, ya lo hará» escucha subiendo los escalones de mármol roto. La baranda es vieja, hierro colado con óxido en los rincones. Llega hasta la puerta del tiempo, se pasa la mano por la camisa y carraspea antes de tocar. Ella abre. El vestido es negro, el cabello es rubio, ahí siguen esas curvas en las que matarse vale la pena y sonríe. Luego mira la bolsa de cuero.

—¿Me traes un regalo o eres de los que vienen a acabar conmigo y se van llorando?

—No tengo regalos.

El tiempo mira.

—Oh, eres tú, no te había reconocido. Estás mayor, qué mal te he tratado.

—Tú estás igual, sin embargo.

Sí que lo está, las ventajas de ser quien es. Le dice que pase, que se quite el abrigo porque total no hace frío y no lo va a necesitar. Le pregunta que cómo ha encontrado este sitio y al parecer se lo dijo otro de esos que también se hizo demasiado viejo para el tiempo y se quedó tirado sin hacer la última parte del camino. El Tercero dice que ha venido a hacer las paces y el tiempo que eso es imposible, que se equivoca y como siempre lo ven como lo que quieren que sea y no como lo que es. ¿No te das cuenta? Ya nunca podrá ser como antes, dice ella. Qué pena, siempre hay alguno que cree que puede hacer algo y triunfar donde fracasa el resto.

—Ya lo sabes, no atiendo a ruegos ni preguntas, pero sí tengo curiosidad. A ver qué llevas en la bolsa.

11 responses

  1. Genial. Aún no lo había leído. Tiempo y dolor, enemigos y aliados… Me ha encantado, ese tinte de desasosiego con el que has teñido el relato lo hace aún más desconcertante. Es de 2015 pero a mí me ha gustado para empezar 2016. Que sea un año prolífico en lo literario, y podamos disfrutarlo los que te leemos.

  2. Hola, Isaac.

    Lo primero, Feliz Año Nuevo 2016. Te deseo que la inspiración y el trabajo literario vayan a la par lo máximo posible.

    Interesante relato, me gusta.

    Un saludo desde Oviedo.

  3. Sorprendente relato.

    ¿Tú sabes si en una novela pueden coexistir varios narradores? ¿Sería “lícito” escribir una historia con una primera parte a través de un narrador cámara, la segunda parte con uno omnisciente y la tercera en primera persona?

    • Hola, Taviss.

      Por lo que yo sé, sí sería lícito que en una novela hubiese varios narradores. Nunca había oído lo de “narrador cámara”. Supongo que te refieres a un personaje que es testigo de los hechos y los va contando. Además, siempre hay que buscar nuevas vías en el arte. Así que si no fuese correcto, ¿por qué no hacerlo igualmente? Si siempre nos atuviésemos a lo que se considera lo correcto, la pintura seguiría siendo como la del Renacimiento o la narrativa como la del siglo XIX.

      Un saludo literario desde Oviedo.

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